viernes, 10 de junio de 2016

Crisantemos erguidos como soldados chinos

Silvia Arazi


(Buenos Aires, Argentina, 1956)

LA CASA DE PIEDRA Nadie sabe dónde están las ventanas de mi casa. No encuentro la ventana, dicen las visitas. No encuentro la cocina, dicen ellos. No encuentro los espejos, dicen ellas. Tampoco encuentran las lámparas, ni las sillas, ni la puerta, ni la dicha. Les digo que todo está allí: en los cajones profundos del Gran Placard. ¿Dónde están las tazas? insisten. ¿Dónde la cama, las caricias, el polvo, el tiempo que se pierde? No entiendo lo que dicen. Balbuceo sílabas torpes en el lenguaje de los hombres, mientras alguien, en mí, aúlla, como un cuadro de Munch. ¡Ah, ahora sí! comentan aliviados, desde sus puestos. Por la noche, cuando todos se han ido, saco las migas del mantel, guardo las copas, acerco mi silla a la ventana de piedra y en silencio, contemplo las estrellas. *** Mientras hablan de flores (En el patio, tomando té de menta). -En el jardín del fondo de mi casa, dice Claudine, con vanidad de niña, hay magnolias, claveles, lirios, jazmines La interrumpo. -¿Hay flores amarillas? -Sí, crisantemos erguidos como soldados chinos. -¿Y hombres? ¿Hay hombres? –pregunto sin mirarla. -Hay hombres escondidos detrás de los arbustos… espían por las noches. Tienen pechos mullidos como un sofá de pana y manos de doctores: limpias y perfumadas. -Ah -También hay mujeres, detrás de los rosales. Ellas suspiran, manejan coches blancos, tropiezan con sus sueños, duermen la siesta, lloran. Bebe un sorbo de té y agrega: -Son bellas y son tristes. Viven mirando el cielo, contando las estrellas, escribiendo tonteras de mujeres vecinas que toman té en un patio, mientras hablan de flores. *** De harinas y de aromas* (Para esa mujer, mi madre) -Cuando mi madre habla de zapallos, de mazapán, de ollas, de manzanas, todo se enciende en sus ojitos grises. Por eso a veces, le pido que me diga cómo debo elegir las berenjenas. “¿Las más sabrosas?”, pregunta, agradecida, “¡Las de cáscara negra, las pequeñas!” Ella habla largo de harinas y de aromas. (inagotable mujer entre fulgores) Y luego vuelvo a preguntarle todo, acerca del perejil, del pan o de la albahaca. Lo hago, en verdad, de puro gusto, para encenderla toda, para que arda. Porque me gusta ver cómo se enciende, por el gusto, nomás, de que me cuente. De Claudine y la casa de piedra. Ediciones Del Dock. Buenos Aires. 2015.

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char