lunes, 3 de noviembre de 2014

Cae como si cayera sin tocar nunca nada

Tomada de poetasargentinos
Natalia Romero
(Ciudad de Bahía Blanca, Prov. Buenos Aires, 1985. Reside en Buenos Aires desde 2004)


Aguacero

Cuando pasamos el río Sauce Grande
la ruta es toda de niebla
si seguimos el sendero del agua
llegamos a la playa,
hay lagunas de lluvia
por el camino
el campo se vuelve océano.
Pienso que puedo morir ahora.
Vemos solo líquido que nos cubre
creemos estar al refugio
en el auto que nos lleva.
El agua es un cuerpo inmenso
no se corta, nunca sangra.
Adelante un auto hace luces intermitentes
rojo amarillo rojo
la cortina de agua lo cubre todo.
Seremos libres
devueltos por la tormenta
sin más abrigo que la lluvia.
Caen sapos del cielo me dijo mi abuelo
yo los vi.
Había olor a mar.
**
La playa

La playa se vacía
cuando llueve
se van las familias
y los barcos.
No queda nadie más
que vos y yo
y este viento.
Subimos al muelle
del guardavidas
para protegernos
de la tormenta.
Desde esta altura vemos
cómo las gotas caen
sobre los toldos
de las únicas sombrillas
que quedan de pie.
Las dos son rojas
una absorbe el agua
y pasan solo unos segundos
hasta que cambia de color.
Ahora es bordó, casi malvón.
La otra deja resbalar las gotas
como si fueran estrellas.
La lluvia sigue cayendo
el mar crece adelante nuestro.
Nosotros nos quedamos ahí
de frente al agua.
**
Cascada

Llegamos al valle.
Hay que subir la montaña
después de pasar el sendero
por el que nos llevó la camioneta
que nos levantó en la ruta.
Yo no sé quién soy
entonces no pregunto adónde vamos,
me dejo llevar.
El cielo está despejado
y el sol retumba
sobre el camino liso de tierra seca.
Todo es dorado a esta hora de la tarde.
Somos varios los que vamos hacia la montaña
algunos de los chicos están desnudos
bajo esas toallas anudadas a la cintura.
Yo disimulo, mi piel está roja
cada vez más roja
pero pienso que es parte
de la entrega a la naturaleza.
Es solo naturaleza, me digo.
Caminamos durante un rato largo
el suficiente como para perder
la noción del tiempo.
Vas adelante y ya no veo
ni el contorno de tu espalda.
El calor sube por la tierra
y empaña el horizonte.
La montaña está adentro de otra montaña.
Cruzamos unos troncos sobre el río.
Tengo tanto miedo de que me lleve la corriente
pero veo el suelo de piedras plateadas
y las piso con fuerza, me sostengo.
El agua de la cascada
cae como si cayera sin tocar nunca nada.
Hay que meterse por debajo de un túnel
detrás de la piedra más grande
y ahí, adentro de la montaña
el mundo huele a roca y el color es terso
y el frío es seco.
Cruzo la caída del agua con brazadas grandes
el peso del agua me empuja.
Al abrir los ojos mi boca casi está muerta.
El cielo se abre entre los árboles.

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Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char