domingo, 10 de julio de 2016

Isak Dinesen
(seudónimo literario de Karen Christentze Dinesen) (Rungsted, Dinamarca, 1885-se suicidó en 1962)

EL FESTÍN DE BABETTE
(Fragmento)

VI. La suerte de Babette

El 15 de diciembre se cumplía el centenario del nacimiento del deán.
Hacía tiempo que sus hijas esperaban esta fecha y querían celebrarla como si su querido padre estuviese aún entre sus discípulos. Así que era triste e incomprensible para ellas que este último año la discordia y la disensión hubiesen levantado cabeza en su rebaño. Habían hecho todo lo posible por imponer la paz, pero comprendían que habían fracasado. Era como si el excelente y amable vigor de la personalidad del padre se hubiese evaporado, del mismo modo que se evaporó la anodina voluntad de Hoffman al dejarla en el estante de una botella destapada. Y su desaparición había dejado las puertas abiertas a cosas hasta ahora desconocidas para las dos hermanas, mucho más jóvenes que los hijos espirituales del deán. Desde hacía medio siglo, en que estaban  las ovejas sin pastor y extraviadas por las montañas, unos huéspedes sombríos no invitados se agolpaban tras los telones de los adoradores y entenebrecían las pequeñas habitaciones y dejaban entrar el frío. Los pecados de los viejos Hermanos y Hermanas llegaban con un arrepentimiento tardío y penetrante como un dolor de muelas, y los pecados de los otros contra ellos volvían con amargo resentimiento, como un envenenamiento de la sangre.
Había en la congregación dos viejas que antes de su conversión se habían estado calumniando mutuamente, se habían arruinado el matrimonio la una a la otra, y también una herencia. No eran capaces de recordar sucesos de ayer o de hacía una semana; sin embargo, recordaban las ofensas de hacía cuarenta años y seguían repasándose antiguas cuentas; se regañaban la una a la otra. Había un hermano viejo que de repente se acordó de cómo otro hermano, hacía cuarenta y cinto años, le había engañado en un negocio; quizá quería apartar el asunto aquel del pensamiento; pero se le adhería como una astilla infectada y metida muy dentro. Había un honrado capitán de cabello gris y una viuda piadosa y arrugada que en sus tiempos jóvenes, mientras ella era esposa de otro hombre, habían estado enamorados. Hacía poco, cada uno había empezado a lamentarse –al tiempo que pasaba la carga de su culpa de sus propios hombros a los del otro y viceversa- y a atormentarse por las terribles consecuencias que probablemente le acarrearía para toda la eternidad precisamente quien había pretendido quererle mucho. Palidecían en las reuniones de la casa amarilla, y cada uno evitaba la mirada del otro.
A medida que se acercaba el aniversario, Martine y Philippa sentían crecer el peso de la responsabilidad. ¿Miraría el fiel padre a sus hijas desde lo alto y las tendría por injustas administradoras? Hablaban entre sí, una y otra vez, de estas cuestiones y se repetían la frase de su padre: que los senderos del Señor cruzaban incluso mares salados y montañas cubiertas de nieve, donde los ojos del hombre no podían descubrir huella alguna.
Un día de este verano el correo trajo una carta de Francia para Madame Babette Hersant. En sí, esto era algo sorprendente; pues durante doce años Babette no había recibido ninguna carta. ¿Qué contendría?, se preguntaban las amas. Se la llevaron a la cocina a fin de observar a Babette mientras la abría y la leía.  Babette la abrió, la leyó, alzó los ojos de la carta al rostro de sus señoras, y les dijo que había salido su número de la lotería. Le habían tocado diez mil francos.
La noticia produjo tal impresión en las dos hermanas que durante un minuto entero no pudieron decir una sola palabra. Estaban acostumbradas a recibir su modesta pensión en pequeñas asignaciones, de modo que les resultaba difícil incluso imaginar la cantidad de diez mil francos uno encima del otro. Luego le estrecharon la mano a Babette, con sus manos un poco temblorosas. Jamás habían estrechado la mano de una persona que un momento antes hubiera entrado en posesión de diez mil francos.
