viernes, 15 de mayo de 2015

Luego te vuelves y no sabes todavía decir

Alda Merini 

(Milán, Italia, 1931-Roma, id., 2009) 

Yo estoy segura de que nada más sofocará mi rima...

Yo estoy segura de que nada más sofocará mi rima,
el silencio lo he tenido encerrado años en la garganta
como una trampa de sacrificio,
ha pues llegado el momento de cantar una
exequia al pasado.
**
A todas las mujeres

Frágil, opulenta mujer, matriz del paraíso,
eres una semilla de culpa
hasta a los ojos de Dios
malgrado todas tus santas guerras
por la emancipación.
Rasgaron tu belleza
y queda un esqueleto de amor
que aún sigue gritando venganza
y tú solamente aciertas
todavía a llorar,
luego te vuelves y ves todavía a tus hijos,
luego te vuelves y no sabes todavía decir
y callas maravillada
y entonces te vuelves grande como la tierra.

Versiones de Jorge Aulicino
**
Si tú ves a mi hombre
acaricia dulcemente su frente
es allí donde vive su alto pensamiento.
Si tú ves a mi hombre
húndele el cuchillo en el corazón
y hazle salir el coágulo de sangre
de la mujer que lo ha engañado.
Si tú encuentras a mi hombre
mójale dulcemente los labios,
tiene sed desde hace mucho tiempo.
Pero si tú ves a mi hombre
tiéndete dulcemente a su lado
es un hombre que sabe amar.

Versión de Emilio Coco
***
Te acaricio suave el pelo
y maldigo a todos
si cualquier otra te besa.
Eres hermoso,
eres grande
y yo una loca celosa
que nunca sanará.
Que de ser tan pequeña,
pequeña, pequeña,
te mira en lo alto
de tu camino.
Me angustia pensar
de perder tan sólo
una palabra tuya.
Tu boca
está llena de velas de miel
y yo estoy sola.

Trad. en español: Phoenix
**
Ti accarezzo piano sui capelli
e maledizione a tutti
se qualche altra ti bacia.
Sei bello,
sei grande
e io una gelosa forsennata
che mai guarirà.
Io sono una bambina
che dal suo essere piccina
piccina, piccina,
ti guarda nell'alto
del tuo cammino.
Mi angoscio a pensare
di perdere anche una tua sola
parola.
La tua bocca è piena di vele
di miele
e io sono sola.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char