sábado, 16 de abril de 2016

La muerte espera que nos acunemos en ella

MARGUERITE YOURCENAR

(Bruselas, Bélgica, 1903-EE.UU., 1987)

Siete poemas a una muerta 

I

Cuando estaba por llegar, murió
Quien me esperaba, cansada de esperar.
Sus brazos abiertos volvieron a cerrarse
Legándome un remordimiento en vez de un recuerdo.

La plegaria, la flor, el gesto más tierno
Fueron regalos tardíos que nadie pudo bendecir.
Los muertos no escuchan a los vivos.
La muerte, cuando llega, nos junta sin unirnos.

Nunca conoceré la dulzura de su tumba.
Mis gritos, lanzados demasiado tarde,
Resuenan y se extinguen sin eco en la sorda eternidad.

Los muertos desdeñosos, forzados al silencio,
No nos escuchan llorar en el oscuro umbral del misterio
Por un amor que jamás existió.
**
III

Cuando debí acudir, sólo supe dudar;
Cuando debí llamar, callé.
Demasiado tiempo persistí en mi camino, solitaria;
Nunca imaginé que fueras a morir.

Nunca preví que fuera a secarse la fuente
Donde uno se refresca y se baña,
Ni supe que existieran en el mundo
Misteriosas frutas que maduran al morir.

Obstinada, siempre busqué en la ruta del sol tu sombra;
Ahora el amor es una palabra, el tiempo un número
Y mis penas chocan contra los ángulos de una tumba.

La muerte, menos indecisa, supo cómo acercarse a ti;
Si ahora piensas en nosotras, tu corazón debe
    compadecernos.
Uno se ciega cuando muere una antorcha.
**
V

La miel inalterable del fondo de las cosas
Está hecha de dolor, deseo y remordimiento;
Eterno alambique donde el tiempo destila
Las lágrimas de los vivos y la piedad de los muertos.

Tan inseparable es el perfume de la rosa
Como inseparable tu alma de tu cuerpo.
Una misma causa germina efectos idénticos
Y una misma nota vibra en mil acordes diversos.

El universo nos da y nos quita lo poco que somos.
Yo olvidaré cada día cuánto te amé
Pero tú no sabrás que mis lágrimas te amaron.

La muerte espera que nos acunemos en ella.
Arrullada en sus brazos, como una niña de pecho,
Escucho sonar el hierro de lo eterno.
**
VI

Sólo el silencio tiene palabras
Que pueden decirse junto a ti sin herirte.
Ante lo irremediable, sólo podemos sonreír;
Llueven sobre tu cuerpo las lágrimas de las corolas.

A la hora en que nos despojemos de nuestras máscaras
Deslizándonos soñolientas en el mismo lecho,
Por cada dedo tembloroso de la hierba que nos roce
Tú podrás bendecirme y yo acariciarte.

Es hacia tu dulzura que conduce mi camino.
De este suelo impregnado de alma humana,
El olvido, lento jardinero, extirpa el remordimiento.

Inagotable, vaga el amor de vena en vena;
No quisiera perturbar con un vano lamento
El eterno abrazo de la tierra y los muertos.
**
VII

Nunca sabrás que tu alma viaja
Dulcemente refugiada en el fondo de mi corazón,
Y que nada, ni el tiempo ni la edad ni otros amores,
Impedirá que hayas existido.

Ahora la belleza del mundo toma tu rostro,
Se alimenta de tu dulzura y se engalana con tu claridad.
El lago pensativo al fondo del paisaje
Me vuelve a hablar de tu serenidad.

Los caminos que seguiste, hoy me señalan el mío,
Aunque jamás sabrás que te llevo conmigo
Como una lámpara de oro para alumbrarme el camino

Ni que tu voz aún traspasa mi alma.
Suave antorcha tus rayos, dulce hoguera tu espíritu;
Aún vives un poco porque yo te sobrevivo.

Traducción de Humberto Saldaña Pico
Fuente: UNAM

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char