Un rato después, comprendieron que el acontecimiento las afectaba a ellas tanto como a Babette. El país de Francia, comprendieron, se alzaba poco a poco ante el horizonte de su criada, y consecuentemente la existencia de ellas mismas se hundía bajo sus propios pies. Los diez mil francos que a ella la hacían rica…¡qué pobre hacían la casa donde había servido! Una tras otra, las viejas y olvidadas inquietudes y tribulaciones empezaron a acecharlas desde los cuatro rincones de la cocina. Las felicitaciones se les murieron a flor de labios, y las dos piadosas mujeres sintieron vergüenza de su propio silencio.
Durante los días siguientes, anunciaron la noticia a sus amigos con el semblante alegre, pero les aliviaba ver cómo las caras de sus amigos se ponían tristes al oír aquello. Nadie, comprendieron en la Hermandad, podía culpar verdaderamente a Babette: los pájaros vuelven a sus nidos y los seres humanos a su país de nacimiento. Pero, ¿se daba cuenta esta buena y fiel criada de que al marcharse de Berlevaag dejaría a muchas viejas y pobres personas sumidas en la aflicción? Las hermanas pequeñas ya no tendrían tiempo que dedicar a los enfermos y menesterosos. En efecto, las loterías eran cosa impía.
A su debido tiempo, el dinero llegó a las oficinas de Cristianía y a Berlevaag. Las dos damas ayudaron a Babette a contarlo, y le dieron una caja para que lo guardase. Manipularon los siniestros trozos de papel y se familiarizaron con ellos.
No se atrevieron a preguntarle a Babette la fecha de su marcha. ¿Se atrevería a esperar que se quedase con ellas hasta el 15 de diciembre?
Jamás habían sabido con seguridad las dos hermanas hasta dónde era capaz la cocinera de seguir o entender sus conversaciones privadas. De modo que se quedaron sorprendidas cuando, una noche de septiembre, entró Babette en el salón, más humilde o sumisa de lo que nunca la habían visto, a pedir un favor. Les suplicaba, dijo, que le permitiesen preparar una cena para conmemorar el aniversario del deán.
Las dueñas no habían pensado dar ninguna recepción. Una cena sencilla con una taza de café era el banquete más caro al que habían invitado a ningún huésped. Pero los oscuros ojos de Babette se mostraron tan ansiosos y suplicantes como los de un perro; así que consintieron en dejarle hacer lo que quisiera. Al oír esto, el semblante de la cocinera se iluminó.
Pero tenía más cosas que decir. Quería, dijo, preparar una cena francesa, una verdadera cena francesa, por esta única vez. Martine y Philippa se miraron. No les gustó la idea; se daban cuenta de que no se sabía qué podía significar. Pero la misma extrañeza de la petición las desarmó. No tuvieron argumento que oponer a la proposición de confeccionar una verdadera cena francesa.
Babette dejó escapar un largo suspiro de felicidad, pero no se movió. Tenía una petición más que hacer. Suplicaba que le permitiesen pagar la cena francesa con su propio dinero.
¡Ah, no, Babette!- exclamaron las damas. ¿Cómo podía imaginar una cosa semejante? ¿Se creía ella que iban a permitir que se gastase su precioso dinero en comida y bebida…o en ellas? No, Babette; desde luego que no.
Babette dio un paso adelante. Hubo algo formidable en ese movimiento, como el crecimiento de una ola. ¿Había avanzado así, en 1871, para plantar la bandera roja en una barricada? Habló, en un extraño noruego, con la clásica elocuencia francesa. Su voz fue como una canción.
¡Señoras! ¿Les había pedido ella, durante doce años, algún favor? ¡No! ¿Y por qué? Señoras, ¿ustedes, que rezan sus oraciones todos los días, pueden imaginar lo que significa para un corazón humano no tener ninguna petición que hacer? ¿Qué podía haber pedido Babette? ¡Nada! Esta noche brotaba una súplica desde el fondo de su corazón. ¿No sienten, pues, esta noche, mis señoras, que les corresponde concederlo con la alegría con que el buen Dios se la concede a ustedes?
