domingo, 27 de octubre de 2013

"Eran y siguen siendo terrible y terroríficamente normales"

HANNAH ARENDT

(Hannover, Alemania, 1906-Nueva York, EE.UU., 1975)

Eichmann en Jerusalén, la banalidad del mal
Fuente: Insomnia

Como se expresa en la presentación del libro, Arendt "estudia en este ensayo las causas que propiciaron el Holocausto, el papel equívoco que jugaron en tal genocidio los consejos judíos -cuestión que, en su época, fue motivo de una airada controversia-, así como la naturaleza y la función de la justicia, aspecto que la lleva a plantear la necesidad de instituir un tribunal internacional capaz de juzgar crímenes contra la humanidad." 
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Capítulo 7: La conferencia de Wannsee o Poncio Pilatos 
(fragmentos) 

Hasta el momento, mi estudio de la conciencia de Eichmann se ha basado en pruebas que el propio Eichmann había olvidado. Según sus manifestaciones a este respecto, el momento decisivo no se produjo cuatro semanas después, sino cuatro meses más tarde, en enero de 1942, durante la conferencia de Staatssekretäre (subsecretarios del gobierno), como los nazis solían llamarla, o la Conferencia de Wannsee, tal como ahora la llamamos debido a que Heydrich la convocó en una casa situada en este suburbio de Berlín. 

Tal como indica el nombre oficial de la conferencia, esta reunión fue necesaria debido a que la Solución Final, si quería aplicarse a la totalidad de Europa, exigía algo más que la tácita aceptación de la burocracia del Reich, exigía la activa cooperación de todos los ministerios y de todos los fúncionarios públicos de carrera. Nueve años después del acceso de Hitler al poder, todos los ministros eran antiguos miembros del partido, ya que aquellos que en las primeras etapas del régimen se habían limitado a "adaptarse" a él, harto obedientemente, habían sido sustituidos. Sin embargo, la mayoría de ellos no merecían la total confianza del partido, puesto que eran pocos los que debían enteramente su carrera política a los nazis, como, por ejemplo, Himmler o Heydrich. Y entre estos pocos, la mayoría eran nulidades, como Joachim von Ribbentrop, ministro de Asuntos Exteriores y ex vendedor de champaña. 

Sin embargo, el problema era mucho más peliagudo en cuánto se refería a los funcionarios públicos de alto rango, que prestaban sus servicios directamente subordinados a los ministros, ya que estos hombres, que son quienes forman la espina dorsal de toda buena administración pública, difícilmente podían ser sustituídos por otros, e Hitler los había tolerado, como Adenauer tuvo que tolerarlos, salvo aquellos que estaban excesivamente comprometidos. 

De ahí que los subsecretarios, los asesores jurídicos y otros especialistas al servicio de los ministerios rara vez fueran miembros del partido, y es muy comprensible que Heydrich tuviera sus dudas acerca de si podría conseguir la activa colaboración de tales funcionarios en la tarea del asesinato masivo. Dicho sea en frase de Eichmann, Heydrich "esperaba tener que vencer grandes dificultades". Pues bien, Heydrich estaba equivocado de medio a medio. 

La finalidad de la conferencia era coordinar todos los esfuerzos en orden a la consecución de la Solución Final. Primeramente, los reunidos hablaron de ,"complicadas cuestiones jurídicas'' tales como el tratamiento que debía darse a quienes tan sólo fueran medio judíos o cuarterones de judío -¿se les debía matar o bastaba con esterilizarlos?-. A continuación se inició una franca discusión sobre los "diversos tipos de posibles soluciones del problema", lo cual significaba los diversos modos de matar, y también en este aspecto hubo una "feliz concurrencia de criterios de todos los participantes". La Solución Final fue recibida con "extraordinario entusiasmo" por todos los presentes, y en especial por el doctor Wilhelm Stuckart, subsecretario del Ministerio del Interior, quien tenía fama de mostrarse reticente y dubitativo ante todas las medidas "radicales" del partido, y, según las declaraciones del doctor Hans Globke, en Nuremberg, era un firme defensor de la ley. 

Sin embargo, cierto es que también surgieron algunas dificultades. El subsecretario Josef Bühler, quien ocupaba el segundo puesto en el Gobierno General de Polonia, quedó un tanto alicaído ante la posibilidad de que los judíos fueran transportados desde el Oeste al Este, debido a que esto significaba la presencia de más judíos en Polonia, y, en consecuencia, propuso que estas expediciones se retrasaran hasta el momento en que "el Gobierno General de Polonia ponga en ejecución la Solución Final, y no existan problemas de transporte". 

