domingo, 28 de agosto de 2016

Es el mar mezclado con el sol

Arthur Rimbaud

(Charleville, Francia, 1854-Marsella, id., 1891)

De DELIRIOS II
Alquimia del verbo
(Fragmento)

Canción desde la torre más alta

Que venga ya, que venga
el tiempo que enamore.
Tuve tanta paciencia,
que para siempre olvido;
miradas y sufrimientos
al cielo se marcharon.
Y la sed malsana
me oscurece las venas.
Que venga ya, que venga
el tiempo que enamore.
Igual la pradera
al olvido entregada,
agradada y florida
de incienso y cizaña,
ante el hosco zumbido
de las sucias moscas.
Que venga ya, que venga
el tiempo que enamore.
***
Hambre

Si a algo tengo afición, no será más
que a la tierra y a las piedras.
Yo siempre almuerzo aire,
roca, carbones, hierro.
Hambres mías, girad. Pastad, hambres,
del prado de los sonidos.
Atraed el alegre veneno
de las corregüelas.
Comeos los guijarros que otros rompen,
las viejas piedras de iglesia;
los cantos rodados de los viejos diluvios, panes sembrados en los valles grises.
El lobo gritaba bajo las hojas
escupiendo las bellas plumas
de su yantar de corral:
como él yo me consumo.
Las verduras, las frutas
sólo aguardan la cosecha;
pero la araña del seto
no come más que violetas.
¡Que duerma ya! Que hierva
en los altares de Salomón.
El caldo fluye sobre la herrumbre,
y se mezcla con el Cedrón.
***
¡Ha vuelto a aparecer!
-¿Qué? -¡La eternidad!
Es el mar mezclado
con el sol.
Eterna alma mía,
observo tu voto
a pesar de la noche sola
y del día en llamas.
¡Así, pues, te desprendes
de los humanos sufragios,
de los comunes impulsos!
Vuelas según…
-Nunca la esperanza,
ningún orietur.
Ciencia y paciencia,
el suplicio es seguro.
No queda mañana,
brasas de satén,
vuestro ardor
es el deber.
¡Ha vuelto a aparecer!
-¿Qué? -¡La Eternidad!
Es el mar mezclado
con el sol.
***
¡Oh estaciones, oh castillos!
¿Qué alma no tiene defecto!
He hecho el mágico estudio
de la felicidad, que nadie elude.
Salud a ti, cada vez
que canta el gallo galo.
¡Ah! No tendré más deseos:
él se ha hecho cargo de mi vida.
Este encanto ha tomado alma y cuerpo,
dispersando los esfuerzos.
¡Oh estaciones, oh castillos!
La hora de su huida, ¡ay!
será la de óbito.
¡Oh estaciones, oh castillos!
Pasó todo aquello. Hoy sé saludar a la belleza.

De Una temporada en el infierno
Versión: Ramón Buenaventura

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char