viernes, 18 de noviembre de 2016

Y allá, un hilo de humo

Anne Talvaz

(Bruselas,  Bélgica, 1963)  

Pietá

¿Lo sostuvo contra su cuerpo
en la multitud que marchaba hacia la muerte maloliente?

¿Huyó de su chiquito en llanto
para reencontrarse con los vivos?

Sus manos, lo único que aún le pertenece,
y la luna que vierte sobre todo su ceniza inmaterial
le sirven de razón de ser

fuera de ella, y
la batahola de las cornejas
que se estrellan en el cielo…

Suenan las campanas.

El miedo que se suelda a la piel, la supuración
de las llagas,
mi corazón de cieno que todos pisotean.

Y allá, un hilo de humo.
Se disuelve en el cielo.

Suenan las campanas.
**
Requiem pour une enfant célèbre, 3

Ana, hermana mía, ¿nada ves venir?

Veo el sol que y los árboles que
y a través del hueco de las cortinas a los hombres que
y cuando voy al desván
a los pájaros que
veo al cielo que y que y que

Ana, hermana mía, no es eso lo que te pido

¿quieres acaso que lea la borra de café,
cuando hace tanto tiempo ya que no encontramos café?
¿sabes al menos que las líneas que cruzan el cielo
no son las de la mano de Dios?
**

Traducciones: Mirta Rosenberg y Jaime Arrambide y estos poemas fueron tomados de Diario de poesía, N° 65, año 2003.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char