viernes, 23 de octubre de 2015

Escucha bien, sin embargo. No mis palabras

RENÉ DAUMAL

(Francia, 1908-1944) 

Aquí las bestias-pasiones de vidas cíclicas
              prisioneras
allá su Madre común, el Mar de las
              Burbujas.
Aquí pequeño aliento resumiendo muchos
              Animales,
Allá Gran Aliento de la Toda-entera
              Hembra.

     Escucha bien, sin embargo. No mis palabras
sino el tumulto que se alza en tu cuerpo cuando te escuchas.
Son rumores de combate, ronquidos de durmiente, gritos
de bestias, el ruido de todo un universo.

Aquí el YO que habla del cenit absoluto
              de un punto particular,
allá el NO que habla del absoluto Cenit de
              todo punto.
Aquí pequeña palabra que abre las puertas
              del palacio vocal de un hombre
              particular,
Allá, Gran Palabra, perfecto Macho que lo
              penetra todo.

     Y ahora trata de hablar. Di algo importante.
habla, la cosa o el hecho que nombres será
inmediatamente real, si eres verdaderamente tú
quien habla.

Aquí pequeño-poeta, evocando, liberado
              según el ritmo,
allá Gran-Poeta, provocando, libre según el
              Nombre Total.
Aquí, esto,
Allá, aquello.

     Finalmente, escucha: ¿nunca has soñado
ser libre? Vamos, te dejo aquí. Trata de extraer
de todo esto las conclusiones concernientes a tu
caso personal, y harás lo que quieras si eres
lo que eres.
**
Aquí el YO que habla del cenit absoluto
              de un punto particular,
allá el NO que habla del absoluto Cenit de
              todo punto.
Aquí pequeña palabra que abre las puertas
              del palacio vocal de un hombre
              particular,
Allá, Gran Palabra, perfecto Macho que lo
              penetra todo.

     Y ahora trata de hablar. Di algo importante.
Habla, la cosa o el hecho que nombres será
inmediatamente real, si eres verdaderamente tú
quien habla. 
**
Aquí pequeño-poeta, evocando, liberado
              según el ritmo,
allá Gran-Poeta, provocando, libre según el
              Nombre Total.

Aquí, esto,
Allá, aquello.

     Finalmente, escucha: ¿nunca has soñado
ser libre? Vamos, te dejo aquí. Trata de extraer
de todo esto las conclusiones concernientes a tu
caso personal, y harás lo que quieras si eres
lo que eres.

De Clavículas de un juego poético, Compañía General Fabril Editora. Buenos Aires,  1961
Trad. y prólogo A. Ferrario y J. Lebedev.
***
La muerte espiritual
(Fragmento)

Tal hombre despierta por la mañana, en su cama. Apenas se ha levantado, ya está dormido otra vez; al entregarse a todos los automatismos que hacen que su cuerpo se vista, salga, camine, vaya a su trabajo se agite de acuerdo a la regla cotidiana, coma, hable, lea el periódico –ya que es en general el cuerpo sólo quien se ocupa de todo esto-, mientras hace todo esto él duerme. Para despertar haría falta que pensara: “toda esta agitación está fuera de mí”. Haría falta un acto de reflexión. Pero si este acto desencadena en él nuevos automatismos, los de la memoria, los del razonamiento, bien podrá su voz afirmar que aún sigue reflexionando, pero él se ha vuelto a dormir. Así que puede pasar días enteros sin despertar un solo instante. Basta que pienses tú en esto estando en medio de una multitud, y te verás rodeado de una masa de sonámbulos. El hombre pasa no, como se dice, un tercio de su vida durmiendo, sino casi toda su vida durmiendo con ese verdadero sueño del espíritu. Y al sueño, que es la inercia de la conciencia, no le cuesta mucho atrapar al hombre en sus redes: ya que éste es natural y casi irremediablemente perezoso, quisiera despertar, es cierto; pero como el esfuerzo no le agrada, él quisiera -e ingenuamente lo cree posible- que este esfuerzo, una vez realizado, lo coloca en un estado de despertar definitivo, o al menos de alguna duración; así, queriendo descansar en su despertar, se duerme. Así como uno no puede querer dormir, pues querer, sea lo que sea, siempre es despertar; así tampoco puede uno permanecer despierto si no lo quiere en todo momento.
Y el único acto inmediato que puedes cumplir es despertar, es tomar conciencia de ti mismo. Entonces, vuelve tu mirada sobre lo que crees haber hecho desde el comienzo de este día: quizás es la primera que te despiertas realmente; y es sólo en ese instante que tienes conciencia de todo lo que has hecho como un autómata, sin pensamiento. En su mayoría, los hombres nunca despiertan siquiera hasta el punto de darse cuenta de haberse dormido. Ahora, acepta –si quieres- esta existencia de sonámbulo. Tú podrás comportarte en la vida como ocioso, como obrero, campesino, comerciante, diplomático, artista, filósofo, sin despertar nunca, sino cada cierto tiempo; justo lo necesario para gozar o sufrir de la manera como duermes; sería incluso tal vez más cómodo –sin cambiar nada de tu apariencia- no despertar en absoluto.
Y como la realidad del espíritu es acto, no siendo nada la idea misma de “substancia pensante” cuando no es pensada en el presente, en ese sueño, ausencia de acto, privación de pensamiento, no hay nada: es realmente la muerte espiritual.
Pero si tú elegiste ser, has emprendido un camino muy duro, siempre en subida, y que reclama un esfuerzo a cada instante. Tú despiertas: e inmediatamente debes despertar otra vez. Despiertas de tu despertar: tu primer despertar aparece como un sueño a tu despertar profundo. Por esta marcha reflexiva la conciencia pasa perpetuamente al acto.
 ***
Hechos memorables