Los caballeros del Ministerio de Asuntos Exteriores comparecieron con un complicado memorándum, elaborado por ellos mismos, en el que expresaban "los deseos e ideas del Ministerio de Asuntos Exteriores, con respecto a la total solución del problema judío en Europa", memorándum al que nadie prestó la menor atención. Lo principal, tal como con toda justeza dijo Eichmann, era que los miembros de las diversas ramas de la alta burocracia pública no sólo expresaron opiniones, sino que formularon propuestas concretas. La reunión no duró más de una hora o una hora y media. Tras ella se sirvieron bebidas, y luego todos almorzaron juntos. Fue una "agradable reunión social" destinada a mejorar las relaciones personales entre los circunstantes. 

Para Eichmann, esta reunión tuvo gran importancia, ya que jamás había tratado en reuniones sociales a personajes "de mayor altura" que la suya. Allí, Eichmann fue, con mucho, el individuo de más baja posición oficial y social. Se encargó de enviar la convocatoria a cuantos debían acudir a la conferencia, preparó algunas estadísticas (llenas de increíbles errores) que Heydrich utilizaría en su discurso inicial, en el que dijo que debía liquidarse a unos once millones de judíos, tarea ciertamente magna, y, después, Eichmann redactó el acta de la reunión. En suma, cumplió las funciones de secretario de la conferencia. Por esto se le permitió que, tras la marcha de los altos funcionarios, se sentara junto con sus jefes Müller y Heydrich, ante una chimenea encendida, y "ésta fue la primera vez que vi a Heydrich beber y fumar", no "chismorreamos, pero si gozamos de un descanso merecido tras largas horas de trabajo"; todos ellos estaban muy satisfechos y de buen humor, especialmente Heydrich. 

Hubo también otra razón en virtud de la cual el día de la conferencia quedó indeleblemente grabado en la memoria de Eichmann. Pese a que Eichmann había hecho cuanto estuvo en su mano para contribuir a llevar a buen puerto la Solución Final, también era cierto que aún abrigaba algunas dudas acerca de "esta sangrienta solución, mediante la violencia", y, tras la conferencia, estas dudas quedaron disipadas. "En el curso de la reunión, hablaron los hombres más prominentes, los Papas del Tercer Reich". Pudo ver con sus propios ojos y oír con sus propios oídos que no sólo Hitler, no sólo Heydrich o la "esfinge" de Müller, no sólo las SS y el partido, sino la elite de la vieja y amada burocracia se desvivía, y sus miembros luchaban entre sí, por el honor de destacar en aquel "sangriento" asunto. "En aquel momento, sentí algo parecido a lo que debió sentir Poncio Pilatos, ya que me sentí libre de toda culpa." ¿Quién era él para juzgar? ¿Quién era él para poder tener sus propias opiniones en aquel asunto? Bien, Eichamm no fue el primero, ni será el último, en caer víctima de la propia modestia. 

Los acontecimientos siguientes a la conferencia, según recordaba Eichmann, se sucedieron sin dificultades, y todo se convirtió prontamente en tarea rutinaria. [...] 

[...] Así pues, la más grave omisión en el "cuadro general" fue la de aquellas declaraciones referentes a la colaboración entre los dirigentes nazis y las autoridades judías, que hubieran dado ocasión a formular la siguiente pregunta: "¿Por qué colaboró aquella gente en la destrucción de su propio pueblo; a fin de cuentas, en labrar su propia ruina?". 

[...] Me he detenido a considerar este capítulo de la historia de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial, capítulo que el juicio de Jerusalén no puso ante los ojos del mundo en su debida perspectiva, por cuanto ofrece una sorprendente visión de la totalidad del colapso moral que los nazis produjeron en la respetable sociedad europea, no sólo en Alemania, sino en casi todos los países, no sólo entre los victimarios, sino también entre las víctimas. 

Eichmann, a diferencia de otros individuos del movimiento nazi, siempre tuvo un inmenso respeto hacia la "buena sociedad"; y los buenos modales de que hacía gala ante los funcionarios judíos de habla alemana eran, en gran medida, el resultado de reconocer que trataba con gente socialmente superior a él. Eichmann no era, ni mucho menos, como un testigo le motejó, un Landsknechtnatur, un mercenario, que quería huir a regiones en las que no se observaran los Diez Mandamientos y en las que un hombre pudiera hacer lo que quisiera. Hasta el último instante, Eichmann creyó fervientemente en el éxito, el criterio que mejor le servía para determinar lo que era la "buena sociedad". 

