domingo, 1 de enero de 2017

Todas terminan, de a una cada vez, pero siempre hay árboles

William Saroyan
(EE.UU., 1908-1981

"Intenta". W. Saroyan
La hermosa gente
(fragmento)

OWEN: Bien, déjalos que lloren. ¿qué esperabas...? Las cosas terminan. Cambian. Se arruinan y mueren. O se destruyen. Ocurren accidentes. Sin estas cosas no podría haber... felicidad. Todas terminan, de a una cada vez, pero siempre hay árboles. Y ahí está la razón porque, eventualmente, cada uno de ellos termina también. Si quieres enseñarles cosas, enséñales todo. Creo que es una mejora considerable en ellos el que estén llorando por un perdido o muerto, pero, más tarde o más temprano tienen que saber que la muerte está en nosotros desde nuestra primera respiración. 
**
El Muchacho Audaz Del Trapecio Volador
(Fragmentos)

I. Sueño

Absolutamente despierto, en posición horizontal, en medio del universo, ensayando la risa o el regocijo, la sátira, el fin de todo, de Roma y sí, de Babilonia, apretando los dientes, el recuerdo, demasiado calor volcánico, las calles de París, las llanuras de Jericho, demasiado resplandor, como el de un reptil abstracto, una galería de acuarelas, el mar y los peces con ojos, sinfonías, una mesa al lado de Torre Eiffel, jazz en la ópera, un despertador y el repiqueteo de la fatalidad, conversaciones con un árbol, el Nilo, una cupé Cadillac yendo hacia Kansas, el rugido de Dostoievski y el sol oscuro.
Esta tierra, el rostro de alguien que está vivo, la forma sin el peso, llorando sobre la nieve, música blanca, una flor magnífica dos veces más grande que el universo, nubes oscuras, la pantera enjaulada que mira, el espacio muerto, Mr. Eliot arremangado, horneando pan, Flaubert y Guy de Maupassant, una rima sin palabras. de significado previsto, Finlandia, las matemáticas sutilmente pulidas y resplandecientes como una cebolla verde entre los dientes, Jerusalén, la senda de la paradoja.
La profunda canción de un hombre, el sigiloso susurro de alguien visto alguna vez pero vagamente conocido, un huracán en los campos de maíz, un juego de ajedrez, derriba a la reina, al rey, Karl Franz, el Titanic negro, Mr. Chaplin llorando, Stalin, Hitler, una multitud de judíos, mañana es lunes, nadie que baile en las calles.
Un veloz momento en la vida: se acabó, la tierra otra vez.

*
Vio una moneda en la alcantarilla que resultó ser un centavo acuñado en 1923, y lo examinó de cerca, en la palma de su mano, recordando ese año, pensando en Lincoln, cuyo perfil estaba impreso en la moneda. No había casi nada que pudiese hacerse con esa moneda. Me compraré un coche, pensó. Me vestiré a la moda, visitaré a las putas del hotel, beberé y cenaré y luego volveré a estar tranquilo. O la meto en la ranura de una balanza y me peso.
Estaba bien ser pobre -pero era aterrador tener hambre- y los Comunistas, qué apetito tenían, cuánto amaban la comida. Estómagos vacíos. Recordó cuán desesperadamente necesitó comer. Todas las comidas eran pan y café y cigarrillos, y ahora ya se había quedado sin pan. El café sin pan nunca podría ser una comida decente y no había yuyos en el parque que pudieran cocinarse como la espinaca.
Si fuera por decir la verdad, estaba pasando bastante hambre, y no había finales de libros que tuviese que leer antes de morir. 
*
Por el aire en un trapecio volador, canturreaba en su cabeza. Qué divertido era, era increíblemente gracioso. Un trapecio hacia Dios, o hacia la nada, un trapecio que vuele a algún tipo de eternidad; rogaba a conciencia por la fuerza que se precisa para que el vuelo sea agradable.
Tengo un centavo, se dijo. Una moneda americana. En la noche la puliré hasta que reluzca como un sol y estudiaré bien lo que dice en ella.
Caminaba por la ciudad misma, entre los otros seres vivos. Había uno o dos lugares a los que ir. 
*
Desconcertado, se echó a un lado de la cama, pensando no hay nada que hacer más que dormir. Aún se imaginaba dando grandes zancadas a través del fluído de la tierra, nadando a la deriva, hacia el principio. Se puso boca abajo diciéndose tengo al menos que darle la moneda a algún niño. Un niño puede comprar montones de cosas con un centavo.
Luego rápida y aplicadamente, con la gracia del muchacho en el trapecio, se apartó de su cuerpo. Por un momento eterno fue todas las cosas: el pájaro, el pez, el roedor, el reptil y el hombre. Un océano de formas onduladas, infinita y oscuramente frente a él. La ciudad se incendiaba. El rebaño que era la multitud se amotinaba. La tierra giraba en círculos sin sentido y al darse cuenta de que él también lo hacía, ofreció su rostro perdido a lo vacuo del cielo y se quedó sin sueño, sin vida, perfecto.

Traducción: Martín Abadía
**

En este momento hay algún fulano, en alguna parte del mundo, que está tratando de emular a Shakespeare. Dentro de diez años será senador.
WILLIAM SAROYAN
*

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char