viernes, 27 de mayo de 2016

Quiero asirlo, pero no puedo: es de agua

RAFAEL FELIPE OTERIÑO

(La Plata, Buenos Aires, Argentina, 1945. Reside en Mar del Plata, Buenos Aires, Argentina)

Nomeolvides

Acostumbro
a recoger para ellos nomeolvides,
pequeñas flores de octubre
que se prenden a la solapa
como abrojos.
En la piedra no hay nada
que las sujete:
ni el pocillo con agua
donde las sumerjo,
y que de ordinario se seca
tras mis pasos. 

Tal vez sea mejor así:
que duren el instante de llevarlas,
apenas la decisión
de ponerlas junto a unos nombres
que sólo yo
deletreo hasta el final.
Sí, tal vez lo importante
sea sólo eso:
que mantenga la promesa 
de llenar los vasos
y no derramar el agua.
***
Artes

Primero, el arte de ser derrotado;
luego, el arte de conversar a solas;
más tarde, la serena indiferencia;
por último, el arte de no ver nada
aún viéndolo todo. 

Cuánto tuvo que aprender esta cabeza
para ser calva, enteramente calva
-por dentro y por fuera-, 
en el camino de una nube
que se aproxima despacio.
**
¿Quién me despertará si no este río?
        
         Viene desde la infancia
         y lleva piedras grandes en lugar de navíos,
         ramas sueltas, velámenes rotos
         y un camalote para señalar que corre aún.

         Un impulso lo ciega,
         una columna de humo lo sigue desde la orilla,
         dos motas de polen marcan el rumbo.

         Quiero asirlo, pero no puedo: es de agua,
         recoger la espuma y no alcanzo: se aleja,
         respirar su perfume,
         pero no es de aquí: resuena en mi cabeza.

         Con dedos lisos golpea los postigos
         y abre los picaportes:
         en su cama de aullidos duerme el tiempo.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char