martes, 5 de mayo de 2015

Como se odia todo aquello que se es incapaz de comprender

GUY DE MAUPASSANT

acerca de GUSTAVE FLAUBERT
(Publicado en La République des Lettres, el 22 de octubre de 1876)

I

      De vez en cuando, entre los escritores que dejan su nombre para la posteridad, se encuentran quienes se hacen un lugar especial por la perfección y la originalidad de sus obras. Otros, por el contrario, más prolíficos, mezclan lo extraño con lo banal, cuestiones acertadas con otras comunes, obligando a la crítica y al lector a un trabajo considerable para discernir lo que debe quedar y lo que debe desaparecer. Pero los primeros, por un proceso laborioso y paciente, producen una obra absoluta, perfecta en su conjunto y en sus detalles. Y si todas las obras de estos autores no obtienen del público un éxito absolutamente igual, hay siempre al menos uno de sus libros que permanece en la historia de la Literatura etiquetado como obra maestra, como esos cuadros de los grandes pintores que se exponen en el salón cuadrado del museo del Louvre.
      Gustave Flaubert no ha producido aún más que cuatro libros y todos quedaron. Puedo que uno solo sea calificado de obra maestra, mientras los otros no tienen menos merecimiento que este.
      Todo el mundo ha leído Madame Bovary, Salammbô, La educación sentimental y la Tentación de San Antonio; todos los periódicos ya han hecho a menudo análisis de estas obras, estudio que yo no tengo intención de abordar. Quiero hablar de un modo genérico de la obra de Flaubert y de buscar algunos matices que el público no haya quizás detectado hasta el momento.

II

      Las personas que juzgan todo sin saber de nada, y que se precipitan demasiado cuando aparece un libro de un género nuevo y desconocido, a atarle, como una pancarta, las tonterías de su juicio que ellos creen ser eterno, han proclamado bien alto, a la aparición de Madame Bovary, que el señor Flaubert era un realista, esto que en su espíritu significaba materialista.
      Más tarde publicó Salammbô, un poema antiguo, y San Antonio, la quinta esencia de las filosofías; ello no supuso nada; unos periodistas competentes lo habían bautizado como materialista, y materialista quedó para los rudimentarios cerebros de las personas bien pensantes.
    No es este el lugar de hacer historia de la novela moderna y de explicar todas las causas de la profunda emoción generada por la aparición del primer libro del señor Flaubert. Me sugiere hacer resaltar algo más importante.
      Desde el origen de los tiempos, el público francés bebía con delicia el untuoso sirope de las novelas inverosímiles. Le gustaban los héroes y las heroínas y las hechos que no se ven jamás en la vida, por la única razón de que son irrealizables. Se llamaba a los autores de estos libros, idealistas, porque se mantenían siempre a unas distancias abismales de los hechos posibles, reales, materiales. - Ideas que podrían incluso ser menores que la de sus propios lectores. Balzac llegó, y apenas nadie se fijó en él al principio.- Era sin embargo un innovador extraordinariamente poderoso y fértil y uno de los maestros del futuro, escritor imperfecto, sin duda, romo en la frase pero inventor de personajes inmortales que hacía mover como en un visor óptico, produciendo situaciones incluso más verdaderas que la propia realidad. - Madame Bovary aparece, y he aquí todo el mundo trastornado. ¿Por qué? Porque Flaubert es un idealista, pero también es sobre todo un artista, y que su libro era sin embargo un libro verdadero; porque el lector, sin tomar partido, sin saber, sin comprender, ha sucumbido a la todo poderosa influencia del estilo, a la iluminación del arte que aclara todas las páginas de este libro.
      En efecto, la primera cualidad de Flaubert, que para mí brilla a los ojos de los que abren una de sus obras, es la forma; esta cosa tan rara en los escritores y tan imperceptible por el público; digo imperceptible, pero su fuerza irresistible domina y penetra en quiénes lo leen, como el calor del sol calienta a un ciego que no puede ver su luz.
      El público entiende generalmente por " forma " una cierta sonoridad de las palabras dispuestas en periodos regulares, con unos inicios de frases imponentes y unas cadencias melodiosas. Tampoco se ha dudado jamás del arte inmenso encerrado en los libros de Flaubert.
      En él, la forma es la propia obra: es como una sucesión de moldes diferentes que dan contorno a la idea, esta materia de la que están llenos los libros. Ella le confiere la gracia, la fuerza, la grandeza, todas esas cualidades que, por así decir, disimuladas en la idea misma, no aparecen más que para auxiliar a la expresión. Variable hasta el infinito como las sensaciones, las impresiones y los distintos sentimientos, ella se pega a éstos de forma inseparable. Se pliega a todas sus manifestaciones, aportándole siempre la palabra apropiada y única, la medida, el ritmo particular para cada circunstancia, para cada efecto, y creada por esta indisoluble unión esto que los literatos llaman el estilo, bastante diferente de lo que se admira oficialmente
      En efecto, se llama generalmente estilo a una forma particular de frases propias en cada escritor, así como un molde uniforme en el cual se matizan todas las cosas que se quiere expresar. De este modo, hay el estilo de Pierre, el estilo de Paul y el estilo de Jacques.
      Flaubert no tiene su estilo, pero tiene el estilo; es decir que las expresiones y la composición que emplea para formular un pensamiento cualquiera son siempre aquellas que convienen absolutamente a dicho pensamiento, su temperamento se manifiesta por la precisión y no por la originalidad de la palabra.

