jueves, 21 de mayo de 2015

Bueno... ¿Y qué? ¿Acaso Dios no es solitario?

Eugene O'Neill 

(Nueva York, EE.UU., 1888-Boston, id., 1953)

MARY TYRONE.- Nadie puede pasar por alto lo que le hace la vida. Las cosas suceden sin que te des cuenta y luego se interponen entre lo que eres y lo que te gustaría ser, hasta que acabas por no ser tú mismo.
Largo viaje del día hacia la noche
** 
Llega el hombre de hielo 
(fragmento)

Marineros borrachos, burreros empedernidos, funcionarios desclasados del servicio diplomático, mujeres que ofrecían y homosexuales que pedían, además de esos jovenzuelos que entregaban por las mesas tarjetas rosadas y amarillas que ofrecían paraísos en rojo... Y siempre, como ruido de fondo, alguna melodía producida a martillazos por un pianista, el único sobrio.
***
DESEO BAJO LOS OLMOS
(fragmentos)

SIMEÓN:
–El caso es que... Había que darle de beber al ganado.
PETER:
–O partir leña.
SIMEÓN:
–O arar.
PETER:
–O segar el heno.
SIMEÓN:
–O echar el abono.
PETER:
–O extirpar la cizaña.
SIMEÓN:
–O podar.
PETER:
–O bien ordeñar.
EBEN (interrumpiéndoles con aspereza.):
–Y levantar paredes..., piedra sobre piedra..., ¡levantar paredes hasta que el corazón de uno se convierte en una piedra, y luego en una pared de piedra que nos tapiará el alma!
SIMEÓN (con tono práctico.):
–Nunca tuvimos tiempo para terciar entre ellos.
PETER (a Eben.):
–Tú tenías quince años cuando mamá murió... y estabas crecido para tu edad. ¿Por qué no 
hiciste algo?
EBEN (con aspereza.):
–¡Había tanto que hacer! (Pausa. Lentamente.) Sólo cuando mamá hubo muerto me di cuenta de lo que la pobre había pasado. Yo empecé a cocinar..., a hacer su trabajo..., y eso me
permitió conocerla, compartir su sufrimiento... Ella volvía para ayudarme..., para hervir las
patatas..., para freír el tocino..., para cocer los bizcochos... Volvía muy encogida para avivar el fuego y sacar las cenizas, los ojos llorosos e inyectados en sangre por el humo y las ascuas,
como antes. Vuelve aún…, se para junto al hornillo, ahí, al atardecer... No puede dormir y
descansar en paz, como debiera. No puede acostumbrarse a la libertad..., ni siquiera en la
tumba.
SIMEÓN:
–Pues nunca se quejó.
EBEN:
–Estaba demasiado cansada. Se acostumbró más de la cuenta a vivir demasiado cansada. Esa fue la obra de él. (Con vengativo apasionamiento.) Y, tarde o temprano, terciaré entre ellos. ¡Diré las cosas que no le dije entonces! Las gritaré con toda la fuerza de mis pulmones.
¡Trataré de que mi madre encuentre algún descanso y sueño en la tumba!
(Vuelve a sentarse, sumiéndose de nuevo en caviloso silencio. Ellos le miran con extraña e
indiferente curiosidad.)
PETER (después de una pausa.):
–¿Adónde diablos crees tú que habrá ido, Sim?
SIMEÓN:
–Lo ignoro. Se fue en el carro, vestido de punta en blanco, con la yegua bien cepillada y
lustrosa. Se fue haciendo chasquear la lengua y restallando el látigo. Lo recuerdo muy bien. Yo estaba terminando de arar, y estábamos en primavera: era el mes de mayo, se estaba
poniendo el sol y había oro en el Oeste, y él penetró en el campo con el carro. Yo grité:
«¿Adónde vas, papá?» Y él se detuvo por un momento junto a la cerca de piedra. Sus ojos de
vieja víbora brillaban al sol, como si hubiese bebido mucho, y dijo, con una sonrisa de mula:
«¡No os larguéis antes que yo regrese!»
PETER:
–¿Estaría enterado de que pensábamos marcharnos a California?
SIMEÓN:
–Quizá. Yo no contesté, y él dijo, con un aire bastante raro, como de enfermo: «He oído
cacarear a las gallinas y cantar a los gallos durante todo el maldito día. He estado escuchando el mugido de las vacas y el pataleo de todos los bichos, y ya no puedo seguir aguantando esto. Estamos en primavera, y me siento condenado—dijo—. Condenado como un viejo y pelado nogal que sólo sirve para ser quemado», dijo. Y entonces, seguramente, me leyó en los ojos un poco de esperanza, porque agregó, muy animado y con tono maligno: «Pero que no se te ocurra la estúpida idea de que estoy muerto. ¡He jurado vivir cien años, y lo haré, aunque sólo sea para fastidiar a tu pecadora codicia! Y ahora me voy en busca del mensaje de Dios para mí esta primavera, como hacían los profetas. Y tú, vuélvete a tu arado», dijo. Y se alejó cantando un salmo. Creí que estaba borracho... ¡De no ser así, le habría detenido!
EBEN (despectivamente.):
–¡No, no lo hubieras hecho! Le tienes miedo. ¡Es más fuerte... por dentro... que vosotros dos
juntos!
PETER (sardónicamente.):
–¿Y tú?... ¿Eres acaso Sansón?
EBEN:
–Me estoy volviendo más fuerte. Siento crecer eso en mí..., crecer cada vez más..., ¡hasta que termine por estallar!... (Se levanta y se pone la chaqueta y un sombrero. Ellos le miran, y