Las damas, durante un rato, no dijeron nada. Babette tenía razón; era su primera petición en doce años; muy probablemente, sería la última. Decidieron pensarlo. Al fin y al cabo, se dijeron, su cocinera tenía ahora más dinero que ellas, y una cena podía no importar para una persona que poseía diez mil francos.
Su consentimiento, al final, transfiguró completamente a Babette. Vieron que de joven había sido hermosa. Y se preguntaron si en este momento, por primerísima vez, no se habían convertido ellas en la “buena gente” de la carta de Achille Papin.
(...)
XII. La gran artista

Cuando Martine y Philippa cerraron la puerta se acordaron de Babette. Una oleada de ternura y de piedad las invadió: sólo Babette no había participado de la dicha de esa noche.
Así entraron en la cocina, y Martine le dijo a Babette:
-Ha sido una cena maravillosa, Babette.
Sus corazones se llenaron súbitamente de gratitud. Comprendían que ninguno de sus invitados había dicho una sola palabra sobre la comida. Efectivamente, por mucho que se esforzaban, no recordaban ninguno de los platos que se habían servido. Martine se acordó de la tortuga. No había visto absolutamente nada de ella, y ahora le parecía muy vaga y lejana; muy posiblemente, no era más que una pesadilla.
Babette estaba sentada en el tajo, rodeada de las más negras y grasientas cacerolas y sartenes que sus señoras hubieran visto en la vida. Estaba tan pálida y tan mortalmente agotada como la noche en que apareció y se desvaneció en el umbral.
Al cabo de largo rato, las miró a la cara y dijo:
-En otro tiempo fui cocinera del Café Anglais.
Martine repitió:
-Todos han dicho que fue una cena espléndida –y como Babette no decía nada, añadió: – Todos recordaremos esta noche, cuando usted regrese a París, Babette.
Babette dijo:
-No voy a regresar a París.
-¿No va a volver a París?- exclamó Martine.
-No -dijo Babette-. ¿Qué haría yo en París. Todos han desaparecido. Los he perdido a todos, Mesdames.
El pensamiento de las hermanas voló hacia Monsieur Hersant y su hijo, y dijeron:
-¡Oh, mi pobre Babette!
-Sí, todos han desaparecido –dijo Babette- ¡El duque de Morny, el duque de Descazes, el príncipe Narishkine, el general Galliffet, Aurélian Scholl, Paul Darm, la princesa Pauline, todos!
Aquellos nombres y títulos desconocidos de personas que habían muerto para Babette dejaron a las dos hermanas ligeramente confundidas; pero había tan infinita perspectiva de tragedia en el anuncio que en su sensible estado espiritual sintieron aquellas pérdidas como propias, y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Al final de otro largo silencio, Babette les sonrió súbitamente y dijo:
-¿Cómo iba yo a regresar a París, Mesdames? No tengo dinero.
-Que no tiene dinero? –exclamaron las dos hermanas al unísono.
-No -dijo Babette.   
-Pero, ¿y los diez mil francos? –preguntaron las hermanas con una horrorizada aspiración.
-Esos diez mil francos los he gastado. Mesdames –dijo Babette.
Las dos hermanas tuvieron que sentarse. Durante un minuto, no fueron capaces de hablar.
-¿Los diez mil? –susurró despacio Martine.
-¿Qué quieren ustedes, Mesdames –dijo Babette con gran dignidad-. Una cena para doce en el Café Anglais habría costado diez mil francos.
Las damas seguían sin saber qué decir. La noticia era incomprensible para ellas, pero en cierto modo esa noche había habido muchas cosas que escapaban a toda comprensión.
Martine recordó un cuento que había oído a un amigo de su padre que estuvo de misionero en África. Había salvado la vida de la esposa favorita de un viejo jefe, y para demostrar su gratitud el jefe le invitó a un rico banquete. Sólo mucho después se enteró el misionero, por su criado negro, de que lo que se había comido era un nieto pequeño del jefe, guisado en honor del gran hombre-medicina cristiano. Martine se estremeció.
