sábado, 19 de noviembre de 2016

Todo esto está en mi nombre y en tu oído

Osvaldo Picardo
(Mar del Plata, Argentina, 1955)

F. Q.I: El pasado

Para que alguien todavía diga Fabio Quintiliano,
para que esos sonidos por un instante amable emerjan
y se hundan en los largos siglos de tapas y páginas empolvadas
hubo muerte más que nacimientos. Una Roma en llamas.
El recuerdo de los higos que Catón trajo de Cartago,
y el horror de Herculano y Pompeya.
Un Séneca con un alumno siniestro
y un Pedro y un Pablo que profesaron en una secta y repetían:
"una sola palabra tuya bastará para sanarme".

Todo esto está en mi nombre y en tu oído
trepa lento como el caracol sobre el vidrio
(detrás dicen haber visto una historia de salvación,
otra de progreso y ésta sin novedad). 
 **
México, junio de 1986
“Perdoname, estaban muy ricas, tan dulces y tan frías”
(William C. Williams)

¿Este sabor en la boca
entre ácido y algo dulce de una ciruela
no fue igual hace ya más de tres mil años?
Uno no sabe cómo explicar finalmente
esto que queda de la hinchada redondez
con que se llenó tu mano
ni tampoco ese duro deseo de durar
que resiste la copia de su podrida carne.
Una ciruela morada, casi negra
no es capaz de contener el universo.
Ni podrá hacer que nada cambie.
Ese sabor es una continua pausa
en que tropiezan la culpa y el perdón.
**

Pájaros que no parecen
pensar en la muerte.
Sustraídos al caos del universo
sin contratos ni plazos.
Casuales sobre tu cabeza
aunque irrazonablemente dueños
de un ser tan previsible.
En medio
de la deslealtad absoluta de las cosas
saltan.
**
Entre dos fondos, en la superficie del mar, todo pesa menos

Hay algo único en nadar
cuando se acerca una tormenta.
Sorprende y tranquiliza ver boca arriba
la velocidad con que el aire frota
las partículas de los cúmulos grises y blancos.
Se puede con cada brazada tocar
la intemperie, mar adentro.

Nadás de espaldas. Y tus ojos flotan
con tu cuerpo, sin resistirse,
en otras aguas, en un archipiélago de nubes
entre la visible consistencia
y la más transparente inconsistencia.
La corriente te lleva a donde quiere,
rendido a su deseo y su fuerza.

Pensás que también así debería flotar
tu pequeña historia, sobre el doble fondo,
entre toneladas de relámpagos
y el sordo respirar de los peces.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char