gradualmente en sus rostros se dibujan sonrisas cada vez más burlonas. Eben rehuye sus
miradas tímidamente.) Voy a darme una vuelta... camino arriba. 
(...)
EBEN (picado, se vuelve hacia ella, furioso.):
–¿De qué se ríe?
ABBIE (triunfante.):
–¡De usted!
EBEN:
–¿Qué pasa conmigo?
ABBIE:
Está lamido y aceitado como un toro de exposición.
EBEN (con risa mordaz.):
Bueno... ¡Usted tampoco está tan linda que digamos! ¿No le parece?
(Se miran fijamente en los ojos. Los de Eben son atraídos contra su voluntad por los de ella,
que brillan con ímpetu de posesión. La atracción física existente entre ambos se convierte en
una fuerza concreta, trémula en el aire caliente.)
ABBIE (con suavidad.):
–Usted no ha querido decir eso, Eben. Quizá lo crea, pero no es así. No le sería posible. Eso
iría contra la Naturaleza, Eben. Usted ha estado luchando consigo mismo desde el día en que vine..., tratando de convencerse de que yo no era suficientemente guapa para usted. (Ríe con una risa suave y húmeda, sin apartar sus ojos de los de Eben. Pausa. El cuerpo de Abbie se retuerce en un espasmo de deseo, y ésta murmura, lánguidamente.) ¿Verdad que el sol está fuerte y caliente? Se siente cómo quema la tierra..., la Naturaleza..., haciendo crecer las
cosas... cada vez más..., abrasándonos por dentro..., dándonos deseos de ser... otra cosa... 
hasta que nos sentimos unidos a esa otra cosa... y la hacemos nuestra...; pero al mismo
tiempo, nos posee... y nos hace crecer más..., hasta que parecemos árboles... como esos
olmos... (Vuelve a reír suavemente, sin apartar sus ojos de los de Eben. Este da un paso hacia ella, contra su voluntad.) La Naturaleza le vencerá, Eben. Más vale que lo reconozca desde ahora.
EBEN (tratando de liberarse del hechizo de Abbie, con turbación.):
–Si papá le oyera decir eso... (Con resentimiento.) ¡Pero usted ha convertido en un imbécil a
ese viejo bribón...! 
**
CABOT:
–¡Dios Todopoderoso, háblame desde la tiniebla! 
***
CABOT (sardónico.):
–¡Ja! (Comienza a recobrarse. Se pone lentamente en pie y dice con tono extraño.) Supongo
que Dios les habrá dado el dinero..., ¡no tú! ¡Dios es duro, no complaciente! Puede ser que en el Oeste haya oro fácil, pero ése no es el oro de Dios. No es para mí. Me parece oír su voz,
advirtiéndome de nuevo que sea duro y que me quede en mi granja. Me parece ver su mano
utilizando a Eben para apartarme de mi debilidad. Me parece sentirme en la palma de su mano y sentir sus dedos que me guían. (Pausa. Luego murmura con tristeza.) Ahora estaré más solo que nunca... y estoy envejeciendo, Señor..., estoy maduro para caer de la rama... (bruscamente rígido.) Bueno... ¿Y qué? ¿Acaso Dios no es solitario? ¡Dios es duro y solitario!
(Pausa. Por la carretera, desde la izquierda, llega el sheriff con dos hombres. Avanzan
cautelosamente hacia la puerta. El sheriff golpea con la culata de su revólver.)
SHERIFF:
–¡Abran en nombre de la ley!
(Cabot, Eben y Abbie se sobresaltan.)
CABOT:
–Vienen a buscarte. (Va hacia el foro.) ¡Entra, Jim! (Entran los tres hombres. Cabot los recibe en el umbral.) Un momento nada más, Jim. Están seguros aquí.
(El sheriff asiente. Él y sus acompañantes esperan en el umbral.)
EBEN (súbitamente.):
–Mentí esta mañana, Jim. Yo le ayudé a Abbie a hacerlo. Puedes llevarme a mí también.
ABBIE (con voz desgarrada.): 
–¡No!
CABOT:
–Llevaos a los dos. (Se adelanta, contempla a Eben con un dejo de admiración a
regañadientes.) Bravo... ¡por ti! Bueno. Tengo que reunir mi ganado. Adiós.
EBEN:
–Adiós.
ABBIE:
–Adiós.
(Cabot se vuelve y sale dando grandes zancadas por delante de los policías, dobla la esquina
de la casa, los hombros erguidos, el rostro impasible, y se encamina taconeando fuerte hacia el establo. Mientras tanto, el sheriff y sus dos hombres entran en la habitación.)
SHERIFF (con aire embarazado.):
–Bueno... Más vale que nos pongamos en marcha.
ABBIE:
–Espere. (Se vuelve hacia Eben.) Te amo, Eben.
EBEN:
–Te amo, Abbie. (Se besan. Los tres hombres sonríen y cambian de postura con cierto aire de malestar. Eben toma la mano de Abbie. Ambos salen por el foro, seguidos por los policías, y abandonan la casa, yendo cogidos de la mano hacia la cerca. Eben se detiene y mira el cielo
matinal con su irradiación de sol.) Está saliendo el sol. Hermoso..., ¿verdad?
ABBIE:
–Sí...
(Ambos permanecen inmóviles durante un momento, mirando al cielo, en éxtasis, en actitudes extrañamente abstraídas y devotas.)
SHERIFF (paseando su mirada por la granja con envidia, a sus acompañantes.):
–Es una granja soberbia, no cabe duda... ¡Ojalá fuese mía!
(Telón.)
FIN DE «DESEO BAJO LOS OLMOS»
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char