jueves, 30 de junio de 2016

Un hombre entierra un cuchillo en un huerto

Mario Arteca

(La Plata, Argentina, 1960)


YO NO TENGO PERRO

Lo que sabemos: lo efímero no se reproduce.
Si la existencia se dividiera por mitades, 
sólo una de ellas sería nuestra; la otra debiera 
enterrarse, como los huesos que un perro 
oculta bajo la tierra para almacenar el apetito. 
Yo tengo perro, podría no tenerlo. Si lo viera 
desde arriba sólo obtendría un punto dorado largo 
y móvil. En el fondo se trata de un gran organismo 
que oculta y parece hacerlo todo por sí mismo.
Un hombre entierra un cuchillo en un huerto, 
después lo extrae y vuelve a repetir la maniobra
tres veces más. “Podría hacerlo mejor”, se dijo.
Y lo hundió una vez más, pero el cuchillo 
seguía siendo reluciente, porque parecía 
no haberse utilizado nunca. “Podría haberlo
hecho mejor”, finalmente se dijo, y guardó
el instrumento en el bolsillo. De vez en cuando
se habla desde el lugar que nadie quiere habitar,
al que muchos quieren arribar, pero que no
se puede lograr sin que se resigne aquella
proximidad a la indulgencia de las presunciones.
No tengo ni tendré de nuevo un perro. Cuando
observaba una casa pequeña, que pudo ser mía,
sentí aquello que podría decir sin que una 
repentina impotencia me hiciera mover los brazos,
como un pájaro, y después –esto es así–, caí 
de rodillas y golpeé el césped con la fuerza
que debiera haber guardado para ocasiones 
más límites. La casa no era mi casa, 
y el jardín no tenía relación conmigo, menos 
el perro que se acercó y parecía compartir 
la misma inercia. Al hombre que miraba 
mis movimientos le deseo la mejor suerte,
porque algún asunto en esto le incumbía
si no fuera porque el escenario era propicio
para verter conclusiones privadas. Dejé
mi sujeto en esos golpes amortiguados
en la gramilla, y sin embargo algo quedó
lesionado, un hueso, un efecto retardado
por la propulsión inmediata. El ladrido retenido 
del animal que traducía cualquier movimiento 
de mis manos. Si alguien me abriera al medio, 
¿saldría un perro? Tal vez sea sólo un niño, 
como sugiriera cierta vez Kluge a Godard. 
El sonido de sus uñas cuando prepara
su agujero en la tierra, y la sacudida 
de una caja de fósforos que acompaña
la operación de enterrar el futuro sustento.
El susurro doble cuando cava y agita.
Podría ofrecerle la inmediatez en un lugar
donde nunca estuvo, y sin embargo, el trabajo
de sus garras desmontaba todo aquello
a lo que me había acostumbrado a observar,
como si me asombrara de que las flores
de mi pequeño huerto también se despertaran
con la luz de la mañana. Sombras y variedad
de grises para resaltar cierta importancia,
determinada idiosincrasia del ocultamiento. 
Yo tengo un perro salido de un vientre
diferente al mío, pero no se puede hablar
de vientre si no está abierto, son las reglas
quirúrgicas, el onceavo mandamiento 
no firmado. Y como en una canción de 
The Smiths, después de una fiesta alguien 
entierra una estrella muerta. Pero los dioses 
argentinos son siempre argentinos 
y por ese motivo, cavar, con las uñas 
de un perro la tierra antes removida, 
será rasgar le pátina del azar cuyo secreto 
mayor ofrece un descubrimiento previamente 
conocido. Cuando estoy entre dos pisos
y varias personas salen a mi encuentro, 
suelo echarme al suelo, apretar la cara
contra el polvo. Nunca sé si me miran 
por las mirillas de las puertas. Pero no 
vivo entre dos pisos, por lo que nadie
sale en mi búsqueda y ninguna criatura
me observa detrás de las puertas. 
Tampoco aprieto mi rostro contra 
el polvo de una muerte que no tiene 
que ver con un modelo único de producción. 
La redundancia será lo que se disfraza 
al constituirse –ya lo sabés– y se forma 
desde una máscara a otra, desde un punto 
notable a otro, con la presunción de mostrarse 
sumergida. Aun así, no tanto como ser 
demasiado cercano. The vulgate of experience. 
Hay tantas ideas que merecen la pena,
que al encontrarnos con una la divulgamos
enseguida como propia. Antes de nosotros, 
alguien puso un bocado a resguardo,
porque la noción de futuro se añeja 
desde el mecanismo de escamoteo. 
Cava, y agita, dijimos, en versiones rápidas
y sencillas, para que no fueran halladas
porque sí, y de no llevar a cabo el trabajo 
de desenterrar los objetos abandonados 
como pericias que, aisladas y sin tutela, 
anticipen la factura de los hechos. La carne 
enterrada, una persona que observa y un perro
cavando, son uno. Me tumbaba de espaldas,
decía, y estábamos en un agujero para reventar,
y para torcer el curso de la conversación,
si eso fuera necesario. Y lo es. Tengo perro.
Dejaré de golpear el césped cuando el mirón
se haya ido. De conversar con él, nada
surgiría sino la mirada cuya patente levante 
y pronuncie la palabra, sea la que fuera 
para que permanezca enterrada, porque 
la intención era valorar los frutos 
y no el principio oculto que la activaba. 
Conocer esto supondría saber demasiado. 
Es posible conocer lo suficiente. La mierda 
de mosca se funde con la sombra sobre 
la mesa negra de guatambú recién lustrada. 
Hay aroma, hay industria, se reconocen 
los aromas, y la exigencia en la elegancia. 
El hueso que desentierra mi ex perro tiene 
tanta vida como cuando informa sobre 
el porvenir. Lo reservo. Es nuestro derecho.

De “Yo no tengo perro” (plaquette, 2014)
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char