viernes, 29 de enero de 2016

Levanto la mano y arqueo la rama

Juan Carlos Moisés 

(Sarmiento, Chubut, Argentina, 1954)

Habla el Capitán Ahab 

Sépanlo: cuando por fin un día
alguien desprevenido encuentre
a la invencible ballena Blanca
varada, seca, muerta de vieja
en una playa perdida
de los mares del sur,
va a ser posible reconocerla
no por su color ya desvanecido,
no por el gran tamaño de su esqueleto,
ni por su ferocidad ahora inexistente, 
sino por mi cadáver limpio
de carnes, pura osamenta,
aún aferrado con uñas y dientes
a su gran cuerpo vencido.

(de Animal teórico, Ediciones del Dock, 2004)
 ***
 Fuera del auto estacionado en la banquina

  Entre Comodoro Rivadavia y Trelew,
  en algún lugar de la Ruta Nacional 3.
  No era lo que se dice una "Commedia",
  tampoco era simulacro, ni era representación.
  Estaba con mis hijos en "mitad del camino",
  fuera del auto estacionado en la banquina,
  de pie en la nieve y de espaldas al aire frío.
  Nos habíamos abrigado hasta los ojos antes
  de bajar, y no hablábamos porque era posible
  que se nos congelara el aliento, las palabras.
  A falta de sol, una especie de luz se suspendía
  sobre los campos congelados de la tarde.
  El chorro tibio, a temperatura corporal,
  fue haciendo un hueco en la nieve.
  La aureola amarilla avanzaba, concéntrica,
  fuera del círculo polar y gradualmente
  lo derretía sin que hubiera oposición.
  Le devolvíamos a la tierra, paciente bajo
  la masa compacta, una pertenencia en común.
  Cuando, cada uno en lo suyo, terminamos
  de arroparnos y caminábamos hacia el auto
  con el motor en marcha y la calefacción
  encendida donde esperaba la madre,
  coincidimos en mirar trescientos sesenta
  grados alrededor. Todo era blanco, y esa
  luz precaria se desparramaba envolviéndonos
  como el aliento de la respiración. Había algo,
  además de la nieve, en ese lugar apartado, sin
  puntos de referencia, que nos hacía mover lentos,
  callados, como si aún nada tuviera nombre.
***
Peras

Peras de agua que vemos en el frutal,
tardías en el verano que se demora,
pequeñas, con pintas, ásperas
en el diente, dulzonas en el paladar.

Antes que la pulpa de la pera
es la idea de la pera la que hace
su trabajo primero en la saliva.

No están solas, prendidas de la rama,
con su propio vacío existencial.
Alrededor, donde la alfalfa y las hojas
de la menta conviven sin patalear,
no me excluyo, aunque a veces sienta
que estoy de más en esta forma
descifrable de existencia.
¿Y si alguna vez en la quinta llegara
a contemplar una falla donde ahora
veo un orden para todas las cosas?

Levanto la mano y arqueo la rama.
La dejo a tiro para que la otra corte
la pera en la yema donde se une
el cabo en el brote. No se diría
pero acompaña un tris, un siseo
sin queja con destino de vida singular.

(De El jugador de fútbol, Ediciones La Carta de Oliver, 2015)
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char