viernes, 28 de agosto de 2015

Hoy me parece un juego

GIACOMO LEOPARDI

(Italia, 1798-1837)

La razón es enemiga de toda grandeza: la razón es enemiga de la naturaleza; la razón es pequeña. Las cosas que llamamos grandes suelen salirse de lo ordinario y como tales entrañan cierto desorden: pues bien, la razón condena ese desorden.
**
Canto xxvi.

 Dulcísimo, potente
         dominador de mi profunda mente:
         terrible, pero caro
         don del cielo, consorte
       a mis lúgubres días,
         pensamiento que a mí frecuente tornas.

             De tu natura arcana
         ¿quién no discurre? Su poder ¿qué humano
     no sintió? Empero, siempre
         que, en decir sus efectos,
         el sentir espolea la lengua humana,
         nuevo escuchase aquello que razona.

     ¡Cómo desierta queda
         mi mente desde cuando
         tú la tomaste toda por morada!
         Y veloces en torno como el lampo
         mis otros pensamientos
     se disolvieron. Tal como una torre
         en campo solitario,
         estás solo, gigante, en medio de ella.

             ¿Qué devienen, fuera de ti solo,
     toda obra terrenal,
         toda entera la vida a mi mirada?
         ¡Qué intolerable tedio
         los ocios, los comercios,
         y de vano placer la espera vana,
     a lado desa dicha,
         dicha celeste que de ti me viene!

             Cual desde nudas piedras
         del rocoso Apenino
     a un campo verde que sonríe lejano
         vuelve ansiosa la vista el peregrino;
         así del seco y áspero
         mundano conversar, ardientemente,
         casi a gayo jardín, a ti retorno,
     y estar contigo aviva mis sentidos.

             Paréceme increíble
         que la vida infeliz y el necio mundo
         asaz por largo tiempo
     sin ti ya soporté;
         y comprender no puedo
         que por otros deseos,
         a ti no semejantes, se suspire.

         Jamás desde que supe
         esta vida qué es, en carne propia,
         temor de muerte no oprimió mi pecho.
         Hoy me parece un juego
         la que el inepto mundo,
     loando a veces, aborrece y teme,
         necesidad extrema;
         y si peligro amaga, con sonrisas
         me pongo a contemplar sus amenazas.

         A los cobardes siempre, y a las almas
         abyectas y mezquinas
         di mi desprecio. Hoy punge todo acto
         indigno mis sentidos;
         mueve a desdén el alma todo ejemplo
     de la humana vileza.
         A esta edad soberbia,
         que de esperanzas vanas se alimenta,
         no amante de virtud, mas de palabras;
         loca, que lo útil pide,
     y que inútil la vida
         así cada vez más no ve tornarse;
         me siento superior. De los humanos
         juicios me burlo; y al voluble vulgo
         al bel pensar infesto,
     digno despreciador tuyo, detesto.

             A aquél del cual procedes,
         ¿cuál afecto no cede?
         Es más, ¿cuál otro afecto,
     sino aquél, tiene sede en los mortales?
         Avaricia, soberbia, odio, desprecio,
         de honor afán, de reinos,
         ¿qué son, sino apetitos
         en parangón con él? Sólo un afecto
     vive en nos: sólo uno,
         prepotente señor,
         al cor humano dio la ley eterna.

             Valor no tiene, ni razón la vida
     salvo por él, por él que al hombre es todo;
         sola disculpa al hado,
         que a los mortales en la tierra puso
         a tanto padecer sin otro fruto;
         sólo por él a veces,
     a la gente no estulta, al ser no vil,
         la vida que la muerte es más gentil.

             Para tus goces, dulce pensamiento,
         sentir humano afán,
   y soportar por años
         esta vida mortal, no me fue indigno;
         y otra vez tornaría,
         así cual soy en nuestro mal experto,
         hacia tal fin a comenzar mi curso:
   que, entre arena y serpientes ponzoñosas
         tan cansado jamás
         por el mortal desierto
         no vine a ti, que estas nuestras penas
         no creyera que tanto bien venciese
   ¡Qué mundo así, qué nueva
         inmensidad, qué paraíso es ése
         donde a menudo tu estupendo encanto
         parece que me eleva! A donde yo
         bajo otra luz, que no la usual, errando,
   mi estado terrenal
         y toda la verdad doy al olvido.
         Tales son, creo, los sueños
         de los dioses. En fin, tan solo un sueño
         que en mucha parte todo lo embellece
   eres, dulce pensar;
         sueño y mostrado error. Si bien divina
         entre hermosos errores
         natura tienes; pues tan viva y fuerte,
         que contra la verdad porfiando dura,
   ya veces se le iguala,
         tan solo disipándose en la muerte.

