jueves, 15 de octubre de 2015

Quizá Dios tiene anteojos negros, un echarpe de seda

Natalia Ginzburg 

(Italia, 1916-1991)

Estaciones

Quien ha olvidado el invierno
No merece la primavera,
Quien ha olvidado el campo
No debe caminar por la ciudad.
La chica salía sola
Y amaba caminar en silencio:
Como no usaba sombrero,
No agradaba a la gente.
Sus hombros curvos y flacos
Decían: no quiero a nadie;
Yo sólo quiero
Caminar por la ciudad.
Quien no reconoce el rostro
De la pasión no debe
No debe existir en el mundo.
La chica que fumaba, tendida
En el sofá, que callaba sola,
No necesita olvidarla:
Si ha terminado su tiempo,
Su cuerpo ha dado hijos,
Como lo hace una mujer.
Quien ha visto el cielo en el ocaso,
No debe olvidar la mañana,
Porque la vida que nos es dada
Es esta: morir y nacer,
Nacer y morir, cada día.
La chica que salía en silencio
No está más, pero quizá sus hijos,
Nacidos de su cuerpo, un día
Querrán salir solos,
En silencio, a desafiar a la gente.

[1941]

Versión de Jorge Aulicino

N.del T.: Según Enrica Cavina, Natalia Ginzburg escribió este poema durante su confinamiento junto con su marido, Leone Ginzburg, en Pizzoli, un pueblo a 15 kilómetros de Aquila, en los Abruzos. El confinamiento del matrimonio y sus dos hijos, Carlo y Andrea, se extendió entre 1941 y 1943. En el confinamiento nació su hija Alessandra. Leone fue arrestado en el mismo año de 1943 en una imprenta clandestina y murió en el sector alemán de la cárcel de Regina Coeli en febrero de 1944.
***

No podemos saberlo. Nadie lo ha dicho.
Quizás allá no quede más que una red desfondada,
cuatro sillas de paja desflecadas y una galleta vieja
mordida de ratones. Es posible que Dios sea un ratón
y que corra a esconderse tan pronto nos vea entrar.
Y es posible que en cambio sea esa galleta vieja
mordisqueada y mohosa. No podemos saber.

Quizá Dios tiene miedo de nosotros y escape, y largamente
deberemos llamarlo y llamarlo con los nombres más dulces
para inducirlo a volver. Desde un punto lejano del cuarto
él nos mirará fijo, inmóvil.

Quizá Dios es pequeño como un grano de polvo,
y podremos verlo solamente al microscopio,
minúscula sombra azul detrás del cristalito, minúscula
ala negra perdida en la noche del microscopio,
y nosotros allí en pie, mudos, contemplándolo, en vilo.
Quizá Dios es grande como el mar, y lanza espuma y truena.

Quizá Dios es frío como el viento de invierno,
tal vez brama y retumba en un rumor que ensordece,
y deberemos llevar las manos a los oídos,
y agachados, temblando, replegarnos al suelo.
No podemos saber cómo es Dios. Y de todas las cosas
que quisiéramos saber, esta es la única verdaderamente esencial.

Quizá Dios es tedioso, tedioso como la lluvia
y aquel paraíso suyo es un tedio mortal.

Quizá Dios tiene anteojos negros, un echarpe de seda,
dos mastines a los flancos. Quizás use polainas
y está sentado en un rincón y no dice palabra.
Quizá tiene el pelo teñido, una radio a transistores
y se broncea las piernas en la terraza de un rascacielos.
No podemos saber. Ninguno sabe nada.
Quizá no bien lleguemos nos mandará al espacio
a comprarle pan, salame y una damajuana de vino.

Quizá Dios es tedioso, tedioso como la lluvia
y aquel paraíso suyo es la consabida música
un revolar de velos, de plumas, y de nubes
y un aroma de lirios y un tedio de muerte,
y cada tanto una media palabra para pasar el tiempo.
Quizá Dios es dos, una réplica de esposos
librados al sopor de una mesa de hotel.

