lunes, 12 de octubre de 2015

Breve es la vida como pluma en el descenso

MAY SWENSON

Anna Thilda mayo "May" Swenson
(Logan, Utah, 1913- Nueva York, EE.UU., 1989)

En el cuerpo de las palabras
Para Elizabeth Bishop (1911-1979)

Plateados bajo el sol los juncos. Un viento frío
los mece, silba el cálamo de los pinos.
De tanto frío, el cielo se hizo más azul. Pájaros se desplomaron
sobre el patio moteado: pecho blanco el trepador, metal
el tordo, el cardenal color sangre.
Hasta hoy en Delaware, Elizabeth, me entero
de tu muerte en Boston hace una semana. ¿Cómo
te fuiste de este mundo sin yo saberlo?
Tu cuerpo se volvió ceniza sin darme cuenta. ¿Por qué no
tembló la tierra o el aire? ¿Nada que estremeciera
nuestros nervios? ¿Cómo puedo creer? ¿Cómo lamentarlo?
Camino la ribera. Erosionada como tierra por el viento.
Chillan las golondrinas de mar. Denso derrumbe del oleaje.
La brisa rasga la orilla de mis ojos. Salinas corrientes hielan
mi cara.
Breve es la vida como pluma en el descenso. O como abierta concha
arrojada a la orilla, enterrada en la arena. ¡Mas la visión
pervive!
Intensa, revivificante, la visión vive en el cuerpo de las
palabras.
Pervive tu visión, Elizabeth, tu palabra,
de boca en boca perpetuada.
Han pasado dos días. El tiempo suficiente, pienso, como para
dejar atrás la muerte. Como si tu muerte no hubiera
ocurrido antes de yo saberlo.
Por un instante retrocedí a la vida de siempre, a cuando
todo estaba bien.
Podría hoy llamar a Boston, decirte: Hola... ¡Ay, no!
El casete del tiempo sólo avanza. No se puede repetir.
La luz ciega aunque el cielo sigue opaco. Camino la ribera.
Sale del oleaje un rojo labrador: juguetón, vigoroso,
jadeante. De momento no me percato que está lisiado.
Le falta la pata derecha. Presagios...
Me pareció ver una liebre en el patio por la mañana.
Era una ardilla de cola mutilada. Distorsiones...

Traducción de Jeannette Lozano.
**
AL PRINCIPIO, AL FINAL

Al principio las pendientes son visibles,
los picos están más altos que nunca.
Hasta que al final los picos

están más abajo.
Los valles se hacen profundos.
Es una ola

que crece y retrocede.
Oscureciéndose después
hacia las laderas,

agrietándose en lo cóncavo,
¿qué se puede hacer
salvo quedarse con los ojos abiertos y amar

la ola? La ola que nos dio
enormes alegrías
nunca igualadas,

y que nos va a dar,
hasta que rompa,
oh ¿qué

sorpresas, libertades, abismos?
¡Sentir, sentir!
Ser el instrumento

y la herida de la emoción.
Estar abierto a la emoción
en el pecho que explota, la ola. 

Versión de Tom Maver
**
LA VERDAD SE IMPONE

Como no soy honesta en persona 
busco ser honesta en la poesía.
Si hablo contigo, mirándote a los ojos, 
miento porque no tolero
evidenciar la verdad. 
Decir toda la verdad
sería como quedar desnuda.
Perdería mis más preciados bienes: 
distancia, silencio, intimidad. 
Quedaría expuesta. Y me poseerías. 
Equivaldría a una total rendición
(a ti, mirándote a los ojos).
Me mirarías detenidamente. 
Me tendrías en tus manos.
Todos tus ojos se me echarían encima. 
De ahí en adelante me vestirían
tus punzantes, lascivas, deseosas abejas. 
Que seas uno o dos o muchos
da igual. Siento como si, en realidad,
un par de ojos fuera el enjambre entero. 
Así que miento (mirando tus ojos) 
dejando sin voz la esencia de las cosas
o bien mostrándome como una copia 
y no lo que soy.
Uno debe ser honesto en algún lugar. 
Quiero serlo en la poesía.
Con la palabra escrita. 
Donde pueda decir y tachar
y volver a decir y decir con rodeos
y decir por encima de y decir entre líneas
y decir en símbolos, en enigmas,
en doble sentido, bajo las máscaras
de cada rasgo, en la piel 
de toda criatura.
Y en mi propia piel, desnuda.
De hecho me siento feliz de anhelar 
desnudarme en la poesía,
imponer la verdad 
en el poema,
que, al escribirlo, si es real, 
no copia, me diga
y después a ti (todo o nada, mirándonos)
mi entero yo, 
la verdad.

Trad. Jeannette L. Clariond

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char