miércoles, 1 de febrero de 2017

El blanco enjambre de los sueños indistintos

ARTHUR RIMBAUD
(Charleville, 1854-Marsella, Francia, 1891)


Las buscadoras de piojos

Cuando implora la frente tormentosa del niño
El blanco enjambre de los sueños indistintos,
Acuden a su lecho dos hermanas mayores
Con dedos delicados y con uñas de plata.

Lo hacen sentar delante de la ventana abierta
Donde un aire azulado humedece las flores,
Y en su pelo pesado donde cae el rocío
Pasean los terribles dedos embrujadores.

Oye el niño cantar el temeroso aliento
Que huele a larga miel vegetal y rosada
Y que un silbido a veces interrumpe, o la breve
Saliva sobre el labio o un anhelo de besos.

En el silencio escucha el batir de las negras
Pestañas, y los dedos eléctricos y suaves
Hacen sonar en medio de su gris indolencia
En las uñas soberbias la muerte de los piojos.

En su espíritu el vino de la pereza sube,
Suspiro de una armónica inclinada al delirio;
Con las lentas caricias el niño siente en él
Morir y renacer un deseo de llanto.

Traducción de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char