jueves, 25 de febrero de 2016

¡Triste caso para un cerebro estar unido a un niño que se agita en el vientre!




William Wordsworth
(Cockermouth, Inglaterra, 1770-Cumberland, Id., 1850) 

El espino

I
He ahí un espino; da la impresión de ser tan viejo
Que en verdad sería difícil poder decir
Que alguna vez haya podido ser joven,
Tan viejo y gris como parece.
No más alto que un niño de dos años
Se alza erguido este espino anciano;
No tiene hojas ni puntas espinosas,
Es una masa de nudos retorcidos
Un objeto desgraciado y olvidado.
Se alza erguido y, como una piedra,
De líquenes está cubierto.

II
Como una roca o una piedra está cubierto
De líquenes hasta lo más alto,
Y de él cuelgan espesas matas de musgo,
Como melancólica cabellera;
Desde el suelo hacia arriba esos musgos van trepando,
Y a este pobre espino lo rodean con su abrazo
Tan apretado, que se diría que están decididos
Con intento claro y manifiesto
De arrastrarlo hacia el suelo;
Y que todos se han unido en un solo esfuerzo
Para enterrar a este pobre espino para siempre.

III
Elevado en la cresta más alta de una montaña
Donde con frecuencia la tormenta terrible del invierno
Corta como una hoz mientras, atravesando las nubes,
Lo barre todo yendo de un valle a otro;
A menos de cinco metros del sendero de la montaña,
Este espino queda a nuestra izquierda
Y, también a la izquierda, tres metros más atrás,
Se ve el estanque de agua cenagosa,
Agua que nunca se seca;
Lo he medido de un lado a otro:
Un metro de largo por medio de ancho.

IV
Y muy cerca de este viejo espino
Hay una vista maravillosa, un montículo de musgo
Que se eleva diez centímetros.
Hermosos colores se ven allí,
Todos los colores que jamás hayan podido existir
Y un musgoso entramado aparece allí también,
Como si por mano de una bella dama
Ese trabajo hubiera sido tejido,
Y ranúnculos, tan queridos por los ojos,
Tan intenso es su tinte bermejo.

V
Ah, qué hermosos colores hay aquí,
Verde oliva y escarlata brillante
En las espigas, en las ramas y en las estrellas,
Verde, rojo y blanco madreperla.
Este montón de tierra cubierto de musgo
Que junto al espino veis,
Tan lleno de frescura con sus preciosos colores
Es del tamaño de la tumba de un niño
Tanto como a esta parecerse pueda;
Mas nunca, nunca en lugar alguno
La tumba de un niño fue siquiera la mitad de hermosa.

VI
Ahora que ya podéis ver este anciano espino,
Este estanque y este hermoso montículo de musgo,
Debéis tener cuidado y elegir bien el momento
Para cruzar la montaña.
Porque a menudo allí se sienta, entre el montón
Que es del tamaño de la tumba de un niño
Y ese mismo estanque del que he hablado,
Una mujer con un manto de escarlata
Que para sí se lamenta:
¡Ay qué desgracia, qué desgracia,
Ay de mí, qué desgracia!

VII
A cualquier hora del día y de la noche
Esta pobre mujer allí se acerca,
Y todas las estrellas la conocen,
Y también todos los vientos que soplan;
Y allí junto al espino se sienta cuando la luz está en los cielos,
Cuando el torbellino recorre la colina
O cuando el aire está claro y quieto,
Y para sí se lamenta:
¡Ay qué desgracia, qué desgracia,
Ay de mí, qué desgracia!

VIII
Así pues, ¿por qué ocurre esto: que de día y de noche,
Llueva, haya tempestad, y cuando nieva,
Que a la desolada cima del monte
Vaya esta pobre mujer?
¿Y por qué se sienta junto al espino
Cuando la luz azul del día está en los cielos
O cuando el torbellino recorre la colina,
O el aire helado está claro y quieto?
¿Y por qué llora y se lamenta?
¿Por qué? ¿Por qué? Decidme por qué
Repite ese llanto doloroso sin cesar.

IX
No lo sé, y bien me gustaría saberlo
Porque nadie conoce la razón verdadera
Mas si quisiéramos contemplar ese lugar,
El lugar al que ella va;
El montón de tierra gris que es como la tumba de un niño,
El estanque, y el espino, tan viejo y tan gris,
Pasad junto a su puerta -rara vez cerrada-
Y si la veis en su cabaña,
Hacia ese lugar entonces,
Nunca he oído de nadie que se atreviese
A acercarse a ese lugar cuando está ella allí.

X
Mas, ¿por qué causa hacia la cima del monte
Puede ir esta desdichada mujer,
Sea cual sea la estrella que gobierna el cielo,
Sea cual sea el viento que sople?
No os devanéis los sesos, es todo en vano,
Porque os contaré todo lo que se;
Pero al espino y al estanque
Que está unos pasos más allá,
Me gustaría que fuerais:
Quizá cuando estéis en ese lugar
Podáis vislumbrar algo de su historia.

XI
Mas os daré toda la ayuda que pueda:
Antes de que monte arriba subáis
Hasta la desolada cima del monte,
Os contaré todo lo que sé.
Hará unos veintidós años
Que ella -se llama Martha Ray-,
Prometió con la voluntad de una doncella
A Stephen Hill ser su compañera;
Y se sentía alegre y jubilosa,
Y estaba feliz, muy feliz
Cuando pensaba en Stephen Hill.

XII
Y ya habían fijado fecha para la boda,
La mañana en que ambos iban a desposarse;
Mas Stephen a otra muchacha
Había hecho juramento;
Y con esa otra muchacha a la iglesia
Stephen sin cuidado iba.
¡Pobre Martha! En aquel desdichado día
Un cruel, muy cruel fuego según dicen,
Empezó a consumirle las entrañas:
Le secó el cuerpo como si de un montón de ceniza se tratara
Y casi le convirtió en yesca los sesos.

