lunes, 8 de junio de 2015

Se cernía una tristeza que le sentaba mejor que la luz del sol

Charles Dickens
(Gran Bretaña, 1812-1870)

Historia de dos ciudades 

 (1859)
Fragmento

Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo.

En el trono de Inglaterra había un rey de mandíbula muy desarrollada y una reina de cara corriente; en el trono de Francia había un rey también de gran quijada y una reina de hermoso rostro. En ambos países era más claro que el cristal para los señores del Estado, que las cosas, en general, estaban aseguradas para siempre. Era el año de Nuestro Señor, mil setecientos setenta y cinco. En período tan favorecido como aquél, habían sido concedidas a Inglaterra las revelaciones espirituales. Recientemente la señora Southcott había cumplido el vigésimo quinto aniversario de su aparición sublime en el mundo, que fue anunciada con la antelación debida por un guardia de corps, pronosticando que se hacían preparativos para tragarse a Londres y a Westminster.

Incluso el fantasma de la Callejuela del Gallo había sido definitivamente desterrado, después de rondar por el mundo por espacio de doce años y de revelar sus mensajes a los mortales de la misma forma que los espíritus del año anterior, que acusaron una pobreza extraordinaria de originalidad al revelar los suyos. Los únicos mensajes de orden terrenal que recibieron la corona y el pueblo ingleses, procedían de un congreso de súbditos británicos residentes en América, mensajes que, por raro que parezca, han resultado de mayor importancia para la raza humana que cuantos se recibieran por la mediación de cualquiera de los duendes de la Callejuela del Gallo.
(...)
Es también, muy posible que en los rústicos cobertizos de algunos labradores de las tierras inmediatas a París, estuvieran aquel día, resguardadas del mal tiempo, groseras carretas llenas de fango, husmeadas por los cerdos y sirviendo de percha a las aves de corral, que el labriego Muerte había elegido ya para que fueran las carretas de la Revolución.
(...)
El hombre que había dejado la sierra en la hendidura del trozo de madera que estaba cortando para el fuego, la puso de nuevo en movimiento; la mujer que había abandonado en el escalón de la puerta de la calle el pequeño cacharro que contenía un rescoldo con el que aliviaba el dolor de los descarnados dedos de sus manos y de sus pies, o de los de su hijo, volvía a ocupar su sitio; hombres que habían salido a la luz del día invernal desde las bodegas, con los brazos desnudos, el pelo desgreñado y las caras cadavéricas, se alejaban para volver a bajar a los subterráneos; y sobre toda la escena se cernía una tristeza que le sentaba mejor que la luz del sol.

El vino era tinto y había dejado su mancha en el suelo de la estrecha calle del barrio de Saint Antoine, en París, donde se había derramado. También había manchado muchas manos y caras, muchos pies descalzos y zuecos de madera. Las manos del hombre que aserraba leña dejaron manchas rojas en los tarugos; la frente de la mujer que amamantaba a su hijo tenía la mancha del trapo que había vuelto a anudarse en la cabeza. Los que habían lamido las duelas de la barrica tenían manchas atigradas junto a las comisuras de la boca, y un bromista de elevada estatura, que lucía un escuálido gorro de dormir que sólo le cubría una mínima parte de la cabeza, iba tan pringado, que con el dedo, que aún tenía mojado en barro y heces, garabateó en la pared esta palabra: SANGRE.

Llegarían tiempos en que también ese vino sería vertido sobre las piedras de la calle y muchos de los allí presentes quedarían salpicados con su mancha roja.

De Historia de dos ciudades. Alianza editorial, 2012.
Traducción de Salustiano Masó
***
Grandes esperanzas 

(1861)
Fragmento

En el primer momento no me fijé en todo esto, pero vi más de lo que podía suponer, y observé que todo aquello, que en otro tiempo debió de ser blanco, se veía amarillento. Observé que la novia que llevaba aquel traje se había marchitado como las flores y la misma ropa, y no le quedaba más brillo que el de sus ojos hundidos. Imaginé que en otro tiempo aquel vestido debió de ceñir el talle esbelto de una mujer joven, y que la figura sobre la que colgaba ahora había quedado reducida a piel y huesos. 
[...]

―¿Quién es? ―preguntó la dama que estaba sentada junto a la mesa. 
―Pip, señora. 
―¿Pip?
―El muchacho que ha traído hasta aquí Mr. Pumblechook, señora. He venido a jugar...
―Acércate más, muchacho. Deja que te vea bien. 
Al encontrarme delante de ella, rehuyendo su mirada, observé con detalle los objetos que nos rodeaban, y reparé en que tanto el reloj que había encima de la mesa como el de la pared estaban parados a las nueves menos veinte. 

―Mírame ―me dijo miss Havisham―. ¿No te da miedo una mujer que no ha visto el sol desde que tú naciste?

Lamento tener que confesar que no dudé en responder que no, lo cual era una gran mentira. 

―¿Sabes qué noto aquí? ―preguntó al tiempo que ponía las manos en el costado izquierdo, una sobre otra.
―Sí, señora. ―Me hizo pensar en el joven. 
―¿Qué toco?
―Su corazón. 
―¡Destrozado!
(...)
Fue un día memorable, pues obró grandes cambios en mí. Pero ocurre así en cualquier vida. Imaginemos que de ella arrancáramos un día especial y pensemos en lo distinto que podría haber sido su curso. Deténgase el lector y piense por un momento en la larga cadena de hierro o de oro, de espinas o flores que, de no ser por la formación del primer eslabón en un día memorable, jamás le hubiese atado.

Grandes esperanzas. Alba minus Ed.
Traducido por: R. Berenguer
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char