lunes, 19 de octubre de 2015

Procura lo más suave: bigote de ratón o cabello de niño

SEVERO SARDUY
(Cuba, 1937-Francia, 1993)

A ESCORPIÓN
Después, vamos a leer en tus huesos.
Con una varilla de metal ardiendo tocaremos cada omóplato:
descifraremos en las quebraduras los presagios.
Con tinta negra escribiremos en tu esqueleto mensajes a
los descendientes,
tu armazón cifrada nos servirá de heraldo:
cifras, fechas, quiénes fuimos,
qué tiempo nos ha tocado vivir.
Después, lo protegeremos todo con laca.
**
A TÓTEM
Quisiste el Amo (la disolución),
quisiste escapar a las redes vacías
y tocar el soporte de todas las formas
--el verdadero cuerpo de Buda-.
No supiste 10 que pedías,
en qué ceremonia te adentrabas:
invocaste, exigiste
-Los maestros quisieron disuadirte-,
dejaste de beber y de comer
hasta que, claro, algo se apoderó de ti.
Tuviste convulsiones,
rodaste al suelo, como derribado por un veneno;
haz de gestos desacordes tu cuerpo se te escapaba,
dabas volteretas,
tocabas un sitar que nadie veía.
¿Qué bailabas?
¿A quién te dirigías,
en qué mímica desunida, los ademanes dispersos?
¿Qué demonio encamabas de una ópera afásica?
Fuiste insensible al dolor, a la presencia humana.
Te arrastraste sobre hojas de acero al rojo vivo.
Te cercenaste la piel con ellas,
y luego,
-para que nunca pudieras repetir lo que habías visto-,
tú mismo te cortaste en cierzo la lengua
que arrojaste, con un chorro de sangre, entre las brasas.
Las cenizas fueron recogidas y repartidas entre los fieles.
Con ceniza de pétalos y miel las bebimos.
Ahora,
lelo y mudo,
en tu limbo
--el amor es intolerable-,
en un santuario te mantienen, monstruo de interés público,
entre platillos de incienso, molinos de plegaria,
bulldogs de porcelana roja y grandes gongs de oro
que 103 servidores golpean a tu presencia.
A diario alimentadas con torcazas
(a diario alimentadas con mariposas),
a diario bañadas
y secadas en escaleras según su rango
duermen en las volutas de los altares
en las molduras de los muebles
en las gavetas y las copas rituales
y anidan en tus sombreros y mangas
las mil serpientes prescritas
que resguardan tu estancia
(de noche las oyes anudándose,
buscando la humedad de los árboles).
Allí estarás hasta la muerte
entre estatuas y estupas
-Dios es intolerable-o
Hasta la muerte a cuenta del Estado
---quizás el Amor sea eso-.
Para algo tienen que servir los impuestos.
**
A TIGRE
En otoño salías de los bosques del altiplano occidental
y diezmabas la llanura
-las constelaciones del cuadrante occidental se elevaban
en el cielo nocturno--.
Eras blanco.
Tenías las piernas macizas, los muslos excelentes, que parecian
trompas de elefante, las rodillas carnosas e iguales.
Reunías todos los indicios de un gran hombre: tus cejas espesas,
se unían, y entre ellas, sajado, cóncavo, se insertaba
un círculo.
Presentabas protuberancias craneanas.
Tenías el cuello marcado por tres pliegues, como un caracol:
cuando te vi supe que eras un dios.
Como los astros, los hombres ascienden y descienden.
De nada te servirán tus guardianes,
de nada tus caballos voladores.
Todo lo yin sale en invierno.
Puedes invocar.
Puedes conjurar.
Vas a arder.
**
A TUNDRA
Dibújate en el pecho dos dragones peleando.
Cuida la ejecución.
Vigila los detalles.
No uses pincel de cerda,
ni pelo de conejo;
procura lo más suave: bigote de ratón o cabello de niño.
Las cabezas llameantes formarán una cara:
las crestas de los monstruos dibujarán las cejas,
las garras una boca sonriente.
No te apures.
No malgastes.
Usa la tinta negra como si fuera oro.
Invoca al levantarte.
Medita cada trazo.
Porque con esos ojos vas a mirar la muerte.
Después del estampido: tierra en los ojos. Los
faros encendidos en pleno día.
El aire de los hospitales,
el aire de los moribundos y las batas blancas,
el que entre pinzas y algodones rojos
pústulas y alaridos
compresas y mortajas
se estanca, denso, respiro.
Inútiles son la destreza de la disección
los guantes formolados, '
la tos de los forenses,
los algodones en la boca.
Inútiles los justos alfileres de la mortaja.
Siempre quedan mirándose los pies,
pensativos,
los muertos.

De Cobra, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1972.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char