miércoles, 16 de octubre de 2013

Contradictorio, este deslizarse fácil de la mano es engañoso

SYLVIA IPARRAGUIRRE
(Junín, Buenos Aires, Argentina, 1947)

Encuentro con Munch
(Fragmento)


El temor a saltar hacia la próxima palabra; no sé bien si el temor o la incertidumbre del salto al negro

vacío o al vacío blanco. Elijo el vacío blanco, como una

luz llena de sí misma en la que me hundo, sin preguntas.

El contorno de la mano tiembla con una energía
E. Munch: La danza de la vida

suave, línea trémula de casi imperceptible fulgor: es la

circulación del lenguaje. Que me lleve, que pueda seguir

sin intentar otra cosa que seguir, que dibujar estos

trazos aprendidos que fluyen de la punta de la pluma,

facilitados por la tinta benigna, que hace deleitable el

dibujo, lo desliza, va hacia delante, se arriesga y que tal

vez, si lo sigo, alcance la zona desconocida que quiere

expresarse; el impulso es de la mano, de ella y de la plu-

ma. Desconocida significa inaccesible; algo incomunicable

que late sumergido o enterrado y que trata de aproximarse a la superficie, salir de su encierro y mostrarse. Toque que perturbó las aguas profundas. En algún lugar difuso, lo presiento; es algo ambiguo que

intenta encontrar la forma; la forma quiere decir: las

palabras. El hálito, el aliento, hay que tomar el aliento

y conciliarlo con una forma aún indefinida, que todavía

no se manifiesta; el hálito necesita la forma, la necesita

para poder mostrarse, requiere los sonidos en el

pensamiento y su dibujo en el papel. Late, débil, entre

líneas o entre las palabras que dibujo, tal vez debajo de

estas palabras que dibujo, pero existe, tiene una preexistencia

errática pero cierta, está ahí, late. Si consigo continuar

es posible que se presente, que adquiera un peso

y una proporción entre las frases. Un impulso ignorado;

no sé de qué se trata. Una idea, una sensación olvidada

en la superficie, una vibración de la luz, como una

onda apenas insinuada por un movimiento en lo profundo,

anclada en lo hondo, no dicha, nunca tomando

lugar en el molde de lo dicho. Pero ¿qué?, ¿coartadas?,

¿no permitido?; considero, lo voy a considerar. Considero

que tal vez yo contenga algo que no he dicho o que

no he intentado decir hasta ahora y que, agazapado, o

simplemente en espera, tranquilo y paciente o inquieto

y feroz, ha esperado este raro momento de suspensión

para insinuarse y que, tal vez yo misma mediante algún

mecanismo que se me escapa, no haya permitido

esa floración, no sé si la palabra es lícita, pero las palabras

van una detrás de la otra sin mi incumbencia;

