lunes, 21 de septiembre de 2015

El viento trilla con los dedos sus caminos

Selfa Chew
Foto: Archivo CNL-INBA

(Ciudad de México, México, 1952)

Código postal

No, esta ciudad no cambiará jamás su código postal
no crecerá
tampoco dejará libre al sol
para que se aleje ya sin cuerda
a quemar otras ciudades
a otros ojos.
No se extenderán ya sus jardines:
contagian de un amarillo extraño
al río y sus guijarros secos.
Sólo quedará esta voz
para contestar el teléfono
con acento de nébula extraviada
(se contrae ante el rostro de cualquier sonido)
para informarle que seguimos teniendo
el mismo código postal
las mismas calles
y un silencio
que cultivamos y creció
como ninguna otra planta se da en esta ciudad.
**
Vestigio

Hoy la calle es un vestigio
pero una niña verá partirse el agua
con el estruendo de luz que son los carros
cuando las calles llegan a ser sólo vestigios.
Ella mojará sus dedos en la niebla
acercando su oído izquierdo a la ventana.
Hoy la calle es un residuo
intentará apropiarse de la niña
sin separar los dedos del metal
y una partícula de sueño
se alojará en la calle
como prueba del milagro
que es una niña
y sus dedos de mercurio.
**
Deber

Uno se muere de cualquier árbol
de cualquier piedra
en cualquier piel uno se muere
sólo el suicida cree escoger el lugar
y a veces falla la piedra o el árbol
y uno no se muere a su hora
y piensa que es un monumento la vida
de uno que no se muere
cuando se es uno tan despistado
o tan repetido Uno
que Uno ya no sabe que morir es un deber.

El desierto es un amante abandonado
nos recuerda la ausencia de las olas
blanca cicatriz de mar antiguo
lento creador de vapor entre las venas,
de su costilla nacen vientres
genitales
comisuras.
El viento trilla con los dedos sus caminos
abre la piel
extiende su deseo
de médanos latiendo bajo el vaho
pinta otras curvas
moldea con remolinos los ombligos
y en el impulso se olvida que la arena
cubre fragancias y colores del desierto
que sólo estallan con caricias de la lluvia.

(S. Chew. Azogue en la raíz. México: Ediciones Eón, 2005)

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char