XIII
Y dicen que seis meses después de todo aquello,
Mientras las hojas del verano aún estaban verdes,
Ella se iba a la cima de la montaña
Y allí se la veía con frecuencia.
Se dice que llevaba un niño en su vientre,
Como claro le parecía a quien la viese;
Estaba preñada y estaba loca,
Mas a veces estaba tristemente cuerda
A causa de su insoportable dolor.
¡Ay, diez mil veces hubiese preferido
Que hubiese muerto ese padre cruel!

XIV
¡Triste caso para un cerebro estar
Unido a un niño que se agita en el vientre!
¡Triste caso, como pensar podéis, para alguien
Que tenía el cerebro trastocado!
La Navidad pasada cuando hablábamos de estas cosas,
Simpson, el viejo granjero, mantenía
Que en sus entrañas la criatura fue enroscándose
En torno al corazón de su madre, y que le había devuelto
De nuevo el sentido:
Y cuando al fin fue acercándose el momento,
Su mirada estaba en calma, su inteligencia despejada.

XV
Nada más sé, que bien me gustaría,
Y así podría daros cuenta de todo;
Porque lo que ocurrió con aquel pobre niño
Nadie lo supo nunca:
Y si la criatura nació o no,
Nadie pudo darnos fe de ello;
Y si nació viva o muerta,
Nadie lo sabe, como he dicho
Pero hay quienes recuerdan
Que Martha Ray por aquel entonces
Subía con frecuencia a la montaña.

XVI
Y todo aquel invierno, cuando por las noches
El viento soplaba desde la cima de la montaña,
Merecía la pena, aunque estuviese oscuro,
Recorrer el sendero del cementerio:
Porque muchas veces con frecuencia se escuchaban
Gritos que procedían de la cumbre de la montaña:
Algunos eran claramente voces de los vivos,
Y otros, a muchos les oí jurar,
Eran voces de muertos.
No se me alcanza, digan lo que digan,
Qué tendrían que ver con Martha Ray.

XVII
Mas allá va hacia ese viejo espino,
El espino que os he estado describiendo,
Y allí se sienta con un manto escarlata,
Que en verdad os juro que esto es cierto.
Pues un día con mi telescopio lo vi,
Al contemplar el océano extenso y resplandeciente,
Cuando a esta región llegué por vez primera.
Antes de haber oído el nombre de Martha
Subí a la escarpadura de la montaña:
Hubo una tormenta y no pude ver
Nada que sobrepasara mis rodillas.

XVIII
Todo era niebla y lluvia, lluvia y tempestad,
Ningún refugio, ninguna valla pude descubrir,
¡Y vaya viento, doy fe, había!
Diez veces más poderoso que cualquier otro.
Miré a mi alrededor y creí ver
Un saliente en una peña
Y hacia allí corrí,
Lanzándome de cabeza a través de cortinas de lluvia
Para alcanzar el abrigo de la peña.
Y, por mi honor os digo,
En lugar del saliente de una peña,
Me encontré a una mujer sentada en el suelo.

XIX
No hablé -vi su rostro-,
Su rostro me bastó:
Me di la vuelta y la oí llorar
"¡Ay qué desgracia, qué desgracia
Ay de mí, qué desgracia!"
Y allí permanece sentada
Hasta que la luna
Haya atravesado la mitad del cielo azul.
Y cuando las brisas suaves consigan
Que las aguas del estanque se agiten,
Como sabe toda la región,
Se estremece y se la oye llorar
"Ay qué desgracia, qué desgracia".

XX
Mas, ¿qué es el espino? ¿Y qué es el estanque?
¿Y qué es para ella el montículo de musgo?
¿Y qué es esa brisa súbita que viene
A agitar ese pequeño estanque?.
No lo sé, pero habrá quienes digan
Que colgó del árbol a su niño,
Y otros dirán que lo ahogó en el estanque
Que está unos pasos más atrás.
Mas todos y cada uno están de acuerdo,
En que el pequeño fue enterrado allí,
Bajo ese montículo de musgo tan hermoso.

XXI
He oído que el musgo escarlata se volvió de color rojo
Por las gotas de sangre de aquella pobre criatura;
¡Matar de ese modo a un recién nacido!
No creo que pudiera hacerlo.
Algunos dicen que si vais al estanque
Y mantenéis en él la mirada fija,
Contemplaréis en él la sombra de un niño,
Un niño y la cara de un niño,
Y que esa cara le mira a uno;
Cuando uno lo mira está bien claro
Que el niño le devuelve la mirada.

XXII
Y algunos habían hecho juramento de que ella
Habría de ser entregada a la justicia pública;
Y en pos de los huesos del pequeño
Con palas buscar habrían querido.
Mas entonces aquel hermoso montículo de musgo
Ante sus ojos empezó a agitarse.
Y en cincuenta metros alrededor
Sacudió la hierba que cubría el suelo;
Mas todos siguen obstinados
En que el niño está ahí enterrado,
Bajo aquel montículo de musgo tan hermoso.

XXIII
No sabría decir si es de ese modo
Pero claro está, el espino está atenazado
Por grandes masas de musgo que se esfuerzan
En derribarlo hacia el suelo.
Y de esto estoy seguro: de que muchas veces
Cuando estaba en lo alto del monte
De día, y durante el silencio de la noche,
Cuando brillaban claras todas las estrellas,
La he oído llorar gimiendo
"¡Ay qué desgracia, qué desgracia
Ay de mí, qué desgracia!"

Versión sin datos
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char