martes, 18 de octubre de 2016

Incandescente de dolor y de sagrada cólera

RENÉ DAUMAL

(Boulzicourt, Francia, 1908-París, id., 1944)

LA GUERRA SANTA

Voy a escribir un poema sobre la guerra.
Tal vez no sea un verdadero poema, pero será sobre una verdadera guerra.
No será un verdadero poema porque el verdadero poeta no está aquí.
Si
estuviera cesaría el ruido entre la multitud, se haría primero un gran
silencio, un silencio pesado, un silencio preñado de mil truenos.

Veríamos
al poeta y palidecerían nuestras pobres sombras. Lo odiaríamos por ser
tan real, nosotros los débiles, los enojados, nosotros los todo-cosa.
Estaría
aquí, agotado por los mil truenos de la multitud de enemigos que
contiene –porque los contiene y los satisface cuando quiere- ,
incandescente de dolor y de sagrada cólera pero tan tranquilo como un
pirotécnico,
Y abriría en el gran silencio una pequeña canilla, la muy pequeña canilla del molino de palabras.
De allí saldría un poema, un poema tal, que uno se pondría verde.

Lo
que voy a hacer no será un verdadero poema poético de poeta, porque si
la palabra “guerra” fuese pronunciada en un verdadero poema, esa
guerra, la verdadera guerra de la que hablaría el poeta, la guerra sin
piedad, la guerra sin pactos ni compromisos se encendería
definitivamente en nuestros corazones.

Tampoco será un discurso
filosófico, porque para ser filósofo, para amar la verdad más que a mí
mismo, hay que estar muerto para el error, hay que haber matado a las
traidoras complacencias del sueño y de la cómoda ilusión. Pero eso es
la meta y el fin de la guerra , y la guerra apenas ha comenzado, hay
todavía traidores para desenmascarar.

Tampoco será obra de
ciencia, porque para ser científico, para ver y amar las cosas tal cual
son, hay que ser uno mismo, y amar es verse tal cual uno es. Hay que
haber roto los espejos mentirosos, haber matado con mirada implacable
los fantasmas insinuantes. Pero eso es la meta y el fin de la guerra, y
la guerra recién ha comenzado, hay todavía máscaras que arrancar.

No
será tampoco un canto entusiasta, ya que el entusiasmo sólo es estable
cuando el dios se ha levantado, cuando los enemigos no son más que
fuerzas sin formas, cuando el estruendo de la guerra repica a todo
trapo. Pero la guerra apenas ha comenzado y nosotros todavía no hemos
arrojado al fuego nuestro juego de cama.

Todavía no será una
invocación mágica, porque el mago dice a su dios: “Haz lo que me gusta”
y rehúsa hacer la guerra a su peor enemigo, si el enemigo le gusta.
Ni
será un ruego de creyente, porque el creyente dice a su dios: “Haz lo
que quieras” y para eso se ha tenido que meter el hierro y el fuego en
las entrañas de su más querido enemigo. Y eso es el hecho de la guerra.
Pero la guerra apenas ha comenzado.

Será un poco todo eso, un
poco de esperanza y un esfuerzo hacia todo eso y también será un
llamado a las armas. Un llamado que el juego de los ecos podrá
devolverme y que otros, tal vez escucharán.


Ahora podéis adivinar de qué guerra quiero hablar.
De
las otras guerras, de las que sufrimos, no hablaré. Si hablara de ellas
sería literatura común, un sustituto, una excusa. Así como empleé la
palabra “terrible” cuando aún no tenía la piel de gallina. Así usé la
expresión “reventar de hambre” cuando aún no había llegado a robar en
los escaparates. Como hablé de “locura” antes de haber intentado mirar
el infinito por el ojo de la cerradura. Así como hablé de la muerte
antes de haber sentido en mi lengua el gusto de sal de lo irreparable.
Como hablan de pureza algunos que siempre se consideraron superiores al
cerdo doméstico. Así como quienes adoran y repintan sus cadenas hablan
de libertad y algunos que sólo aman la sombra de sí mismos hablan de
amor, o de sacrificio quienes por nada se cortarían el dedo más
pequeño. O de conocimiento quienes se disfrazan ante sus propios ojos.
Así como nuestra gran enfermedad es hablar para no ver nada.
Sería
un sustituto impotente, como los viejos y los enfermos que hablan con
gusto de los golpes que dan o reciben los jóvenes elegantes.

