sábado, 10 de octubre de 2015

Sin un llanto, sin dolor, sin desconsuelo

TENNESSEE WILLIAMS

Thomas Lanier Williams
(Columbus, EE. UU., 1911-Nueva York, 1983) 

Con qué serenidad la rama del olivo
mira como declina la luz del cielo,
sin un llanto, sin dolor, sin desconsuelo,
sin un rezo por el sol que se ha perdido.

Pero el árbol, por la noche ennegrecido,
llega a un día en que el cénit de su vida
se extinguirá por siempre,
aunque, enseguida,
de él una segunda historia habrá nacido.

Una historia que ya no será angélica,
un contubernio entre la lluvia y el surco.

Pues cuando al final el tierno tallo
tronco caiga como plomada sobre la tierra,
entre tierra y tallo, en placentera guerra,
una intimidad obscena se establece
y otro árbol brota que sus ramas mece
sobre el deseo corruptor de la tierra.

Y otra vez, la rama del olivo
mira cómo declina la luz del cielo
sin un llanto, sin dolor, sin desconsuelo,
sin un rezo por el sol que se ha perdido.

¡Por coraje!
si pudiera hallar un nido
que me sirviera de próxima morada
no únicamente en esa rama dorada,
sino en este pobre corazón estremecido.
**

How calmly does the olive branch 
Observe the sky begin to blanch 
Without a cry, without a prayer 
With no betrayal of despair 

Some time while light obscures the tree 
The zenith of its life will be 
Gone past forever 
And from thence 
A second history will commence 

A chronicle no longer gold 
A bargaining with mist and mold 
And finally the broken stem 
The plummeting to earth, and then 

And intercourse not well designed 
For beings of a golden kind 
Whose native green must arch above 
The earth's obscene corrupting love 

And still the ripe fruit and the branch 
Observe the sky begin to blanch 
Without a cry, without a prayer 
With no betrayal of despair 

Oh courage! Could you not as well 
Select a second place to dwell 
Not only in that golden tree 
But in the frightened heart of me


Basada en la obra teatral de Tennessee Williams.
De La noche de la iguana, John Huston, 1964.

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char