             Y tú por cierto, oh pensamiento, solo
         tú vital a mis días,
   causa dilecta de ansias infinitas,
         serás conmigo a un tiempo en muerte extinto:
         que en mi alma por vivos signos siento
         que perpetuo señor me fuiste dado.
         Otros gentiles sueños
   solía su real aspecto
         siempre debilitar. Cuanto más vuelvo
         a contemplar a aquélla
         de la cual razonando voy contigo,
         crece aquel gran deleite,
   crece aquel gran delirio en que respiro.
         ¡Angelical beldad!
         A doquiera que mire rostros bellos,
         paréceme que todos falsamente
         imiten a tu rostro. Única fuente
   de toda la hermosura,
         y única beldad tú me pareces.

             Desde que te miré por vez primera,
         ¿de cuál mi grave cuita último objeto
   no fuiste tú? ¿Cuánto pasó del día,
         que no pensara en ti? En mis ensueños
         tu soberana imagen
         ¿cuántas veces faltó? Bella cual sueño,
         angélica semblanza,
   en la terrena estancia,
         y altas vías del universo entero,
         ¿qué pido más, qué espero
         contemplar, más hermoso que tus ojos,
         tener, más dulce que tu pensamiento?

De Giacomo Leopardi. Cantos, UNAM.
Traducción de José Luis Bernal
***

1– Eso que corrientemente se dice, que la vida es sólo una representación escénica, se verifica todo en esto, en que el mundo habla constantemente de una manera y obra constantemente de otra. Pero ocurre que la representación de esa comedia, en la que hoy todos son actores, porque todos dicen lo mismo y casi no hay espectadores, al no engañar el vano lenguaje del mundo más que a los niños y a los tontos, se ha vuelto enteramente inútil, un aburrimiento y un fastidio sin causa. Así pues, sería empresa digna de nuestro siglo la de convertir de una vez la vida en un acto no simulado, sino verdadero, y la de conciliar por primera vez en el mundo la famosa discordancia entre palabras y hechos. La cual, dado que los hechos, por experiencia y suficiente, se reconocen inmutables, y porque no procede que los hombres se afanen más en buscar lo imposible, cabría lograrse con ese medio que es, a un tiempo, único y muy sencillo, aunque no se haya probado hasta hoy: vale decir: el de cambiar las palabras y llamar por una vez a las cosas por sus nombres.

2– No hay nadie tan plenamente desengañado del mundo, ni nadie que lo conozca con tanta hondura ni que lo odie tanto que, al notarle un rasgo benévolo, no se reconcilie un poco con él; como no conocemos a nadie tan malvado que, al saludarnos cortésmente, no nos parezca menos malvado que antes. Observaciones que valen para demostrar la debilidad del hombre, no para justificar ni a los malvados ni al mundo.

3– No hay mayor muestra de poca filosofía y de poca sabiduría que la pretensión de que la vida entera sea sabia y filosófica.

4– No basta con entender una proposición verdadera, es necesario sentir su verdad. Existe un sentido de la verdad, como el de las pasiones, los sentimientos, la belleza, etc.: que percibe lo verdadero, como se percibe lo bello. Quien la entiende pero no la siente sólo entiende lo que significa esa verdad, pero no entiende que sea verdad, porque no experimenta su sentido, es decir su capacidad de persuasión.

5– Dos o más personas personas que en un lugar público o en una reunión cualquiera rían entre ellas de modo notorio, sin que los demás sepan de qué, suscitan en cada uno de los presentes tal inquietud que todas las conversaciones se tornan serias, muchos enmudecen, algunos se retiran y los más intrépidos se acercan a los que ríen procurando que los acepten para reír con ello. Como si se oyesen estallidos de cañones en las cercanías de un lugar donde la gente estuviese a oscuras: todo el mundo huiría en desbandada, porque nadie sabe quién puede recibir el impacto en el caso de que los cañones estén cargados. La risa se granjea la estima y el respeto hasta de los desconocidos, concita la atención de todos los circundantes y entre éstos nos otorga una especie de seguridad. Y si, como ocurre, alguna vez te encuentras en un lugar donde no se te presta atención o eres tratado con soberbia o descortesía, no tienes sino que escoger entre los presentes a uno que te parezca idóneo y ponerte a reír con él de modo franco y sincero y con perseverancia, mostrando lo mejor que puedas que la risa te sale del alma; y si los hubiera que de ti se burlan; ponerte a reír más fuerte y con más insistencia que los burladores. Muy desafortunado tienes que ser si, una vez que reparan en tu risa, los más orgullosos y los más petulantes de la reunión, y aquellos que más te torcían el gesto, tras muy breve resistencia no se dan a la fuga o no acuden espontáneamente a congraciarse contigo, buscando tu conversación e incluso ofreciéndote su amistad. Entre los hombres es inmenso y terrorífico el poder de la risa: frente a la cual nadie, en su fuero interno, se siente por completo inmune. Quien tiene el atrevimiento de reír es dueño del mundo, diferenciándose poco de quien está preparado para morir.