Acuérdate de tu padre y de tu madre, y de tu primera mentira cuyo indiscreto olor se arrastra por tu memoria.
Acuérdate de tu primer insulto a los que te engendraron: la semilla del orgullo quedó sembrada, resplandeció la fisura quebrando la unidad de la noche.
Acuérdate de los anocheceres de terror en los que el pensamiento de la nada te arañaba el vientre, y volvía sin cesar para picotearte como un buitre; acuérdate también de las mañanas de sol en el cuarto.
Acuérdate de la noche de liberación en la que, al caer tu cuerpo suelto como un velamen, respiraste un poco del aire incorruptible; acuérdate también de los animales pegajosos que te han vuelto a aprisionar.
Acuérdate de las magias, de los venenos y de los sueños tenaces –querías ver, te tapabas ambos ojos para ver, pero no sabías abrir el otro.
Acuérdate de tus cómplices y de los fraudes en común y de ese gran deseo de salir de la jaula.
Acuérdate del día en que desgarraste la tela y te apresaron vivo, inmovilizado ahí mismo en la batahola de bataholas de las ruedas que giran sin girar, contigo adentro, cogido siempre por el mismo instante inmóvil, repetido, repetido, y el tiempo no daba sino una vuelta, todo giraba en tres sentidos innumerables, el tiempo se cerraba al revés (y los ojos de carne sólo veían un sueño, sólo existía el silencio devorador, las palabras eran pieles secas, y el ruido, el sí, el ruido, el no, el alarido visible y negro de la máquina te negaba), el grito silencioso "Yo soy" que el hueso oye, por el cual muere la piedra, por el cual cree morir lo que nunca fue. Y tú no renacías a cada instante sino para ser negado por el gran círculo sin límites, todo pureza, todo centro, todo pureza salvo tú mismo.
Y acuérdate de los días que siguieron, cuando marchabas como un cadáver hechizado, con la certidumbre de ser devorado por el infinito, de ser aniquilado por la existencia única de lo Absurdo.
Y acuérdate sobre todo del día en que querías arrojarlo todo, de cualquier modo. Pero un guardián vigilaba en tu noche, vigilaba mientras dormías, te hizo tocar tu propia carne, te hizo recordar a los tuyos, te hizo recoger tus andrajos.
Acuérdate de tu guardián.
Acuérdate del hermoso espejismo de los conceptos, y de las palabras conmovedoras, palacio de espejos construido en un sótano. Y acuérdate del hombre que vino y lo rompió todo, te tomó con su tosca mano, te arrancó de tus sueños y te obligó a sentarte sobre las espinas del pleno día. Y acuérdate de que no sabes recordar.
Acuérdate de que todo se paga, acuérdate de tu felicidad, pero cuando te trituraron el corazón, era ya demasiado tarde para pagar por adelantado.
Acuérdate del amigo que te tendía su razón para recoger tus lágrimas brotadas de la fuente helada que violaba el sol de primavera.
Acuérdate de que el amor triunfó cuando ella y tú supisteis someteros a su fuego ansioso, rogando morir en la misma llama.
Pero acuérdate de que el amor no es de nadie, de que en tu corazón de carne no hay nadie, de que el sol no pertenece a nadie, ruborízate al contemplar el cenagal de tu corazón.
**

Yo soy la muerte, porque no tengo el deseo
No tengo el deseo porque creo poseer
Creo poseer porque no trato de dar
Tratando de dar, vemos que no tenemos nada
Al ver que no se tiene nada, uno trata de darse
Tratando de darse, uno ve que no es nada
Viendo que no se es nada, se desea llegar a ser
Deseando llegar a ser, se vive.
**
La desilusión

Blanco y negro y blanco y negro
atención, quiero enseñaros a morir,
cerrad los ojos, apretad los dientes,
¡Clac!, ya veis, no es nada difícil,
no hay en esto nada asombroso.

Os hablo sin pasión
negro y blanco y negro y blanco,
¡Clac!, ya veis qué pronto se aprende,
os hablo sin amor,
y sin embargo bien sabéis…
–hay que llevar la evidencia hasta lo absurdo–

Blanco y negro y blanco y negro y negro y blanco,
si nuestras almas cambiaran sus cuerpos,
nada cambiaría,
por lo tanto no habléis más de cuerpos y almas.

Blanco, negro, ¡Clac! es lo único
que podemos concebir unido,
(¿no es cierto que no hay en esto nada trágico?)

Os hablo sin pasión
Blanco, negro, blanco, negro, ¡Clac!,
es mi eterno grito de moribundo,
ese grito blanco, ese agujero negro…
¡Oh! No entendéis nada,
ni tampoco existís
yo me encuentro solo para morir.

De “Poésie noire, poésie blanche”, 1945. Trad. de Aldo Pellegrini. 
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char