sábado, 23 de enero de 2016

Al sonar la duodécima campanada, vine al mundo en Francfort del Main

JOHANN WOLFGANG VON GOETHE 

(Alemania, 1749-1832)


“Antes de que empezara a escribir los tres volúmenes ahora terminados, pensé conformarlos según esas leyes que nos enseña la metamorfosis de las plantas. En el primero, el niño debía echar tiernas ráices por todos lados y desarrollar sólo unos pocos brotes. En el segundo, al muchacho debían crecerle paulatinamente y con un verde mucho más vivo ramas de formas más variadas, y en el tercer volumen, este tallo animado debía correr, en espigas y ramilletes, en pos de la floración y representar a un joven lleno de esperanzas.”
Del Prólogo a Poesía y verdad de mi vida.
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«También los niños hacían conocimiento con los vecinos mediante estas galerías, y los tres hermanos Ochsenstein, hijos del difunto alcalde, que vivían enfrente, me tomaron mucho cariño y se ocupaban de mí y me embromaban de diversos modos.

Mis padres contaban toda clase de travesuras mías, que aquellos señores, por lo demás gente retraída y seria, me habían excitado a cometer.

Contaré tan sólo una de ellas. Había habido mercado de cacharros, y no sólo se había provisto la cocina de estos utensilios para algún tiempo, sino que nos habían comprado a los niños, como juguetes, otros cacharros semejantes en miniatura.

Una hermosa tarde en que la casa estaba silenciosa y tranquila jugaba yo en la galería con mis platos y mis pucheros, y no sabiendo ya qué hacer con ellos, tiré uno a la calle, divirtiéndome mucho verlo estrellarse ruidosamente contra el suelo.

Los Ochsenstein, que observaron lo mucho que aquello me regocijaba hasta el punto de hacerme palmotear alegremente, me gritaron: ‘¡Más!’ Sin vacilar tiré en el acto un puchero, y como no dejaron de gritar: ‘¡Más!’, todos los platitos, las cazuelitas y los pucheritos fueron a estrellarse contra el suelo.
Mis vecinos continuaron testimoniándome su aprobación, y yo me sentía extremadamente gozoso de procurarles aquel placer.
Pero mi provisión se agotó, y ellos siguieron gritando: ‘¡Más!’ Entonces corrí a la cocina y traje unos platos de loza, que ofrecieron, al romperse, un espectáculo más divertido aún; de este modo, yendo y viniendo, traje los platos, uno tras otro, según podía alcanzarlos sucesivamente del bazar, y como aquellos señores no se daban nunca por satisfechos, precipité en igual ruina toda la vajilla que pude ir cogiendo. Por fin llegó alguien, pero demasiado tarde para detener y prohibirme aquel juego.
El mal estaba hecho, y a costa de tantos cacharros rotos se tuvo, por lo menos, una historia divertida, que fue, sobre todo para los maliciosos instigadores, y hasta el fin de su vida, un gozoso recuerdo.»
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«He sido un hombre de suerte; el Destino me conservó la vida, aunque vine al mundo como muerto. En cambio, suprimió a mis hermanos para que no tuviera yo que compartir con ellos el cariño de mi madre.»
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“… uno se ve inclinado a reconocer en él esa presunción con la que el poeta expresa imperiosamente incluso lo más inverosímil y exige de cualquiera que reconozca como real aquello que a él, su inventor, de algún modo pudo parecerle verdadero.”
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“Al mediodía del 28 de agosto de 1749, al sonar la duodécima campanada, vine al mundo en Francfort del Main. La constelación era afortunada: el Sol estaba en el signo de Virgo y culminaba para este día; Júpiter y Venus lo miraban amistosamente y Mercurio sin aversión; Saturno y Marte se comportaban con indiferencia; sólo la Luna, que acababa de alcanzar su plenitud, ejercía el poder de su oposición tanto más cuanto que su hora astral había llegado simultáneamente. Por ese motivo se oponía a mi nacimiento, que no podía tener lugar hasta que dicha hora hubiera transcurrido.
Es posible que estos aspectos favorables, que en el futuro los astrólogos iban a valorarme en muy alto grado, fueran la causa de mi existencia, ya que por una torpeza de la comadrona llegué casi muerto al mundo y sólo gracias a numerosos esfuerzos se logró que pudiera ver la luz. Esta circunstancia, que había sumido a los míos en una gran turbación, resultó, no obstante, beneficiosa para mis conciudadanos, en la medida en que mi abuelo, el corregidor Johann Wolfgang Textor, tomó esto como pretexto para que se contratara a un partero y se introdujera o renovara la instrucción de las comadronas, lo cual debió de resultarle ventajoso a alguno de los que nacieron después."
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“La palabra «genio» pronto se convirtió en un lema general y, como uno la oía pronunciar tantas veces, se llegó a pensar que lo que quería decir también existía por todas partes. Y como de este modo todo el mundo se sentía autorizado a exigir genio a los demás, acabó por creer que también él lo poseía. Aún faltaba mucho para que llegara la época en la que se pudo afirmar que el genio es esa fuerza del hombre que, por medio de la acción, establece la ley y la norma. Por entonces sólo se manifestaba en la medida en que superara las leyes existentes, derribara las reglas tradicionales y se declarara ilimitado. Por eso resultaba fácil ser genial, y es natural que aquel abuso del genio en palabra y obra terminara invitando a todas las personas ordenadas a oponerse a semejante confusión.
Cuando alguien, sin saber muy bien por qué ni adonde, se disponía a emprender a pie un viaje por el mundo, a esto lo llamaban «el viaje de un genio», y cuando alguien hacía algo equivocado sin finalidad ni utilidad alguna, era una travesura genial. Personas jóvenes y vitalistas, muchas veces auténticamente dotadas, acababan perdiéndose en lo ilimitado. Entonces otras personas más adultas y razonables, pero a lo mejor carentes de talento y de espíritu, sabían ridiculizar sus diversos fracasos ante los ojos del público y con la alegría que procura la envidia.
Y así se puede decir que casi vi mi evolución personal y mi forma de expresión más obstaculizadas por la intervención y la influencia equivocada de las personas que me eran afines que por la resistencia de las que me eran contrarias.”

