lunes, 9 de enero de 2017

A cada cual las piedras que le tocan

ROBERT FROST
(San Francisco, EE.UU.,1874-Boston, id.,1963)



Reparar el muro

Algo hay que no es amigo de los muros,
Que hincha la tierra helada a sus cimientos,
Que arroja al sol las piedras desde el borde
Y abre brechas por donde caben dos.
Lo que hace el cazador es otra cosa:
Lo he reparado tras seguirlo a donde
No ha dejado ni piedra sobre piedra
Persiguiendo al conejo a su guarida
Para animar al perro. Éstas son brechas
Que nadie ve formarse –no hay ni pista–
Pero en la primavera hay que enmendar.
Se lo anuncio al vecino tras la cuesta;
Luego, un día, en la línea divisoria,
Nos encontramos a rehacer el muro.
El muro nos separa mientras vamos.
A cada cual las piedras que le tocan.
Unas, óvalos, otras, casi esferas,
Las hechizamos para balancearlas:
“¡Quédense ahí hasta que nos demos vuelta!"
Nuestros dedos se agrietan al asirlas.
Cierto, es juego campestre, como tantos,
Uno contra otro. Para más no da:
Donde vivimos no hace falta muro:
Él es de pinos, yo de manzanares.
Mis manzanos no van a ir a comerse
Las piñas de tus pinos, le señalo.
Él responde, “Buen muro, buen vecino".
La primavera es travesura, y pienso
Qué podría meterle en la cabeza:
"¿Por qué «buen muro, buen vecino»? ¿No es
Eso una pauta para donde hay vacas?
Pero aquí no tenemos ni una vaca.
Antes de repararlo hay que plantearse
A quién uno va a incluir, a quién excluir,
Y quién puede acabar con un disgusto.
Algo hay que no es amigo de los muros,
Que los derriba”. Quiero decir “duendes”
Pero no son exactamente duendes,
Y prefiero que él sea quien lo diga.
Lo veo con una piedra en cada mano,
Como un salvaje troglodita armado.
La sombra en que se mueve me parece
Más que sombra de ramas o de selva.
No indaga el estribillo de su padre
Y tanto le complace recordarlo
Que repite, “Buen muro, buen vecino”.

Versión del inglés de Pedro Poitevin a partir de una versión de Rhina Espaillat.
**
Mending Wall
SOMETHING there is that doesn't love a wall, 
That sends the frozen-ground-swell under it, 
And spills the upper boulders in the sun; 
And makes gaps even two can pass abreast. 
The work of hunters is another thing: 
I have come after them and made repair 
Where they have left not one stone on stone, 
But they would have the rabbit out of hiding, 
To please the yelping dogs. The gaps I mean, 
No one has seen them made or heard them made, 
But at spring mending-time we find them there. 
I let my neighbor know beyond the hill; 
And on a day we meet to walk the line 
And set the wall between us once again. 
We keep the wall between us as we go. 
To each the boulders that have fallen to each. 
And some are loaves and some so nearly balls 
We have to use a spell to make them balance: 
"Stay where you are until our backs are turned!" 
We wear our fingers rough with handling them. 
Oh, just another kind of outdoor game, 
One on a side. It comes to little more: 
He is all pine and I am apple-orchard. 
My apple trees will never get across 
And eat the cones under his pines, I tell him. 
He only says, "Good fences make good neighbors." 
Spring is the mischief in me, and I wonder 
If I could put a notion in his head: 
"Why do they make good neighbors? Isn't it 
Where there are cows? But here there are no cows. 
Before I built a wall I'd ask to know 
What I was walling in or walling out, 
And to whom I was like to give offence. 
Something there is that doesn't love a wall, 
That wants it down!" I could say "Elves" to him, 
But it's not elves exactly, and I'd rather 
He said it for himself. I see him there, 
Bringing a stone grasped firmly by the top 
In each hand, like an old-stone savage armed. 
He moves in darkness as it seems to me, 
Not of woods only and the shade of trees. 
He will not go behind his father's saying, 
And he likes having thought of it so well 
He says again, "Good fences make good neighbors".
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char