Pero a Philippa se le derritió el corazón. Parecía que una noche inolvidable debía terminar con una prueba inolvidable de lealtad y abnegación humanas.
-Querida Babette- dijo suavemente-, no ha debido desprenderse de cuanto tenía por nosotras.
Babette dirigió a su señora una mirada profunda, una mirada extraña. ¿No había piedad, incluso burla, en el fondo de aquella mirada?
-¿Por ustedes? –replicó-. No. Ha sido por mí.
Se levantó del tajo y se quedó de pie ante las hermanas.
-¡Yo soy una gran artista! –dijo. Calló un momento y luego repitió-: Soy una gran artista, Mesdames.
Otra vez, durante largo rato, se hizo un profundo silencio en la cocina. Luego dijo Martine:
-Entonces, ahora será pobre toda su vida, Babette.
-¿Pobre? –dijo Babette. Sonrió como para sí-. No, nunca seré pobre. Ya es he dicho que soy una gran artista. Una gran artista, Mesdames, jamás es pobre. Tenemos algo, Mesdames, sobre lo que los demás no saben nada.
Mientras la hermana mayor no encontraba nada más que decir, en el fondo del corazón de Philippa vibraron cuerdas olvidadas. Porque ella había oído, antes de ahora, hacía mucho tiempo, hablar del Café Anglais. Había oído, antes de ahora, hacía mucho tiempo, los nombres de la trágica lista de Babette. Se levantó y dio un paso hacia la criada.
-Pero toda esa gente a la que ha mencionado –dijo-, esos príncipes y esas gentes de París de que habla, Babette… usted ha luchado contra ellos. ¡Usted es una communard! ¡El general al que ha nombrado es el que mató a su marido y a su hijo! ¿Cómo puede afligirse por ellos?
Los ojos negros de Babette se encararon con los de Philippa.
-Sí –dijo-, fui una communard. ¡Gracias a Dios, fui una communard! Y las personas que he nombrado, Mesdames, eran malvados y crueles. Dejaban que la gente se muriese de hambre; oprimían a los pobres y les hacían objeto de injusticias. Gracias a Dios, he estado en las barricadas; ¡cargaba el fusil de mis hombres! Pero de todos modos, Mesdames, no volveré a Paris, ahora que esas personas de las que he hablado ya no están allí.
Permaneció inmóvil, sumida en sus pensamientos.
-Esas gentes, Mesdames, -dijo por fin-, me pertenecen, eran mías. Habían sido criadas y educadas con mayores gastos de lo que ustedes, mis pequeñas señoras, podrían imaginar o creer jamás, para comprender a la gran artista que soy. Yo podía hacerles felices. Cuando ponía todo mi empeño, les hacía perfectamente felices.
Calló un momento.
-Lo mismo que le ocurría a Monsieur Papin –dijo.
-¿A Monsieur Papin? –preguntó Philippa.
-Sí, con su Monsieur Papin, mi pobre señora –dijo Babette-. Me lo decía él mismo: “Es terrible e insoportable para un artista”, decía, “ser alentado, aplaudido para hacer una cosa lo mejor posible, por segunda vez.” Y decía: “A través del mundo se propaga un grito largo que brota del corazón del artista: ¡dejad que lo haga lo mejor que me sea posible!”
Philippa se acercó a Babette y la rodeó con sus brazos. Sintió el cuerpo de la cocinera contra el suyo como un monumento de mármol, pero se estremeció y tembló ella misma de pies a cabeza.
Durante un rato no pudo hablar. Luego susurró:
-¡Sin embargo, esto no es el fin! Tengo la impresión, Babette, de que esto no es el fin. En el Paraíso usted será la gran artista que Dios quería que fuese. ¡Ah! –añadió, con las lágrimas corriéndole por las mejillas-. ¡Ah, cómo deleitará a los ángeles!
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char