Quizá Dios no tiene tiempo. Dirá que nos vayamos
y volvamos más tarde. Nosotros nos iremos de paseo,
nos sentaremos sobre un banco a contar trenes que pasan,
las hormigas, los pájaros, las naves. De aquella alta ventana
Dios se asomará a mirar las calles y la noche.

No podemos saber. Nadie lo sabe.
Es posible incluso que Dios tenga hambre y nos toque saciarlo,
quizás muere de hambre, y tiene frío, y tiembla de fiebre,
bajo una manta sucia, infestada de pulgas
y deberemos correr en busca de leche y de leña,
y telefonear a un médico, y quién sabe si a tiempo
encontraremos un teléfono, y la guía, y el número
en la noche demente, quién sabe si tenderemos suficiente dinero.

Trad. Leopoldo Brizuela.
***
MEMORIA

La gente va y viene por las calles,
hace sus compras, camina a sus asuntos
con los rostros vulgares y felices,
con el grato bullicio de costumbre.
Levantaste el lienzo para mirar su rostro,
te inclinaste a besarlo con el gesto de siempre.
Y era el rostro de siempre, pero era la última vez,
quizá tan solo un poco más cansado.
Su ropa también era la de siempre.
Y los zapatos eran los de siempre. Y las manos
eran las manos que partían el pan,
vertían el vino y la alegría.
Todavía hoy cada minuto que pasa
vuelves a levantar el lienzo,
a mirar su rostro por última vez.
Si caminas por las calles, no hay nadie junto a ti.
Si tienes miedo, nadie te coje la mano.
Y no es tuya la calle, no es tuya la ciudad
alegre y confiada y de los otros,
de los hombres que van y vienen
comprando el pan, la fruta y el periódico.
Puedes asomarte a la ventana
contemplar en silencio el oscuro jardín:
nadie vendrá a tu lado,
nadie te dará fuerzas para entrar en la noche.
Antes cuando llorabas había una voz serena,
antes cuando reías alguien reía contigo.
Pero una puerta se ha cerrado para siempre,
para siempre se ha apagado un fuego,
tu juventud es ya una casa vacía
para siempre.

(en Jardines de Bolsillo, Tres mil años de poesía, 2006
Traducción de José Luis García Martín)

