sábado, 27 de julio de 2013

Es humo lo que acontece en el paisaje

ROGELIO RAMOS SIGNES
Tomada de elpoetaocasional.blogspot.com

(La Rioja, Argentina, 1949. Vivió entre los dos y los trece años en San Juan y en Rosario, provincia de Santa Fe, en los años 60; reside en Tucumán desde 1972)



La mirada cómplice

Párate frente al espejo
sin miedo, sin ropa, sin complejos.
Acomoda el orden vanidoso de tu pelo
con algún ademán copiado de tu padre.
Como si fueses tu hermano,
ensaya un gesto de vigor.
Aspira profundo. Mira de soslayo.
Perfúmate las axilas y no sufras.
Es tu madre quien te mira desde el espejo.
Todo está en orden.
***
El llorar de los llorares

Y lloré por algo que yo no entendía.
Y lloré con ella.
Y el viento golpeó la puerta.
Y protesté “¡Qué elemental es el viento!”
Y Dios -que por entonces
era ayudante de cocina- dijo
“Ya está bien. Acompañar la comida con lágrimas
hincha la panza”.
Y ella dejó de llorar.
Y yo dejé de llorar con ella.
***
El desierto de los tártaros

No siempre las palabras
están a la altura de los pensamientos,
ni el temor se condice con las premoniciones.
La casa que ayer nos dijo hasta mañana
tal vez nunca vuelva a cobijarnos.
El abrigo que lucíamos en la ciudad
se volvió tontamente pomposo en estas soledades.
Sólo me resta decir que los fusiles están descargados
            mi coronel
y que las dagas no tienen filo.
Las feroces escuadras enemigas que venían a matarnos
            no lo harán
son simples soldados involuntarios, mi coronel,
asustados
            como nosotros.
***
Diario de ruta

No es niebla. Es humo lo que acontece en el paisaje.
Pasto seco que difunde su noticia con el viento,
concordia fugaz de antiguos adversarios.
Ella frena el motor de sus pensamientos
centímetros antes del precipicio.
Es mujer en desapego a los milagros
que ingresa y se retira de los espejismos
como quien bebe de una fuente sin dar las gracias.
Ella es un mantel de hilo que se agita sin premura,
promesa de desayunos bajo un árbol
en la vera cruz de dos caminos con historia.
El mundo la protege aunque ambos lo nieguen.
Profecías como caligramas. Gatos como perros.
Arsenal de palabras en desuso, por ahora,
que se resolverán en frases de caprichoso sentido.
Como un director de orquesta con su batuta
ella espanta las moscas con una rama de sauce.
Pronto llegará la lluvia a decretar finales.
Mientras tanto es humo lo que ocurre,
mensajes indios de dolor irreparable
volviéndose hilachas al paso de los camiones.
***
Cuando aúlla el viento zonda

Recostada a oscuras sobre la cama de siempre
      sin blusa
      sin revólver
      sin proyecto
teme que el techo se derrumbe en su ombligo
y la tía dormida se largue a los gritos.

Contra las paredes calientes que miran al campo
      y a la altura donde los murciélagos
      prueban la eficacia de sus radares
imagina en detalle la taza de café
derramándose sobre el libro de Pavese.
“Viento maldito” dice entre dientes.
“Viento de fuego”
pero ni siquiera intenta cerrar las ventanas.

Fingiendo no saber que ya es la medianoche
      hora en que la soledad se define por sí misma
descubre que no tiene los dedos suficientes
como para una contabilidad exacta
de sus arrepentimientos.
“Mamá, mamá
      -susurra mirando el techo donde crujen las vigas-
aquel muchacho no era lo que parecía.
El amor toma formas caprichosas
cuando el calor es tanto”
pero tampoco le alcanzan los dedos
para contar los años que su madre
ya no está en este mundo.

Recostada a oscuras sobre la cama de siempre
      sin blusa
      sin revólver
      sin proyecto
(si se quiere, a resguardo de una ciudad mortecina
sitiada de crímenes)
mide en kilómetros
la distancia que la separa del cajón de los remedios
      simple cajón desbordado de trágicas propuestas
junto a la puerta donde sólo llama
el viento zonda que aúlla enardecido.

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Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char