6– Yo conocí a un niño que cada vez que era contrariado por su madre de alguna manera, decía: “sí, sí, mi mamá es mala”. Con no distinta lógica discurren sobre el prójimo casi todos los hombres, aunque no se expresen con la misma sencillez.

7– El niño es siempre franco y espontáneo y, por tanto, siempre está dispuesto y muy atento a la acción, porque a ello lo impulsan las fuerzas naturales de la edad, que él emplea en toda su amplitud, siempre que no sea deformado por la educación. Y todos observan que la timidez, la desconfianza de sí mismo, la vergüenza, en suma la dificultad para actuar, es en un niño señal de reflexión. Tal es el magnífico efecto de la reflexión: impedir la acción.

8– Quien trata poco con los hombres rara vez es misántropo. Misántropos auténticos no hay en la soledad, sino en el mundo: porque del uso práctico de la vida, y no de la filosofía, se deriva el odio a los hombres. Y si alguien que lo es retira de la sociedad, pierde en el retiro la misantropía.

9– Confesando sus propios males, por manifiestos que sean, el hombre menoscaba muchas veces su estima, y por ende el afecto que le tienen sus seres más queridos: de ahí que sea menester que cada cual se sostenga solo con brazo fuerte, y que en cualquier estado, y no obstante cualquier infortunio, mostrando de sí una estima firme y segura, dé ejemplo para que lo estimen los demás y casi los obligue a ello con su autoridad. Porque si la estima de un hombre no parte de él mismo, difícilmente partirá de fuera: y si no tiene cimientos muy sólidos en él, difícilmente podrá mantenerse en pie. La sociedad de los hombres se parece a los fluidos: cada molécula de los cuales, o burbuja, apretando con fuerza a sus vecinas por encima y por debajo y desde todos los lados, y a través de éstas a las lejanas, y siendo a su vez apretada de igual modo, si en algún punto la resistencia y la presión menguan, al instante habrá acudido hacia allí con ímpetu toda la masa del fluido y su sitio quedará ocupado por burbujas nuevas.

10– Los hombres no se avergüenzan de las injurias que cometen, sino de las que reciben. Ahora bien, para conseguir que los injuriadores se avergüencen sólo cabe corresponderles.

11– En el presente siglo se cree que los negros son de raza y de origen totalmente distintos a los de los blancos, y sin embargo totalmente iguales a éstos en lo tocante a derechos humanos. En el siglo decimosexto, cuando se creía que los negros compartían raíz con los blancos y que eran de la misma familia, se sostuvo, principalmente por los teólogos españoles que en lo tocante a derechos eran por naturaleza, y por voluntad divina, inmensamente inferiores a nosotros. Y en un siglo y en otro los negros han sido vendidos y comprados, y sometidos a trabajos forzados. Así es la ética; y así la relación que las creencias en materia de moral guardan con los actos.

12– La educación que reciben (…) quienes son educados (que no son muchos, a decir verdad), es una formal traición ordenada por la debilidad contra la fuerza, por la vejez contra la juventud. Los viejos vienen a decir a los jóvenes: apartaos de los placeres propios de vuestra edad, porque todos son peligrosos y contrarios a las buenas costumbres, y porque nosotros, que hemos gozado de cuanto hemos podido, y que todavía, si pudiésemos, gozaríamos de más, ya no podemos hacerlo debido a los años. No os debéis cuidar de vivir hoy, sino de ser obedientes, de padecer y de fatigar lo más que podáis, para vivir cuando ya no estéis a tiempo.

De Pensamientos, G. Leopardi, Pre-textos y Debolsillo.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char