III

      "Fuera el estilo, venga el libro", tal podría ser su divisa. Piensa, en efecto, que la primera preocupación de un artista debe ser hacer belleza; pues, la belleza es una verdad por sí misma, lo que es bello es siempre verdadero mientras que lo que es verdadero puede no ser siempre bello. Y por bello no entiendo la belleza espiritual, los nobles sentimientos, pero sí la belleza plástica, la única que conocen los artistas. Algo muy feo y repugnante puede, gracias a su interprete, revestir una belleza independiente de si mismo, mientras que el pensamiento más verdadero y el más bello desaparece fatalmente en las fealdades de una frase mal construida. Es necesario añadir que una parte del pública detesta la palabra "forma", como se odia todo aquello que se es incapaz de comprender.
      Así pues Flaubert es ante todo un artista; es decir: un autor impersonal. Yo desafiaría a cualquiera, tras haber leído todas sus obras, a adivinar lo que este autor es en la vida real, lo que piensa, lo que dice en sus conversaciones diarias. Se sabe lo que debía pensar Dickens, lo que debía pensar Balzac. Ellos aparecen en todo momento en sus libros; pero ¿imaginan ustedes como era La Bruyére o que podía decir el gran Cervantes? Flaubert jamás ha escrito las palabras "yo", "mi". Nunca quiere hablar con el público por medio de un libro, o saludarlo al final, como un actor sobre el escenario, y no hace nunca prefacios. El es el domador de marionetas humanas que deben hablar por su boca, mientras que él se concede el derecho de pensar por la suya; y no es necesario que se perciban los hilos o que se reconozca la voz.
      Hijo de Apuleyo, hijo de Rabelais, hijo de La Bruyère, hijo de Cervantes, hermano de Gautier, el tiene menos parentesco con Balzac, y mucho menos con el filósofo Stendhal.
      Flaubert es el escritor del arte difícil, simple y complicado a la vez: complicado por la composición sabia, trabajada, que confiere a sus obras un carácter extraordinario de inmutabilidad; simple en apariencia, talmente simple y natural que un burgués, con la idea que se hace del estilo, no podrá jamás exclamar leyéndolo: "He aquí, para mí, unas frases bien torneadas".
      Llega a ser como Balzac, ve como Stendhal y como otros; pero él es más justo que ellos, mejor y más simple; a pesar de las pretensiones de Stendhal a una simplicidad que no es más que sequía, a pesar de los esfuerzos de Balzac para escribir bien, esfuerzos que desembocan a menudo en un desbordamiento de imágenes falsas, de perífrasis inútiles, de relativos, de "quién", de "qué", en este empeño de un hombre que, teniendo cientos de veces más materiales que nadie para construir una casa, emplea todo porque no sabe escoger, y crea sin embargo allí una obra inmensa, pero menos bella y menos duradera que si hubiese sido más arquitecto y menos albañil; más artista y menos personal.
      La inmensa diferencia que hay entre ellos está en efecto totalmente clara: Es que Flaubert es un gran artista y que la mayoría de los otros no lo son en absoluto. Él se mantiene impasible ante las pasiones que crea. En lugar de quedar en medio de los locos, se aísla en una torre para considerar lo que pasa sobre la tierra, y, no teniendo más la vista limitada por las cabezas de los hombres, capta mejor los conjuntos, tiene las proporciones más definidas, un plan más firme, unos horizontes más amplios.
      También él construye su casa, pero el conoce bien los materiales que debe emplear, y rachaza los otros sin vacilaciones. También su obra es absoluta, y se podría retirar una parte sin destruir la armonía total ; mientras que se puede cortar en Balzac, cortar en Stendhal, cortar en tantos otros, y bien que se notaría.