Poesía y verdad de mi vida, Barcelona, Alba Editorial, 1999.
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"En el curso de este relato biográfico —dice Goethe— habrá podido
verse al pormenor, cómo el niño, el chico, el joven tratarán de
aproximarse por diversos caminos a lo suprasensible, tirando a ello,
primero, con su inclinación a una religión natural, y adhiriéndose
luego con amor a una religión poética; como más adelante, concentrándose
en sí mismo, puso a prueba sus propias fuerzas, y cómo, por
último, entregóse alegremente a la creencia universal. Vagabundeando
acá y allá en los espacios intermediarios de esas regiones, buscó, miró
en torno suyo, encontró muchas cosas, no pudo adherirse a ninguna y
creyó ver cada vez más claro que era lo mejor apartar el pensamiento
de lo ingente e incomprensible.
"Creía descubrir en la Naturaleza, tanto animada como inanimada,
algo que sólo se manifestaba en forma de contradicciones, y que,
por ende, no podía encajarse en ningún concepto, y todavía menos
en una palabra. No era aquello divino, puesto que parecía irracional;
ni tampoco humano, pues carecía de razón; ni diabólico, puesto que
era beneficioso; ni angélico, pues con frecuencia dejaba traslucir una
maligna alegría por el mal ajeno. Asemejábase al azar, ya que no
mostraba ninguna ilación; y a la providencia también, pues dilataba
congruencia. Todo cuanto se nos antojaba limitado, era penetrable
para aquello; parecía jugar a su capricho con los elementos necesarios
de nuestra existencia; encogía el tiempo y estiraba el espacio (es zog
die Zeit zusammen und dehnte den Raum aus). Parece completarse
sólo en lo imposible, y apartar de sí lo posible con desprecio.
"Esa esencia (Wesen) que entre todas las demás parecía interponerse,
separarlas y unirlas llamábala yo demoníaca (damonisch).
siguiendo el ejemplo de los antiguos y de quienes de algo parecido
percatáranse. Pugnaba de salvarme de aquel ser terrible, buscando
amparo; según mi costumbre, detrás de una imagen.
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"Aunque ese elemento demoníaco pueda manifestarse en todo lo
corpóreo e incorpóreo, siendo incluso en los animales donde por modo
más notable se manifiesta, mantiénese no obstante, de preferencia
con el hombre en la conexión más singular y constituye un poder,
si no contrapuesto al orden moral por lo menos interferente con él,
de suerte que podría tenérseles al uno por el patrón y al otro por la
urdimbre.
"A los fenómenos que de ahí se derivan ponérnosles infinitos nombres,
pues todas las filosofías y las religiones todas han tratado de
resolver prosaica y poéticamente ese enigma y de fallar definitivamente
ese pleito de lo que también en lo sucesivo sean muy dueñas".
***
"Pero cuanto más terrible aparece ese elemento demoníaco —así
continúa Goethe— es cuando se muestra predominantemente en un
hombre. En el transcurso de mi vida he podido observar, ya de cerca,
ya de lejos, muchos casos. No siempre trátase de hombres excelentísimos,
que se recomienden por su espíritu ni su talento, y menos todavía
por su buen corazón; pero irradia de ellos una fuerza enorme y ejercen
un poder increíble sobre todas las criaturas, e incluso sobre los
elementos, y quién podría precisar hasta dónde se extiende semejante
acción. Todas las fuerzas morales coligadas nada pueden contra ellos;
inútil es que la parte más sensata de los hombres trate de hacerlos
sospechosos de estar engañados o de engañar a los demás; la masa
siéntese atraído hacia ellos. Rara vez o nunca encuéntranse contemporáneos
suyos que estén a su altura, y nadie puede vencerlos, sino
el propio universo, con el que iniciaron la lucha; debiendo de haber sido estas consideraciones las que dieron origen a esa rara pero enorme sentencia: Nemo contra deum, nisi deus ipse".

de Dichtung und Wahrheit, en la traducción de R. Cansinos Assens

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char