***

Hace un tiempo estuve en Amherst, el pueblo natal de Emily Dickinson; no queda muy lejos de Boston, en Massachusetts. Vi su casa. Incluso vi un vestido suyo en un armario, un vestido blanco recamado con marfil que parecía un camisón de dormir, así como la manta de viaje a rayas que se echaba por las rodillas para escribir. Pero entonces yo no conocía sus poemas, ni sus cartas, y mi mirada era vacía y dispersa. Sí había leído algunos versos, e incluso puede que alguna carta, pero había entendido poco. No recordaba ni un solo verso suyo. Amherst es un pueblo muy hermoso: es todo prados verdes y casitas blancas esparcidas, enmarcadas por encinas, hiedra, magnolios y rosales. Sin embargo, me pareció que su encanto tenía algo de afectado y profesoral, y que tras él se ocultaba un tedio espectral y desolador. Amherst debió de adquirir ese aspecto profesoral tras la muerte de Emily, a raíz de la conciencia de ser el pueblo natal de una gran poeta; el espectro del tedio debe de haber estado siempre allí. Recuerdo que pensé que América se muestra sombría y cruel en sus grandes ciudades y que, en aquellos lugares donde no es sombría y cruel, subyace un tedio inconmensurable. Era verano y había muchos mosquitos. Los mosquitos americanos no son como los nuestros. No emiten ese zumbido lento y dulce, sino que se arrojan en enjambre sobre sus presas humanas a pleno sol y en un silencio protervo. El silencio y la sombra del tedio se extendían por aquellos prados floridos y frescos hasta donde alcanzaba la vista. Así pues, visité Amherst pensando en la futilidad de los mosquitos, del calor y de América, sin prestar realmente atención al lugar donde Emily Dickinson nació y murió. Seguramente mis propios pensamientos eran fútiles. Seguramente pensé que me resultaba antipática. Tenía algunas vagas nociones sobre ella, y en mente dos o tres cosas muy irritantes: que adoraba los pájaros y las flores; que salía a recibir a sus invitados con un vestido blanco (el del armario) y un lirio en cada mano; que salía muy poco de casa, todo lo más a ver a una cuñada que vivía a un paso; que solía escribirle a esta misma cuñada cartas apasionadas; que sus únicos interlocutores eran sus familiares, un tal señor Higginson a quien enviaba sus poemas y que le contestaba con pedantería, dos primas de Boston y alguna que otra señora; que sus únicos amores -por otra parte no consumados- fueron el juez Lord y el reverendo Wadsworth (es decir, un vejete y un cura). En estos días me he puesto a leer sus cartas, y después, a pesar de mi pobre inglés, sus versos. Qué gran poeta era esta Emily Dickinson. Me fastidia enormemente haber visitado su casa con tanta indiferencia. Incluso debía de haber un retrato del juez Lord en su habitación. Pero ni me preocupé de mirarlo. Tanto la casa como aquel pueblo tan verde fueron conformados y afligidos en su calidad de ser casi los únicos lugares que Emily vio en la vida. Dio una vuelta por Washington y Filadelfia (donde conoció al reverendo Wadsworth y se enamoró, aunque no se unieron; él le haría después dos o tres visitas a lo largo de veinte años) y estuvo una temporada en Boston para cuidarse la vista. El resto del tiempo lo pasó en Amherst, y sólo en Amherst. Algún que otro incendio; la boda o la defunción de amigos o familiares; el intercambio de regalos (pollos asados, pequeñas coronas de flores) con su cuñada; la muerte de su padre ('su corazón era puro y terrible'), la larga enfermedad y la muerte de su madre; la muerte de un pequeño sobrino muy querido, hijo de su hermano y su cuñada, que cogió el tifus jugando en un barrizal; la ardiente y complicada relación con su cuñada y su hermano; las excepcionales visitas del reverendo Wadsworth ('su vida estaba llena de oscuros secretos') y la noticia de su muerte.
Así fue la existencia de Emily
'Each that we lose takes a part of us; / A crescent still abides / Which like the moon, some turbid night / is summoned by the tides' .
Dickinson: una vida similar a la de tantas solteras que envejecían en los pueblos con sus flores, su perro, el correo, la botica, el cementerio... salvo que ella era un genio. Una vida rural de solteras que se pasan el tiempo escribiendo versos, en soledad, con sus múltiples manías y rarezas; pero ninguna de ellas es una gran poeta, mientras que Emily sí. ¿Lo sabía? ¿Lo ignoraba? Escribió miles de poemas, pero nunca quiso imprimirlos; ella misma los cosía en cuadernillos con hilo blanco.
'This is my letter to the World / That never wrote to Me. .
Era difícil que el mundo le escribiese, dado que Emily estaba -y deseaba estar- recluida en la oscuridad de una casa. Pero desde luego el mundo no le escribió nunca, de ningún modo, porque no recibió nada en vida. Y, por lo demás, su carta al mundo no requería respuesta. Le horrorizaba la notoriedad (ser oída 'como una rana') y se limitaba a enviar sus versos a un crítico literario, un tal señor Higginson, 'para saber si respiraban'. El señor Higginson debía de ser una persona muy modesta. Pero Emily no se desanimó y siguió sometiéndose a su juicio. Se encontraba sola. Vivía rodeada de personas mediocres e ideas estrechas. Supongo que les atribuía generosas cualidades espirituales, y que les invitaba a su casa: pero después, llegado el momento de la visita, a veces no le apetecía ver a nadie y se limitaba a musitar cualquier disculpa al otro lado de la puerta. Le escribió esto a una amiga suya, la señora Holland: 'Cuando te fuiste, brotó el cariño. La cena del corazón sólo está lista cuando el huésped ya se ha ido'. No he hallado ningún retrato de la señora Holland; sí he visto, en cambio, el del señor Bowles, otro amigo a quien escribió un montón de cartas: un rostro duro y leñoso de protestante, con barba de chivo.
¡Qué distintos somos hoy de la Dickinson! No ha transcurrido ni siquiera un siglo desde su muerte y, sin embargo, ¡cuánto hemos cambiado! ¿Quién de entre nosotros, si fuera poeta, se resignaría a una oscura existencia de solterona en un pueblo? Haría, al menos, algún intento de fuga. No así ella. ¿Quién aceptaría hoy la cárcel familiar de por vida, la angustia de una existencia tan tranquila y al mismo tiempo tan miserable? Muchos de nosotros vivimos en capitales y nos parece como vivir en provincias. Estamos rodeados por la multitud y nos sentimos excluidos del universo. Estamos llenos de bovarismo, de los pies a la cabeza; siempre estamos ansiosos, nostálgicos, impacientes. Nuestros horizontes se nos hacen estrechos, tenemos la perpetua sensación de haber caído en el sitio equivocado y de que la porción de horizonte que nos ha tocado es exigua. Nos corroe en secreto la idea de que, si hubiésemos tenido unos horizontes más vastos, y a nuestro alrededor más amigos e interlocutores, nuestro destino habría sido más alto. Los vínculos familiares, que a nuestro entender no enriquecen el espíritu, nos vienen dados por el destino, y en el destino no creemos. El destino nos parece una cosa rastrera y ruin. Sólo creemos en nuestra libertad de elección; pero nuestras elecciones están dictadas por el desdén, la inquietud, los remilgos o el ansia.