Características de Eichmann fueron sus últimas palabras acerca de Hitler, a quien Eichmann y su camarada Sassen decidieron "dar poca importancia" en su relato. Eichmann dijo que Hitler "quizás estuviera totalmente equivocado, pero una cosa hay que no se le puede negar: fue un hombre capaz de elevarse desde cabo del ejército alemán a Führer de un pueblo de ochenta millones de individuos ... Para mí, el éxito alcanzado por Hitler era razón suficiente para obedecerle". 

La conciencia de Eichmann quedó tranquilizada cuando vio el celo y el entusiasmo que la "buena sociedad" ponía en reaccionar tal como él reaccionaba. No tuvo Eichmann ninguna necesidad de "cerrar sus oídos a la voz de la conciencia", tal como se dijo en el juicio, no, no tuvo tal necesidad debido, no a que no tuviera conciencia, sino a que la conciencia hablaba con voz respetable, con la voz de la respetable sociedad que le rodeaba. [...] 
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OTROS FRAGMENTOS

“El verdadero horror comenzó cuando los hombres de las SS se encargaron de la administración de los campos. La antigua bestialidad espontánea de la SA dio pasó a una destrucción absolutamente fría y sistemática de los cuerpos humanos, calculada para destruir la dignidad humana por la SS. La muerte se evitaba o se posponía indefinidamente. Los campos ya no eran parques de recreo para bestias con forma humana como las camisas pardas, es decir, para hombres que realmente correspondían a instituciones mentales y a prisiones; se tornó cierto lo opuesto: se convirtieron en «terrenos de entrenamiento» en los que hombres perfectamente normales eran preparados para llegar a ser miembros de pleno derecho de las SS”
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 "El fracaso del tribunal de Jerusalén consistió en no abordar tres problemas fundamentales harto conocidos y suficientemente estudiados, a partir de la formación del tribunal de Nuremberg: el problema de la parcialidad propia de un tribunal formado por los vencedores, el de una justa definición de "delito contra la humanidad", y el de establecer claramente el perfil del nuevo tipo de delincuente que comete este tipo de delito." 
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"El problema con Eichmann fue precisamente que muchos fueron como él, y que la mayoría no eran ni pervertidos ni sádicos, sino que eran y siguen siendo terrible y terroríficamente normales. Desde el punto de vista de nuestras instituciones legales y de nuestras normas morales a la hora de emitir un juicio, esta normalidad es mucho más aterradora que todas las atrocidades juntas".
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"Fue como si en aquellos últimos minutos [Eichmann] resumiera la lección que su larga carrera de maldad nos ha enseñado, la lección de la terrible banalidad del mal, ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes."

De  EICHMANN EN JERUSALÉN. UN ESTUDIO SOBRE LA BANALIDAD DEL MAL - Hannah Arendt - Lumen, Barcelona, 1999.
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"La persecución de grupos desprovistos de poder o en trance de perderlo puede no ser un espectáculo muy agradable, pero no procede exclusivamente de la bajeza humana. Lo que hace que los hombres obedezcan o toleren, por una parte, el auténtico poder y que, por otra, odien a quienes tienen riqueza sin el poder, es el instinto racional de que el poder tiene una cierta función y es uso general."
De Los orígenes del totalitarismo
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ENTREVISTA 
Fuente: El mundo. Por Julio Martín Alarcón

Conversamos con la directora de "Hannah Arendt", Margarethe von Throtta, sobre el polémico estudio de la intelectual, que fue prohibido en Israel.

El 11 de mayo de 1960 un grupo de agentes del Mossad secuestraban en San Fernando, Buenos Aires, a Ricardo Klement, identidad falsa del criminal nazi Adolf Eichmmann, que había huido de Alemania en 1945, y tras una estancia en Austria se había refugiado en Argentina. La detención ilegal de Eichmann en Buenos Aires sirvio a las autoridades israelíes para juzgarle un año después en Jerusalén, con una cobertura mediática que daría la vuelta al mundo y que popularizaría el término del Holocausto, hasta entonces poco difundido.
Entre los periodistas se encontraba la filósofa y teórica Hannah Arendt, judía alemana que había huido a EE.UU. en 1941 tras escapar del campo de concentración de Gurs en Francia. Arendt, que había sido discipula del filósofo Martin Heidegger -que se afilió al partido nazi en 1933- vislumbró durante el juicio a un Eichmann algo distinto a la simple etiqueta de monstruo o sádico, imagen que la fiscalía israelí trataba de exportar.

