viernes, 11 de enero de 2013

Todas las piedras, si lo ves, son Ítacas

Otros poemas de FABIO MORÁBITO
(Alejandría, Egipto. Reside en México, 1956-)


No he visto colocar una primera piedra,
jamás he visto la primera piedra

de un hospital, de un templo, de un centro
de asistencia, de un campo de fútbol,

ignoro de qué está hecha una primera piedra,
si puede ser de ladrillo o debe ser de piedra,

si es una piedra simbólica
que se desecha después del protocolo

o queda comprendida en la edificación
y puede señalarse con el dedo.

¿Dónde está la primera piedra de San Pedro?
¿Es una piedra bendita o profana?

Imagino largas colas de fieles para verla,
más codiciada que la reliquia de un santo.

No amo las reliquias
ni su revés: las primeras piedras,

no amo el protocolo de la vida,
ninguna forma de genuflexión,

me salto los títulos de los poemas
y voy directo a la primera línea,

el primer verso de un poema
no es su primera piedra,

no puede señalarse con el dedo,
todo el poema línea a línea

construye un solo verso,
es más, todo poema acaba en el siguiente

que se escribe y pone fin a otro
escrito o aún por escribirse,

nadie termina un viaje,
un náufrago jamás se seca,

no hay una orilla, no hay una Ítaca,
no hay tierra firme para quien está mojado,

todas las piedras son la tierra firme,
todas las piedras, si lo ves, son Ítacas,

son la primera piedra que te sale al paso,
todas tus piedras te han salido al paso,

todos los pasos llevan a tu isla,
todas las islas son de pura piedra.
***
En la playa 

El viento, más
que yo,
se fuma este cigarro
entre mis dedos,
dejándome el placer
de sólo tres o cuatro bocanadas,
y el mar expropia las palabras
que te digo,
porque, acostada, no me oyes.
El sol, el viento y la marea
te ensordecen
y cuando me levanto
para dar dos pasos,
viendo mis huellas que se imprimen
en la arena,
pienso que esas pisadas mienten,
que ya no piso así desde hace no sé cuándo;
son huellas de otro
que sobrevive en mis pisadas, pues las mías
son mucho menos elocuentes.
Tú, en cambio, que me ves
completo e indivisible,
sabes mejor que nadie cómo soy mortal,
cómo mis huellas en la arena me describen
y cómo se plasma en ellas lo que soy,
sabes mejor que nadie cómo no escucharme.
***
Para que se fuera la mosca...

Para que se fuera la mosca
abrí los vidrios
y continué escribiendo.
Era una mosca chica,
no hacía ruido,
no me estorbaba en lo más mínimo,
pero tal vez empezaría
a zumbar.
Un aire frío,
suave,
entró en el cuarto;
no me estorbaba en lo más mínimo,
pero no se llevaba
con mis versos.
Cambié mis versos,
los hice menos melodiosos,
quité los puntos,
los materiales de sostén,
las costras adheridas.
Miré la mosca adolescente y gris,
sin experiencia;
no se movía del mismo punto,
tal vez
buscaba entrar en la corriente
de las moscas,
buscaba a su manera unas palabras mágicas.
Rompí mis versos,
a fuerza de quitarles costras
habían quedado ajenos.
Fui a la ventana,
por un momento
todo lo vi como una mosca,
el aire impracticable,
el mundo impracticable,
la espera de un resquicio,
de una blandura
y del valor
para atreverse.
Fuimos el mismo adolescente gris,
el mismo que no vuela.
¿Qué versos que calaran hondo
no venían,
de esos que nadie escribe,
que están escritos ya,
que inventan al poeta que los dice?
Porque los versos no se inventan,
los versos vienen y se forman
en el instante justo de quietud
que se consigue,
cuando se está a la escucha
como nunca.

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Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char