lunes, 29 de agosto de 2016

El pájaro Comunicativo es esclavo de un ritual

Sandro Barrella

(Buenos Aires,  1967)


Viaje

El reino acaba mal, dice el chofer
de la combi que los lleva más allá
del desierto. Sin aire acondicionado,
con más de 45º en el interior del vehículo, 
la frase parece un trance de profeta
mal afeitado, una traducción equívoca
de viejos rollos encontrados en Qumran;
entre tanto una pareja de alemanes arrepentidos
mira un mapa desplegado en el que saben,
no va a aparecer Alexanderplatz,
pero Alemania pide certezas a sus hijos,
aun a aquellos que visitan destinos 
exóticos; dos asientos hacia atrás
pero del lado izquierdo, una mujer
de no más de treinta años insiste
con abrir la ventanilla y da paso
a una ráfaga de polvo bíblico,
ubicuo, trascendente en su inmanencia
que perturba los ojos secos del pasaje;
su acompañante ocasional protesta en inglés
y la mujer accede a cerrar la entrada de Dios;
no hay niños en el viaje; el chofer se apresta a hablar
después de un buen rato de silencio
en el que sólo se escuchó el ruido del motor
y el plegado del mapa alemán. El reino acaba mal,
volvió a decir el hombre al volante, las manos
firmes, la mirada al frente, sin poder ocultar
una vieja convicción arraigada en su voz,
venida del tiempo en que su padre, 
un albañil mal pago a jornada completa,
le acariciaba la cabeza por las noches
antes de que el sueño lo venciera.
***

Expresiones tales como
corazón salvaje
herido de amor
o muerto de miedo

no alcanzan a decir
lo que quieren
decir sin embargo
no se encuentra
otro modo.

***

Es un pájaro comunicativo. Se enreda en el cablerío de los teléfonos públicos y el corazón le da tumbos si nadie responde. Tropieza. Cuando recupera la postura deja la pena de lado, vuelve a intentarlo. El pájaro Comunicativo es esclavo de un ritual, repite la escena para convencerse de que no está sólo en la partida.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char