De hecho, consideró que era un hombre normal, mediocre, un burócrata, y elaboró una visión crítica de la Solución Final en la que también atacó el comportamiento de los líderes judíos. La veterana actriz y directora Margarethe von Throtta (1942)  niña prodigio del cine alemán de los setenta junto a Rainer Fassbinder, Herzog o Volker Schlondorff, con quien codirigió El honor perdido de Katharina Blum (1975),  ha analizado con La Aventura de la Historia, su nueva película, que retrata el periplo de Arendt en Jerusalén y la posterior crítica y rechazo a sus artículos sobre Eichmann a su regreso a Nueva York.
Margarethe von Throtta, que ya había abordado a otra de las mujeres más relevantes de la Historia Contemporánea de Alemania, como la líder del partido socialdemócrata alemán Rosa Luxemburgo, asesinada en 1919, durante el periodo de la República de Weimar, representa, además, a la generación de posguerra que cargó con el estigma de la culpa y la vergüenza del comportamiento de sus padres y abuelos.

P.- Explíquenos por qué siente  fascinación por este personaje.
R.-  Fue una mujer muy relevante y una de las pocas filósofas de renombre, y era perfecta para la serie de películas que he hecho sobre mujeres del siglo XX, como Rosa Luxemburgo o Rosentrasse. Ella intenta entender esa historia y una de sus frases destacadas es “Quiero comprender”.  Y para mí es lo mismo, yo también quería entender este fenómeno de Eichmann, porque soy alemana, aunque no viví el Regimen nazi soy de la generación justo posterior y siempre tuvimos muchas preguntas que hacer a nuestros padres, por qué lo hicieron y cómo se convirtieron en esos criminales.

P.-  Sobre ese apecto generacional, en el libro de Hannah Arendt, Adolf Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal, la pensadora alemana arremete contra el sentimiento de culpa de los entonces jóvenes alemanes como usted ¿Cómo siente esa carga?
R.- En los 50 no sabíamos nada, nuestros padres nos lo ocultaron. A partir de los 60, con el movimiento de mayo del 68, fuimos más conscientes y nos enfrentó con nuestros padres, no sólo porque hicieran aquello, sino porque también nos lo escondieran durante tanto tiempo.
No creo que podamos asimilarlo sin más y pasar página, sobre todo mi generación, las más recientes ya no sentirán el mismo peso. Siempre pienso que Hitler habló del Reich de los mil años y sólo duró 12, pero permanece en nuestras mentes y en nuestra historia. Es como en España la dictadura, sigue ahí, a lo mejor tendremos que llevar ese peso de la historia esos cien años…

P.- ¿Por qué es tan singular y atractivo el pensamiento de Arendt? Transmite una fuerza cautivadora…
R.- Ella llegó a Jerusalén pensando, como el resto, que sería un monstruo, un satanás, y todo lo que ve es a un hombre muy mediocre encerrado en esa jaula de cristal y hablando de esa forma. En alemán esto se percibe todavía mejor. No usaba frases propias, todo eran clichés, lugares comunes, lenguaje burocrático. Hannah Arendt  necesitaba asimilarlo, por eso cuando vuelve a Nueva York todavía necesita tiempo para entender, no lo escribió inmediatamente.

Sinceramente, no esperaba que tuviera tanto éxito como ha ocurrido en Alemania, Francia y EE.UU., pero creo que es porque la gente está entendiendo ahora que, durante mucho tiempo, han cedido su propia capacidad intelectual a los medios, a los políticos, a los banqueros, a los inversores:  ya no deciden como quieren que sea su vida…pero tenemos la capacidad, que es algo que queda muy patente en Hannah Arendt, al rechazar cualquier prejuicio o idea preconcebida. Todos los seres humanos tenemos este regalo de la naturaleza: Pensar por uno mismo. Hay que hacerlo. 

P.- Las ideas no matan son las personas…¿Es falso?
R.- Sí. Los hay que matan a su mujer o a otras personas por una motivación personal, porque no quieren seguir viviendo con ella o por cualquier otra razón, pero un ideólogo acaba imponiendo sus ideas a mucha gente y mucha gente acaba matando sólo en nombre de esas ideas, así que sí, la ideología  es más peligrosa que un asesino.

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Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char