viernes, 8 de abril de 2016

Es una fruta abandonada, de verdulería

MARIANA SUOZZO

(Buenos Aires, Argentina, 1982)

Emilio 

Siempre te veo quieto en la puerta del negocio
contemplando la nada o los galpones comerciales
donde no sucede otra cosa que el trabajo
tu ocupación gira entorno al movimiento del barrio
aunque por acá sólo vivan viejos que tienen perritos, gatos
o alguna hija también entrada en años
la fachada de tu local se enfrenta a la mía
nos separa una calle que es transitada
por micros que van y vienen a paraguay
a veces estás parado en la  puerta del negocio
al mismo tiempo en que yo me asomo
a ver si algo finalmente sucede.

De Día tras día,  Colección Chapita, 2009.
***
Cuando la forma del día desvanece

Cuando la forma del día desvanece 
esta ligazón con las cosas 
ya no es una palabra arrítmica 
es una fruta abandonada, de verdulería 
 
lo que no puedo nombrar no me pertenece 
aún así cuando lo digo 
adopto la forma extraña de un tren 
que retrocede varias veces por la misma vía. 

***
LA NOCHE NO LLEGA NUNCA
y cuando camine por esta calle y ya no viva en ella
es probable que la noche venga, como vienen las cosas
que se esperan desde hace tiempo
el que no sabe dónde está tampoco sabe quién es
y el viento fuerte es una noticia que aguarda por nosotros
un soplo que nos dirige hacia donde nunca estuvimos
pero inevitablemente iremos.
***
COMO SI NO TUVIERAN VIDA PROPIA FLOTAN LAS RAMITAS EN LA CORRIENTE
pequeñas partes de un árbol que nunca vimos
de este lado del monte, están ahí
como si alguien las hubiera metido en el agua
para que lleguen a la orilla con un extraño propósito
amontonadas se van tejiendo en una trenza
éstas ramitas que en el árbol, secas
proyectaban su esqueleto a contraluz
y que ahora, vacías de voluntad
son empujadas a ir adonde las lleve el viento.

De Cuando la forma del día desvanece, Caleta Oliva, Buenos Aires, 2016.

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char