Siempre estamos con los pris

máticos enfocados y a punto, esperando sorprender a alguien. Cartas, no escribimos. Y en cualquier caso, nunca mantendríamos correspondencia con la señora Holland o el señor Higginson. Nunca enviaríamos nuestros versos a este último. Nos parecería un estúpido (y, de hecho, tal vez lo era). Ni en sueños nos pasaríamos la vida escribiendo versos sin imprimirlos; tal es nuestra avidez de publicar todo lo que escribimos. No por afán de gloria, sino siempre con la secreta esperanza de que alguien -nuestro interlocutor ideal- escuche nuestra voz desde el último rincón del universo y nos conteste. Y es posible que, si la Dickinson pasase a nuestro lado, no la reconociésemos. ¿Cómo reconocer el genio y la grandeza en una solterona vestida de blanco que sale a pasear con su perro? Nos parecería extravagante, estrafalaria, y a nosotros no nos gusta la extravagancia; nos gusta la locura. La locura no habla en susurros, sino que vocifera y viste indumentarias insólitas de vivos colores. Es verdad que tal vez ninguno de sus contemporáneos la reconocería tampoco. Pero ellos no estaban allí con los prismáticos enfocados y a punto; ni siquiera tenían prismáticos. Al pasar a su lado, no obstante, debieron de experimentar una sensación espeluznante y muy intensa, porque la furia del mar al embestir alcanza y estremece incluso a los guijarros del camino y los hierbajos de las charcas. Puede que nosotros experimentásemos una sensación similar y puede que no. No la habríamos reconocido. Ni siquiera habríamos reparado en ella. Bovaristas como somos, llenos de autocompasión, nos sentimos escépticos e incrédulos ante todo cuanto pasa a nuestro lado con indumentaria provinciana de diario. En sus versos no hay autocompasión. Tampoco ningún eco de nostalgia o melancolía, el anhelo o el llanto por correr otra suerte. No hay lágrimas en ellos. La suya es una afirmación de soledad voluntaria, inexorable y trágica.
'This is my letter to the World / That never wrote to Me. .
Enero de 1969. © 1991 Giulio Einaudi editore s.p.a., Torino. Traducción de Pablo Ripollés Arenas.
Fuente: elpais.com/
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char