miércoles, 25 de mayo de 2016

No fue un sol. No fue una luna

Francisco Pérez Estrada
Tomada de laverdadnica.com

(Trigueros, isla de Ometepe, Nicaragua, 1917- 1982)



La llegada de los nahuas a Nicaragua

Desde Tula venimos.
Desde Tula, la de espléndidas pirámides.
Desde Tula, donde las manos esculpieron la dureza.
Desde Tula, la espléndida, cuyo corazón dijo en piedra
su fe.
No fue un sol. No fue una luna.
Navegamos muchos soles de hambre;
navegamos muchas lunas de sed.
La sequía asolaba el Anáhuac...
No teníamos agua;
no teníamos maíz.
Los pájaros morían,
caían de las ramas;
las flores se tronchaban en los tallos.
No habían cantos,
no habían flores.
Se pararon las aguas del cielo
por la cólera de Tláloc.
Se hundieron las aguas en la tierra.
Se secaron las acequias
por la cólera de Tláloc.
Los sacerdotes echaron suerte al maíz,
observaron el vuelo de las aves;
las entrañas de diversos animales;
los dioses callaban un silencio seco.
En vano le ofrendamos a Xilonem
mariposas azules, mariposas rojas;
los mejores pájaros: chichitotes, sinsonte;
libélulas de alas iridiscentes.
Ni las lágrimas calientes de las mujeres,
ni el llanto angustiado de los niños,
ni la tristeza de los guerreros,
todo fue en vano.
Los dioses ordenaron partir... y partimos.
Y ahora hemos llegado.
«Nicán náhuatl: Nicaragua».
«Hasta aquí los nahuas».
Somos toltecas de rostro claro,
de recto corazón.
Por fin hemos llegado
y traemos un canto.
Poronga
Manos precolombinas dieron forma a la sed,
modelaron el agua primitiva.
Fue después de la jícara,
fue después del huacal.
Las mujeres congregaron el barro
en la plaza lo juntaron:
barro rojo, como el oriente rojo,
barro negro, como el oeste negro;
barro blanco, como del norte;
barro amarillo, del color del sur.
Recorrieron la sed para buscar la forma.
Amasaron el barro
lo redondearon
lo cocieron.
La poronga trajo el río a nuestras casas,
recogimos el invierno con güizpal.
***

La Virgen Quiché
Por amor concibió Ixquic;
por amor y por magia.
De un árbol de jícaro,
del espíritu de los árboles.
Virgen quedó Ixquic
después que parió a Hunapuh,
después que parió a Ixbalanqué.
lo oíste vos y yo
y los demás lo oyeron
¿no es verdad?
solita una negra vieja en el fondo de la
gran Iglesia
cantando
¿Missis EVANS?
Era Missis EVANS la vieja
como la imaginación ahora
que sigo el ritmo de Bluefields
y ya sé cómo
es el son.
La Virgen María dándole de mamar al niño
(Paul Claudel)
¡No por ser este niño el hijo de DIOS, va a dejar de ser
buena la leche de esta mujer!
El niño agarra con una mano el pecho
derecho y con la otra mano
detiene el pecho izquierdo
como si lo estuviera guardando para después.
Se nota que el niño
es bueno para mamar y se pega
al pecho con ganas,
como un glotón.
Hace una eternidad que el niño DIOS ha estado
esperando este momento para mamar la leche del pecho
de una mujer.
No hay que extrañarse, pues, que el niño agarre
el pecho de su madre como si fuera a devorarlo.
La Virgen se conmueve de amor
aunque no ignora que tiene entre sus brazos a un niño hambriento.
Ella dice en bavoz ja que es cierto que
el niño es terrible
pero a ella le gusta mucho
ver cómo goza el niño mamando.
Se pudiera decir que el niño es un comensal
que simplemente está comiendo y bebiendo
de su pecho;
pero a la Virgen eso no le importa nada.
A ella lo que le gusta es vedo feliz y satisfecho mamando.
Después que el niño deja el pecho, se le acurruca
en el hombro, queriendo ver de cerca la cara de María,
cerciorarse mejor sobre lo extraño que le resulta,
al fin y al cabo, a Dios
tener una madre humana.
María también queda viendo al niño y piensa que es una vaina
que el hijo suyo que carga entre sus brazos
lo tiene además que compartir con Dios-Padre.
Entonces lo que ella hace es reírse
y el Niño-Dios se da cuenta, claro,
y moviendo las patitas
se ríe a carcajadas.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char