¿Tengo entonces el derecho de hablar de la otra guerra mientras no está, quizás, definitivamente encendida en mí?
Sí,
tal vez no tenga el derecho, pero “no tener el derecho” puede
significar “tener el deber” y, sobre todo, “la necesidad”, ya que nunca
tendré demasiados aliados.


Intentaré, entonces, hablar de la guerra santa.

¡Pueda
ella estallar de manera irreparable! Cada tanto se enciende, pero nunca
por mucho tiempo. Ante los primeros signos de victoria me admiro en el
triunfo, me hago el generoso y pacto con el enemigo. Hay traidores en
la casa, pero tienen cara de amigos, ¡Sería tan desagradable
desenmascararlos! Ocupan su lugar junto al fuego, tienen sus sillones y
sus pantuflas; vienen cuando estoy somnoliento, me hacen un cumplido,
me cuentan una historia palpitante o divertida, me traen flores o
golosinas o algún hermoso sombrero de plumas. Hablan en primera
persona, creo escuchar mi voz, es mi voz que creo emitir: “Yo soy... yo
sé... yo quiero...”
Mentiras. Mentiras metidas en mi carne, abscesos
que me gritan: “¡No nos revientes! Tenemos la misma sangre!”; pústulas
que lloriquean: “Somos tu único bien, tu único ornamento, sigue
nutriéndonos, no te cuesta tanto!”
Son muchos, son encantadores y
lastimeros, son arrogantes y me chantajean, hacen alianzas... esos
bárbaros no respetan nada –nada verdadero, quiero decir, ya que delante
de todo lo demás se retuercen de respeto. Gracias a ellos tengo forma,
ocupan el lugar y tienen la llave del cajón de las máscaras. Me dicen:
“Nosotros te vestimos; cómo harías sin nosotros para aparecer en el
mundo?”
¡Oh, antes mejor ir desnudo como un gusano!


Para
combatir a esos ejércitos sólo tengo una pequeña espada apenas
perceptible; corta como una navaja, es verdad, y es muy asesina. Pero
es tan pequeña que la pierdo a cada rato. Nunca sé dónde la guardé. Y
cuando por fin la encuentro, me parece muy pesada de llevar y muy
difícil de manejar, mi mortífera pequeña espada.

Yo sé decir apenas algunas palabras, que son más bien vagidos, en cambio ellos hasta saben escribir.
Hay
siempre uno en mi boca que acecha mis palabras cuando quiero hablar.
Las escucha, guarda todo para sí y habla en mi lugar, con las mismas
palabras pero con su inmundo acento. Y gracias a él se me respeta y se
me juzga inteligente (pero los que saben no se equivocan; pueda yo
escuchar a los que saben!)
Esos fantasmas me roban todo. Y después
pretenden que los compadezca. “Nosotros te protegemos, te expresamos,
te hacemos valer y tú quieres asesinarnos! Te destrozas a ti mismo
cuando nos tratas mal, cuando golpeas con maldad nuestra sensible
nariz, la nuestra, la de tus buenos amigos.”
Y la sucia piedad con
todas sus tibiezas viene a debilitarme. Contra todos ustedes,
fantasmas, toda la luz! Bastará que encienda la lámpara para que
callen, que abra un ojo para que desaparezcan.
Porque están esculpidos de vacío, envejecidos por la nada.
Contra ustedes, la guerra hasta el final! Ninguna piedad, ninguna tolerancia. Un sólo derecho: el derecho de no ser más.

