miércoles, 14 de septiembre de 2016

Te abrazaré durante diecinueve años

ANA ARZOUMANIAN
(Buenos Aires, Argentina, 1962)

Mía


Cortar por lo sano. El espéculo, las maniobras y las agujas de tejer. O del tallo grueso la
mecánica de las campesinas en los matorrales. Entre los yuyos, la insistencia del ahuecarse.
Y el volver con las polleras manchadas, el regadero por el pasto y los ritos de la
caza mayor.
El espéculo, los tejidos y el instrumental. Cortar por lo sano. Lo sano de mi garganta
cuando me hago cantante de ópera, me gasto la voz. Separan del agua la sangre, la
cabeza, las piernitas; las manos con sus cinco dedos. Cada mano tiene cinco dedos;
dos pies, cinco dedos en cada pie; dos brazos. Separan del agua, buscan. Yo canto el
Stabat Mater por la radio del campo y ella mezcla, mete las manos en el baño y busca.
Retorcida, busca las patitas, la cabeza, los cinco dedos.
El, escucha música, me tira al piso, me levanta los brazos. A él que le gustan los violines,
el piano; me tira del pelo para atrás, apoya los codos. El que se ve sangre me dice qué
es esto, por qué no me avisaste.
El que apoya los codos me deja mechones en el piso; los pelos, la cacería y el trofeo. Yo
le digo que no sabía, que no es nada, que pasó; y él corta, corta y sangra, por la herida.
**
De Juana I
(Fragmento)

Envenenado. ¿O habrás muerto por haber bebido agua helada
cuando te subió la fiebre? Te abrazaré durante diecinueve años.
Prepararé especias y aceites perfumados, postergaré lo inevitable.
Mirra pura molida, canela. Una pequeña hoz corta la piel sobre el
esternón, unos golpes de mazo de madera sobre el cuchillo, como de
latonero. Levantan el hueso del pecho; te buscan la raíz de la lengua.
No por la boca. Por el esófago. Sacan la lengua por el esófago. Te
abrazo, grito: lo que yo necesito mi lengua tu boca tu lengua.

Yo estoy desesperado desto.

Incisiones en los brazos, las piernas y los muslos para que
penetre el tomillo, la flor de lirio, la canela. Cosen con costura de
pellejero, y luego pintan con acacia. Treinta kilogramos de mirra y
aloe y una piedra de ágata para pulir.

La Católica Reyna echa una resina de olíbano sobre un pedazo
de carbón encendido. Supura y cristaliza; huele.

Deseo más que ninguno bolver a Flandes.

Están tus dedos, y tu mano; están tu cuello y tus hombros.
Estás para siempre, tan quieto. Mientras, te crecen las uñas. Comerte
esas uñas que van creciendo.

Tus dedos están ahí, pero es acá adentro donde se mueven;
cálidos, dibujan lunas, soles, elementos circulares. Tus dedos
moviéndose. Tengo una caja llena. Las reliquias de la corona; los
cabellos de Cristo y de la Virgen, miles de huesos de distintas partes
de cuerpos santos. Mi caja llena de un sudor dulce. Una colección
de cuernos de rinocerontes, cornamentas.

No iré a misa. En los monasterios, en las criptas, saquearán mi
caja llena. En esta caja donde te crecen las uñas. Donde te como las
uñas mientras te miro, mientras viajo hacia la capilla real de
Granada. Viajo abrazada con tus dedos rozándome la primerísima
cuna.

Disponen una venda con un lienzo de seis centímetros de
ancho. Sin embargo, no podrán vendarte aquí adentro donde estás.
Acá, no entran vendas.

Yo estoy desesperado desto

Sahumar en incienso. El tercer, el séptimo, el trigésimo día.
Desengancho los alfileres de hierro que sostienen el velo para que
vengas desnudo. Desnudo el ombligo. A la altura de la pelvis, en
columnas de espesor, hacia abajo; agua dura. Visos, ondulaciones
que tienen las piedras, las maderas. Siento el latido del agua, su
lecho vibra de azul río hasta mi vientre. Erguido, al mar, volcarte
agua.

Debajo del hielo, Alteza, hay agua líquida.

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char