jueves, 10 de enero de 2013

En todo deseo hay tanta compasión como apetito


JOHN BERGER
(Inglaterra, 1926- )

El deseo sexual, si es recíproco, origina un complot de dos personas que hacen frente al resto de los complots que hay en el mundo. Es una conspiración de dos.
El plan es ofrecer al otro un respiro ante el dolor del mundo. No la felicidad sino un descanso físico ante la enorme responsabilidad de los cuerpos hacia el dolor.

En todo deseo hay tanta compasión como apetito. Sea cual sea la proporción, las dos cosas se ensartan juntas. El deseo es inconcebible sin una herida.

Si hubiera alguien sin heridas en este mundo, viviría sin deseo.

El cuerpo humano realiza proezas, posee gracia, picardía, dignidad y otras muchas capacidades, pero también resulta intrínsecamente trágico como no lo es ningún cuerpo de animal (ningún animal está desnudo) El deseo anhela proteger al cuerpo amado de la tragedia que encarna y, lo que es más, se cree capaz.

La conspiración consiste en crear juntos un espacio, un lugar de exención, necesariamente temporal, de la herida incurable de la que es depositaria la carne. Ese lugar es el interior del otro cuerpo. La conspiración consiste en deslizarse al interior del otro, allí donde no se les pueda encontrar. El deseo es un intercambio de escondites. (hablar de "volver al útero" es una vulgar simplificación)
Tocar una pierna con mano de amante. Que sea para excitar o para relajar no supone diferencia alguna. El tacto aspira a alcanzar, más allá del fémur, la tibia o el peroné, el propio corazón de la pierna, y el amante completo espera acompañar ese gesto y habitar en él.

No hay altruismo en el deseo. Al principio están implicados dos cuerpos y la exención, siempre y cuando se logre, los protege a ambos. La exención es inevitablemente breve, y sin embargo, lo promete todo. La exención suprime la brevedad y con ella las penas asociadas a la angustia de lo efímero.
Ante la mirada de una tercera persona, el deseo es un breve paréntesis. Desde dentro, una inmanencia y una entrada en la plenitud. Normalmente la plenitud se considera una acumulación. El deseo revela que es un despojamiento: la plenitud de un silencio, de una oscuridad.
(Fragmento de Esa belleza)

***
“El conocimiento, la explicación, nunca se adecua completamente a la visión”.

“Lo que sabemos o lo que creemos afecta al modo en que vemos las cosas.”
“Nunca miramos sólo una cosa; siempre miramos la relación entre las cosas y nosotros mismos.”
“Toda imagen encarna un modo de ver.”

“La presencia social de una mujer es diferente a la de un hombre. La presencia de un hombre depende de la promesa de poder que él encarne. La presencia de un hombre sugiere lo que es capaz de hacer para ti o de hacerte a ti."
“En cambio, la presencia de una mujer expresa su propia actitud hacia sí misma y define lo que se le puede o no hacer."
“En el caso de la mujer, la presencia es tan intrínseca a su persona que los hombres tienden a considerarla casi una emanación física, una especie de calor, olor o de aureola."

“Una mujer debe contemplarse continuamente. Desde su más temprana infancia se le ha enseñado a examinarse continuamente. Y así llega a considerar que la examinante y la examinada que hay en ella son dos elementos constituyentes pero siempre distintos de su identidad como mujer."
“Los hombres examinan a las mujeres antes de tratarlas. En consecuencia, el aspecto o apariencia que tenga una mujer para un hombre puede determinar el modo en que éste la trate.”
“Los hombres actúan y las mujeres aparecen. Los hombres miran a las mujeres. Las mujeres se contemplan a sí mismas mientras son miradas. Esto determina no sólo la mayoría de las relaciones entre hombres y mujeres sino también la relación de las mujeres consigo mismas."
“El supervisor que lleva la mujer dentro de sí es masculino: la supervisada es femenina. De este modo se convierte a sí misma en un objeto y, particularmente en un objeto visual, en una visión.”
”En la forma-arte del desnudo europeo, los pintores y los espectadores-propietarios eran usualmente hombres, y las personas tratadas como objetos, usualmente mujeres. Esta relación desigual está tan profundamente arraigada en nuestra cultura que estructura todavía la conciencia de muchas mujeres. Hacen consigo mismas lo que los hombres hacen con ellas. Supervisan, como los hombres, su propia feminidad.”

“Entre los cientos de miles de cuadros de desnudos que constituyen la tradición europea de la pintura al óleo hay quizá unas 100 excepciones que ya no son desnudos, pues rompen las normas de la forma-arte; son cuadros de mujeres amadas y más o menos desnudas. En todos los casos, la visión personal que tiene el pintor de aquella mujer concreta que está pintando es tan intensa que no hace concesión alguna al espectador. El espectador presencia la relación (de la mujer con el artista) pero nada más.
“Tu pintas una mujer desnuda porque disfrutas mirándola. Si luego le pone un espejo en la mano y titulas el cuadro “Vanidad” (Merling) condenas moralmente a la mujer cuya desnudez has representado para tu propio placer. Pero la función real del espejo era muy otra. Estaba destinado a que la mujer accediera a tratarse a sí misma principalmente como un espectáculo.”

(Fragmentos de Modos de ver, Ed. Alfaguara)
***

"Todos en Saint Valéry, necesitan algún tipo de locura para recobrar el equilibrio tras el naufragio. Yo, por ejemplo, creo que soy un perro.
(...)
Giambattista lo vio venir, le explica Vico a King mientras una topadora destruye las barracas de Saint Valéry. Se pasó la vida intentando resolver el enigma de cómo había salido exactamente el hombre de la barbarie, qué etapas había pasado hasta llegar a donde había llegado. Vaticinó una segunda barbarie, King, mucho peor que la primera. En la primera, según él, había cierta generosidad. La segunda barbarie se implanta en el pensamiento mismo, lo que la hace mucho más vil y mucho más cruel. La segunda barbarie mata a los hombres y se lo lleva todo al tiempo que promete y habla de libertad."

 (…)
Me muero por intentarlo. Oigo estas palabras entre sueños y me sale un arrullo de paloma del fondo de la garganta, donde el gaznate se junta con la nariz. Esa parte que se seca cuando tienes miedo. Me muero por intentar llevaros a donde vivimos.
 (…)
    Conocí una vez a una perra trufera. A su amo, afirmaba, le habían ofrecido veinte mil por ella. ¡Y él prefirió quedarse conmigo! Decía esto sacando la lengua. ¡Tendrías que vernos! En septiembre, cuando todavía anochece tarde, trabajamos todo el día y volvemos a casa con cinco, seis, siete kilos. Hablo de las negras. En mayo salimos a por las blancas. Las blancas son más discretas y tienen un sabor más joven.

    ¿A qué huelen las trufas?, le pregunto. A sexo, me responde, sobre todo a sexo. Sexo en la tierra desnuda, bajo los robles. Huelen a sexo masculino. El problema es que yo no paro de encontrarlas, una y otra y otra, pero nunca echo un polvo. A final del día odias el olor. No es mejor que trabajar en un local de strip-tease. Y lo que es todavía peor: tienes que andar con mil ojos para no arañarte la nariz.

(De KING. Una historia de la calle, Ed. Alfaguara. Traducción: Pilar Vázquez)

2 comentarios:

sibila dijo...

agitadito para la mañana. gracias, ire.

Irene Gruss dijo...

Se puede leer también de tarde... Gracias, sibila; Irene

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char