Pero
ahora, otra es la canción. Se sienten señalados y se muestran
conciliadores: “Sí, tú eres el amo. ¿Pero qué es un amo sin servidores?
Déjanos permanecer en nuestros modestos lugares, prometemos ayudarte.
Imagina, por ejemplo, que quieras escribir un poema. ¿Qué harías sin
nosotros?” Sí, rebeldes, un día volveré a poneros en vuestros sitios.
Os doblegaré bajo mi yugo. Os alimentaré con heno y os pegaré todas las
mañanas. Mientras succionéis mi sangre y robéis mis palabras, Oh, más
vale no escribir poemas!
Esa es la maravillosa paz que me proponen.
Cerrar los ojos para no ver el crimen. Que me agite de la mañana a la
noche para no ver a la muerte con la boca siempre abierta. Que me crea
victorioso antes de haber luchado. ¡Paz de mentira!
Que me acomode en las propias cobardías, ya que todo el mundo se acomoda. ¡Paz de vencidos!
Un
poco de mugre, un poco de embriaguez, un poco de blasfemia bajo
palabras espirituales. Una mascarada de virtud, un poco de pereza y
ensoñación, o mucha, si uno es artista, un poco de todo eso y alrededor
muchas palabras hermosas. Esa es la paz que proponen. ¡Paz de vendidos!
Y
para salvaguardar esa paz vergonzosa, uno hará de todo, también la
guerra a sus semejantes. Porque existe una vieja y segura receta para
conservar esta paz: acusar siempre a los otros
¡Paz de traición!

Ahora
sabéis que quiero hablar de la guerra santa. Aquel que se haya
declarado esta guerra, ése está en paz con sus semejantes. Y aunque
todo en él sea campo de la más violenta de las batallas, en el fondo
del fondo de sí mismo reinará una paz más activa que todas las guerras.
Y cuanto más reine la paz en el interior de sí, en el silencio y la
soledad central, con mayor rabia se abatirá la guerra contra el tumulto
de las mentiras, contra la gran ilusión.

En ese vasto silencio
envuelto en gritos de guerra, escondido del afuera por el huyente
espejismo del tiempo, el eterno vencedor escucha las voces de otros
silencios. Solo, después de haber roto la ilusión de no estar solo, ya
no está solo por estar solo.
Pero estoy separado de él por ejércitos
de fantasmas que quiero aniquilar. ¡Pueda yo un día instalarme en esa
ciudadela! Sobre las murallas, ¡sea destrozado hasta el hueso para que
el tumulto no llegue a la cámara real!
“¿Mataré?”, pregunta Arjuna,
el guerrero. “Mata” se le responde, “si eres un matador no tienes
elección”. Pero si tus manos enrojecen con la sangre de los enemigos,
no dejes que ni una sola gota salpique la cámara real, donde espera el
vencedor inmóvil.

“¿Pagaré el tributo al César?”, preguntó otro.
“Paga” se le responde. Pero no dejes al César echar una sola mirada
sobre el tesoro real.

Y yo, que en el mundo del César no tengo otra arma que la palabra,
Yo, que en el mundo del César no tengo otra moneda que la palabra,
Hablaré?
Hablaré, para llamarme a la guerra santa.
Hablaré, para denunciar a los traidores que he alimentado.
Hablaré, para que mis palabras avergüencen a mis acciones,
Hasta el día en que una paz acorazada de truenos reine en la cámara del eterno vencedor.

Y
porque he empleado la palabra “guerra” –y esa palabra “guerra” hoy no
es más que un simple ruido que las gentes instruidas hacen con sus
bocas- y esa palabra es ahora una palabra seria y cargada de sentido.
Sabrán que hablo seriamente y que no son vanos ruidos que hago con mi
boca.

Primavera de 1940

De René Daumal: la guerra santa. Hablar de Poesía Nº 4, año II, noviembre 2000, Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires.Traducción de Ana Arzoumanian.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char