IV

      Él no piensa, como algunos, que la inteligencia y la inspiración, que el azar y el temperamento sean suficientes para escribir un libro, que la información sea inútil y la larga búsqueda despreciable, pues es de la vieja clase de personas que saben mucho. En lugar de ignorar que el mundo existía antes del 93, y que se sabía escribir antes de 1830, el ha meditado como Pantagruel sobre todos los doctores de antaño. El conoce la historia mejor que un profesor, porque la ha aprendido en muchos libros donde los demás no van a buscarla; y ha estudiado para sus obras la mayoría de las ciencias, únicamente accesibles a los especialistas. Mejor que los viejos sabios encorvados, él sabe las genealogías de los pueblos muertos y de las gentes desaparecidas, con sus costumbres, sus comportamientos, las telas con las que se cubrían y los manjares insólitos que comían con preferencia. Él domina el Talmud como un rabino; los Evangelios como un sacerdote; la Biblia como un protestante; el Corán como un mahometano. Sabe el encadenamiento de las creencias, de las filosofías, de las religiones y de las herejías. Ha hurgado en todas las literaturas, tomando notas de muchos libros desconocidos, los unos porque eran raros, los otros porque no se les leía. Conoce a los escritores de genio casi ignorados que predijeron la decadencia de los pueblos, los comentaristas y los bibliógrafos, los libros profanos como los libros sagrados, las vidas de santos, los padres de la Iglesia y los autores que los hombres púdicos no osan nombrar. Ha hecho acopio, para comunicárnoslo en algún día de indignación y de cólera, un volumen entero hecho con las faltas de los escritores sin estilo, los barbarismos gramaticales, los errores de los falsos sabios, todas las vanidades y todos los ridículos que pasarían desapercibidos y que él soplará al mundo.

V

      Los periodistas no lo conocen.
      Encuentra que bastante tiene con conceder sus escritos al publico y siempre ha mantenido su persona lejos de las popularidades, desdeñando la publicidad abrumante de las hojas difundidas, los reclamos oficiosos y las exhibiciones de fotografía en las vitrinas de las tiendas de tabaco, al lado de un famoso criminal, de un príncipe cualquiera y de una muchacha celebre.
      No es accesible más que a un pequeño numero de amigos, hombres de letras, en el que el es querido como no lo es un jamás un colega y como lo es raramente un pariente, pues levanta a su alrededor afectos profundos. Pero como no ofrece su persona a las curiosidades de las muchedumbres, ávidas de mirar en los cristales de los hombres conocidos como a la caza de un animal curioso, unas leyendas circulan alrededor de su casa, y es posible que en casa de algunos de sus conciudadanos, se le acuse seriamente de haber comido burgués, lo que sería en todo caso también tan cierto como la famosa cena de charcutería, en Sainte-Beuve, un viernes santo, cena que, bajo la pluma de periodistas bien informados, pero sobre todo bien inspirados, acabó por convertirse en una intolerable cantinela.
      En fin, para contentar a las personas que quieren siempre tener detalles particulares, yo les diría que él bebe, come y fuma absolutamente igual que ellos: que es alto y que, mientras pasea con su gran amigo Ivan Tourgueneff, ambos parecen gigantes.

22 de octubre de 1876
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Traducción de José M. Ramos González para iesxunqueira1.com/maupassant
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char