aunque floración remite a algo benévolo y tal vez no lo

sea, no sé. No es fácil que me disponga así como así; es

este filo, esta duermevela; ha sido el influjo de la nieve

y la esperanza puesta en la pluma, en su fluir, en su

deslizamiento tan fácil de manejar, casi sin mi voluntad

que tal vez traiga consigo una revelación. Contradictorio,

este deslizarse fácil de la mano es engañoso, en

él no encuentra lugar aquello que está buscando desplegarse,

encontrar su lugar en las palabras; cosas ya dichas,
E. Munch: El grito 

cientos, miles de veces, cómodas, acomodadas,

moldes en lucha tiránica con otros matices, rasgos nuevos

que pugnan por ingresar, que se han agregado como

espinas a lo ya sabido y lo ya sabido no puede o no

quiere aceptarlos; lo que intenta ser dicho es ahogado

por las connotaciones debidas a la costumbre, a los sucesos,

historias que cargan a las palabras con un fardo

pesado hasta hacerlas arrastrar una existencia obesa,

justamente a causa de ese volumen repleto que no les

deja espacio aireado para incorporar significados de los

nuevos tiempos o de las nuevas experiencias, simplemente

el matiz que tanto necesitan y, a causa de esto, es

posible que ahora, en este momento, lo que quiere ser

dicho no encuentra su lugar precisamente por ese motivo

aunque ha cobrado una entidad casi corpórea y loque-

quiere-ser-dicho está en la instancia previa a

manifestarse, está en seleccionar, en ser selectivo de las

formas, ser lo menos errático posible en el instante de

elegir las palabras. Demasiada exigencia; las pequeñas

antenas sensibles de lo todavía amorfo, lo-que-quiereser-

dicho-y-no-puede-expresarse tocan un punto por debajo

de la superficie del lago en calma, casi se perfila su

difuso contorno en la transparencia, ya, a punto de

mostrarse, pero la epifanía no se produce; ese acercarse

a la línea no conduce a nada, no dice lo que pugna, lo

que presiona desde abajo buscando la forma que le permita

emerger, nacer, darse a luz. Ser dicho. Amoldarse

a las palabras sin perder identidad; es difícil. Un suspiro

de descanso, un respiro. Parece demasiada exigencia,

pero si no encuentra las palabras exactas, aquellas que

necesita para decir lo que no encuentra forma de ser

dicho, perdería identidad y lo-que-quiere-ser-dicho sería

otra cosa, expresada ya con su forma-otra, no con la

inminencia primigenia que se insinuó, se intuyó, cuando

las palabras iban a ser dibujadas una detrás de la

otra, anulando por un momento el temor del salto hacia

la nada, hacia el vacío blanco, de la próxima palabra;

había elegido el vacío blanco, cegador como la

nieve, y ahí, en lo profundo, en el magma blanco cegador,

en esa nada flotante e insípida se produjo esa instancia

de decisión de que algo deseaba ser dicho, algo

todavía sin nombre ni forma, un sentido anclado en lo

profundo, y enseguida la intención. Porque cuando

aparece o se insinúa la intención de algo de ser dicho,

de inmediato, sin que nada pueda impedirlo, por una

ley desconocida del espacio blanco cegador, concomitante

con ella, se da y nace la búsqueda de la forma. Y

previo a esto, en una instancia interna inapelable, los

filamentos de sentido se tienden en el espacio negro, uno

en busca del otro, uno tratando de asirse al otro, como

huellas débiles de luz en la oscuridad que se van juntando,

una danza, para formar un haz, un manojo

más fuerte en su luminosidad que ahora sí, ya, ahora,

significa, y ese significado empieza a rodar silencioso,

fluye, como el fluir de un río o de la sangre en las venas,

pero impersonal, sin ser nada todavía sólo puro deslizamiento

de sentido que busca su forma. Ahora: un sentido

de carga oscura. Eso lo sé. Y así tal vez se pueda

formular, pero si permanece en estado de preexistencia,

puede flotar en la anomia como una galaxia gaseosa,

como la lluvia en una pantalla brillante sin imagen,

antes de su condensación, cuando es todavía un velo

tenue que de golpe se ciñe al núcleo de un sentido, fulgurante,

súbito. Son las cinco; entonces, ingresa un sentido.

¿De la madrugada? Así es. Sabemos algo, pero

aún nada del sentido que se insinuaba (¿oscuro?), porque

el sentido que se insinuaba ha retrocedido ante la

brutalidad de la pregunta y la brutalidad de la respuesta,

como un cardumen plateado que se espanta y, con

un giro instantáneo, huye; demasiado ruido hizo la

pregunta, irrumpió como un disparo. Y la fragilidad de

lo-que-buscaba-ser-dicho hizo que se retraiga, se retrae,

como el giro brusco de un pececito plateado, alarmado

tal vez por la cercanía posible de un molde concreto que

se presentó sin permiso, obligándolo a mirarlo de frente,

el molde; que lo atrapará, tal vez, en un masculino

singular (¿tiempo?), o en un femenino plural (¿muertes?)

o en una interjección, o en una forma verbal. Me

inclino por lo último, lo intuyo. Busca una forma verbal.

Es sólo un presupuesto, algo tranquilizador; no sé

en realidad qué ha pasado con lo que quería ser dicho,

¿se retiró? Es comprensible. Si adquiriera una forma,

¿verbo?, esa forma ya estaría obligándolo, ciñéndolo a

una función y a una convivencia necesariamente pacífica

ya que los significados no pueden darse de patadas,

existe lo que se llama lógica cosa a la cual lo que quiere

ser dicho le escapa, quiere salirse de su norma, la norma

rígida de la lógica. Lo que quiere ser dicho acá y ahora

busca un canal pleno, de intuición directa, centelleante,

que le permita expandirse sin ser deformado en extrañas

bifurcaciones. Empiezo a creer que lo que quiere

ser dicho no puede ser dicho; es, por ahora, una sospecha.


De Encuentro con Munch, Alfaguara, 2013.

1 comentario:

Horacio Beascochea dijo...

¿Llegamos alguna vez a decir lo que quiere ser dicho? A veces me gusta pensar que no. Por eso, seguimos escribiendo.

Saludos

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char