martes, 1 de diciembre de 2015

Como esa silla que copula con la palabra cuerpo

NURIA RUIZ DE VIÑASPRE

(La Rioja, España, 1969; reside en Madrid) 

TABLAS DE CARNICERO 

Cabeza de vaca
que llegabas lenta y sin ideas ya
colgando de tu sobresaliente morro.
Los cielos estaban color ceniza
cuando se te escapó aquel último hilo de baba
de tu ya muerta y despellejada boca.
Debiste apretar más los dientes
para que no se te escapara el alma.
Pero ya era tarde. Ya fue tarde.
Y ahora yaces boca abajo
con un gancho en la garganta.
Aquel objeto punzante que te impidió
acercarte al mundo a comer
el último escombro desperdigado en la colina.
Moriste con un anzuelo clavado en tu cuello.
Como el que se había tragado un pecado.
**
FANTASMAS AZULES

EN el campo de mis sueños rojos
Fantasmas azules han invadido mi cuerpo
Y su aliento azul me roba las venas
Que ayer a la tierra me ataban
En un muro blanco como sepultura
Nos tumbamos para contemplar estrellas
Sus manos pisaron mis manos
Sus ojos mi cuerpo lamieron
En el campo de los sueños rojos 
Llovieron plumas 
Como un manto me cubrieron
En la sepultura de barro
Sus cóncavos picos se volvieron nobles
Fantasmas azules con formas de pájaro
Liberados de la jaula del cielo
Sin alas
Visitaron ayer mi azul mente
Hasta que mi sombra 
Quedó derramada por el suelo.
**
I
Tú quisieras un mundo;
por eso lo tienes todo, y no tienes nada
Diótima a Hiperión

REGRESAR a un mundo viejo,
allí donde el vientre se hace cuna
y balancea en un baile loco
tu ajeno cuerpo
–que ya no es tuyo,
porque llora y llora doliente
la huida del inexacto vientre–
Regresar allí, donde ayer,
a la esquina de un cuello
que guardaba con afán tu indiferente llanto.
** 
MI CUERPO ES UNA SILLA

Mi cuerpo es una silla. Mi cuerpo es una silla. Mi cuerpo es una silla. Una silla sin quilla y sin esquina. Porque mi plan de futuro es ser eso, una silla. Y esta silla —digo cuerpo— no tiene columna vertebral, tiene cuerpo. Y es cuerpo que ensilla y grita silla y grita abismo dentro de este «soy una silla impresente». Porque querido Lezama Lima dos puntos: la cópula no es más que el apoyo de la fuerza frente al horror vacui. Y es que la cópula la cópula la cópula y la silla es hacer el amorcon cuerpo –quise decir, silla– pero también es hacerlo con palabras como cuerpo y como silla. Así que ve, lengua, y propónnos gloriosos términos. Términos como terminal–es terminar. Y es que todo termina. Hasta el precipicio que hay bajo una silla terminal que copula una y otra vez. Nosotros terminamos una y otra vez, por eso somos también enfermos terminales. Alguienes en fase terminal. Con fecha de caducidad, como un yogur al fondo de aquella nevera en el desguace. Como esa silla que copula con la palabra cuerpo. Enfermos terminales llenos de términos enca–silla–dos, o lo que es lo mismo, dos enfermos copulando en una silla y mordiendo palabras como enfermos. Con posibilidad de llegar a ser algo en los márgenes de una página. Ser en los mundos posibles, aunque los mundos posibles sean nuestros posibles muros. Muros donde rebota la palabra muro lanzada como sillas. Contra la pared. Sin aire, ni pulmón, ni lágrima. Porque dime, querido Lezama Lima dos puntos: ¿cómo saltar al vacío de los márgenes? Ay las palabras, esas masas líquidas que se desbordan en el mapa. Románticamente deseadas. Románticamente desoladas. Aristóteles dos puntos: dime ¿es verdad que la naturaleza nunca deja un sitio en blanco, sino que evoluciona para comerse el vacío? La nada inundando el todo. Círculos en troquel. Cuchillas que di–seccionan barrancos descifrables. Porque todo estado de vértigo se origina por la pérdida —momentánea o no— del equilibrio. Por la angustia al transgredir el límite que hay en la palabra desequilibrio. Y es que en la página no hago pie. Prefiero el vértigo, la braza, el brazo, el nado y la nada en las aisladas costas. ¿Quién quiere esa arena en los ojos donde gritan los niños que hacen pie cuyas madres tienen bocas que también hacen pie y comen enfermos a mordiscos? Hacer pie es llegar sin braza, ni brazo, ni nado, ni nada. Es detenerse en el vértice de una piscina con ordenadas aguas entremárgenes. Prefiero luxar mi cuerpo–silla. Quedarme en este cuerpo —quise decir, silla— y escribir malformaciones. Vivir a las afueras donde el viento tiene el aire entre manos y lo tiene des–atado. Soy una silla soltada al aire. Una planta química. Una planta. Una puta planta hermosa plantada en una silla. Inocua como lo es el agua sin la fuerza del viento. Como el desforzado viento. Quiero ser estéril. Como una silla estéril. Tener manos estériles. Un corazón estéril. Piernas estériles. Un sexo estéril. Y quedarme sin manos, ni sexo, ni corazón. Como una silla echada al sol. Ser espacio sentado en una silla. Así que ve, lengua dentro de mi boca, busca el lenguaje en aquella casa a la que se le han volado todas las sillas.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char