miércoles, 7 de mayo de 2014

Co-me-cho-co-la-te-ni-ña-co-me-cho-co-la-te


Mónica Sifrim
(Buenos Aires, Argentina, 1958)

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Seriecita. La meditación en zapatillas blancas se rebota:
co-me-cho-co-la-te-ni-ña-co-me-cho-co-la-te. En el estanco
ese fulano de ojos cavernícolas me mira. Piensa que mi única
pasión es la delicia y se equivoca.
Amo ser mirada cuando como, que el poeta
vuelque sobre mí una celebración acidulosa. Y-re-bo-tar
so-bre-la-me-ta-fí-si-ca. El poeta no sabe que lo espero
cada mañana en la tabaquería. Si proximidad
me hace agua la boca.
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No señor. En mis antepasados no hay diabéticos, hipertensos,
cardíacos. ¿Cómo explicarle? De cada diez antepasados míos,
uno moría en las revoluciones, otro en las cámaras de gas
y cuatro o cinco de melancolía.
Ya sé que no se heredan tales males.
Ya sé que no se heredan tales males. La mandrágora deja
 ese letargo de naranjas agrias. Luego talco, y a mover los
 genes fresquecitos.
 Pero cuando llegan oleajes de dolor oleajes de dolor oleajes
 se descubre un vago parecido: ¡Mire qué bonita!
 Mete el brazo en el horno como lo hacía su tatarabuela.

de Novela familiar (1990), reeditada en 2012 por hilos editora.

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Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char