sábado, 19 de julio de 2014

Abrazados los dos y los dos muertos

EDGAR MORISOLI

(Acébal, Santa Fe, en 1930. Desde muy joven se radicó en La Pampa, Argentina)

Ni paloma ni río

“La distancia no es aire, ni paloma, ni río;
ni siquiera doradura de adiós sobre la frente.
La distancia no late sino quema: escarcha que
va arando la tibieza de un pecho...”

Y uno escribe la carta prometida. Se trata
de ser puntual, de que no crezca olvido, Por eso, simplemente
semana tras semana el alejado
escribe. Se inventa o se desangra
en cada carta; miente
un poco; se repite, ¡y es pálido, es
remoto el fuego de la vida al trasluz de esas páginas
que viajarán después. plegadas, confundidas
a tantas otras páginas de secreta escritura
que llevan cólera y nostalgia, dicha o rutina, padecimientos
y raras veces la visión!
-Todas, sí, cada una
con su sediento filo de misterio y su luna
viva, mortal.

Alguien la espera, lejos,
semana tras semana. Y la distancia
se mide por la arena del silencio, la arena
oscura del silencio, solitaria. ¡Viviente
flor o nombre de flor
que tan callado
crece,
de una carta a otra carta, de un destello
a otro destello, a otro
fulgor de adiós que la azul bengala deslumbrará en la noche de banderas
fugitivas: en la mano tendida y obstinada cuya palma sostiene sin el menor
temblor esa brasa terrible que lentamente la calcina y se llama
distancia!
**
GENERAL ACHA / PARÍS, 1889

a Cristina Ércoli
María Quenupil y Remigia Solana,
entregaron sus finas labores de telar
y de pluma, al garrido doctor y Secretario de la Gobernación,
allí, en General Acha,
para ser enviadas… ¿a quién? ¿a dónde? ¿a París de Francia?
De cualquier modo, lejos. Muy lejos, tras la mar, tras el Agua
Grande… ”Habrá una feria”, les dijeron.

Y hubo una feria, inmensa, “universal”,
se inauguró la Torre Eiffel, y en alguna vitrina
del Pabellón Argentino, sector  Pampa Central y medio ocultas,
lucirían las finas labores de telar
y de pluma de choique, el arte de la tierra que aportaron
María Quenupil y Remigia Solana.                                                    
                                                                            (En esa misma feria, prisioneros
en una enorme jaula con barrotes de hierro,
se exhibieron al público como fieras salvajes
–supuestos “antropófagos”–
una familia entera de indígenas fueguinos. Eran selk’nam, los hijos
del Sur que fue un gigante: el silente Tarémkelas,
y de una seductora irresistible: la Bóveda Celeste.)

En los toldos y ranchos de la planiza, en Acha
–entonces, como ahora, barrio del pobrerío–,
María Quenupil y Remigia Solana
nada supieron de esto. ¿Qué fue de aquellas fajas
tejidas, de las plumas, de los sabios colores logrados con raíces
y cortezas del monte? ¿Acaso conocieron o llegó hasta sus manos
el lujoso catálogo bilingüe
que registró sus nombres?
                                                           (A los selk’nam cautivos
los pudo rescatar la Embajada Chilena
previo pago –”compensación de gastos”–,
al abyecto raptor.)

María Quenupil y Remigia Solana,
ignoraron que fuese el Centenario
de una Revolución traicionada hacía tiempo.
Liberté. Egalité. Fraternité.
María y Remigia. Hoy nadie las recuerda.
**
LA ÚLTIMA TARJA

Tarja tras tarja lo marcó la vida
y nadie nunca le escuchó una queja
ni menos un lamento. Pampa vieja
corría por sus venas. Repetida

jornada del peón fue su jornada
y algún domingo, el pueblo. Ya tordillo
se acollaró. Para cambiar de trillo
buscó un mallín remoto en la Mesada

y allá pobló, no lejos del menuco.
Vinieron los cachorros. Parecía
que la suerte cambiaba. ¿Lograría

ganar, jugando el bueno de ese truco?
Capaz que eso pensaba cuando un día
salió a rastrear al león. . . Los encontraron

al pie del barderío, en el desierto
amanecer, y así me lo contaron:
abrazados los dos y los dos muertos.

No hay comentarios:

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char