lunes, 5 de septiembre de 2016

A la diez se encendían los foquitos de las casas

Victoria Cóccaro

(Buenos Aires, Argentina, 1984)

1.

Se detiene la tarde en la terraza
de un tres pisos mediano contrafrente.
Tirados en el suelo boca arriba
la ropa absorbe
la corriente de polvo que suelta el cemento.
Los ojos al cielo
hundidos los dos
cuerpos en el alquitrán
en la voz de la tarde suspendida
preguntamos por las nubes que no están
y los pájaros también dos
sobrevuelan hasta que cae la luz.
Es una tela negra, mi vestido
en el charco que rodea al tanque de agua,
y mi pelo con la marca
de tus manos pasadas por el hierro
seco de la escalera de metal,
se desgrana lo que queda del naranja
cuando separas con todos los dedos
el dorado falso de mi corona.
No es real sabes, te digo
hay que enchufarla para ver
lo que refracta.
No es un celeste tal cual
de plena ciudad en la que estamos.
Construimos un plan sobre las horas:
planeábamos planear
hasta de noche y no bajar.
A la diez se encendían los foquitos de las casas,
coloreaba la cápsula incrustada en las estrellas,
elevación oval del vidrio blando
que toma la forma exacta
de la cintura o curvatura que intentamos encontrar con las espaldas.
Escucha que ya no hay ruido
me dijiste, solo
el crocante de la pollera
por el polvo que quedó
entre la ropa.
Revolcados en el suelo brillo y negro,
iguanas cerebrales nosotros al sol y en una isla.
Qué sera lo que brilla
me dijiste si es de noche
mirá los focos que se prenden en cuadrados.
Todos llegan acaban en el día
hilos de guasca sobre la cena
cierran las cortinas como si estuviéramos por hacer
algo prohibido lleno de aire y cantinela,
mientras se nos va el plan expandiendo,
las venas lo repiten en el cuerpo,
el cuadrado lanzado a la atmósfera amiga
de las copas de los árboles de la calle Laprida
que gravitan a una misma altura tenue:
el suelo empieza ahí,
en ese verde.
Es todo un plano,
la terraza, el gato, somos tres
te dije, guardale un bizcocho.
A los cuatro metros en la cuadrícula de cal
decís, cuando vengamos
en febrero
habrá que manguerear
y de paso espantamos al gato.

Usamos de almohada el escalón,
ya son las diez
y no bajamos.
Este es el plan.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char