sábado, 3 de septiembre de 2016

No es el mismo tono antes que después del logro

PIERRE CHODERLOS DE LACLOS
(Francia, 1741-1803)

CARTA LXXXI
(Fragmento)
LA MARQUESA DE MERTEUIL AL VIZCONDE DE VALMONT


Créame, vizconde; rara vez adquirimos las cualidades que nos son
esencialmente necesarias. Combatiendo un riesgo debe usted obrar sin
precaución. Para ustedes los hombres, las derrotas no son sino triunfos
de menos. En esta partida tan desigual, nuestra fortuna es el no perder, y
la desgracia de ustedes el no ganar. Aun cuando yo concediese a ustedes
tanta habilidad como la nuestra ¿cuánta ventaja no deberíamos llevar
todavía por la necesidad que tenemos de hacer un uso continuo de
nuestros medios?
Supongamos, consiento en ello, que ustedes pongan tanta maña en
vencernos cuanta nosotras en defendernos o en ceder; convendrán ustedes
a lo menos que después del triunfo les es inútil. Ocupados únicamente
de su nuevo placer, se entregan a él sin miedo y sin reserva; no es
a ustedes a quienes importa su duración.
En efecto, estas cadenas recíprocamente puestas y recibidas, para
hablar el lenguaje de amor, ustedes solos pueden, a su elección estrecharlas
o romperlas: dichosas aún nosotras, si, cuando ustedes ceden a su
natural inconstancia, prefiriendo el misterio al escándalo, se contentan
con un abandono humillante, y no hacen del ídolo de la víspera la víctima
del día siguiente.Mas, si una mujer desdichada siente la primera el peso de su cadena,
¿a qué riesgos no se expone si quiere romperla, o se atreve solamente
a sacudirla? No puede menos de temblar cuando ensaya alejar de ella el
nombre que su corazón repugna con violencia.
Si se obstina en quedarse, es preciso que ella conceda al miedo lo
que antes acordaba el amor.
Su prudencia debe desatar con maña estos mismos vínculos que
ustedes hubieran roto. Estando a la disposición de su enemigo, no le
queda recurso si él no es generoso; y ¿cómo esperar que lo sea cuando, si
alguna vez se le alaba porque lo es, jamás se le censura por lo contrario?
Sin duda no negará estas verdades, que su evidencia ha hecho ya
triviales. Si no obstante usted me ha visto, disponiendo de los sucesos y
de las opiniones, hacer de estos hombres tan temibles un juego de mis
caprichos y de mis fantasías; quitar a los unos la voluntad, y a los otros el
poder de dañarme: si he sabido alternativamente, y según la movilidad de
mis gustos, atraerme o enviarlos lejos de mí,
"Tiranos destronados, ahora esclavos míos.";
sí en medio de estas revoluciones frecuentes mi reputación se ha conservado
pura, ¿no ha debido usted pensar que, nacida yo para vengar a mi
sexo, y dominar el suyo, he sabido crearme arbitrios desconocidos antes?
¡Ah! guarde usted sus consejos y sus temores para esas mujeres frenéticas
que se llaman de grandes sentimientos, cuya imaginación exaltada
haría creer que la naturaleza ha puesto su sensibilidad en su cabeza; que
no habiendo reflexionado jamás, confunden sin cesar el amor y el
amante; que, en su loca ilusión, creen que sólo aquel con quien han buscado
su placer es el único depositario; y, verdaderamente supersticiosas,
acuerdan al sacerdote el respeto y creencia que sólo se deben a la divinidad.
Tema usted también por aquellas que, más vanas que prudentes, no
saben en caso necesario consentir en que las abandonen.
Tiemble sobre todo por aquellas mujeres activas, aun cuando están
ociosas, que usted llama sensibles, y de las cuales se apodera el amor tan
fácilmente y con tanta violencia, que conocen la necesidad de ocuparse siempre de él, aun cuando ya no lo gozan, y que abandonándose sin
reserva a la fermentación de sus ideas, crean, por ellas, aquellas cartas tan
deliciosas, pero que son tan peligrosas para quien las escribe, y no temen
confiar las pruebas de su debilidad al objeto mismo que la causa; imprudentes
que no saben ver en su actual amante su futuro enemigo.
Pero ¿qué tengo yo que ver con esas mujeres inconsideradas?
¿Cuándo me ha visto usted separarme de las reglas que me he prescrito, y
faltar a mis principios? Digo mis principios, y lo digo con intención;
porque no son como los de las otras mujeres, dados por la casualidad,
recibidos sin examen, y seguidos por costumbre: son el fruto de mis
profundas reflexiones; yo los he creado, y puedo decir que yo misma me
he formado.
Introducida en el mundo, a la edad en que, soltera todavía, estaba
reducida por mi estado al silencio y a la inacción, he sabido aprovecharme
de ambos para observar y reflexionar. Mientras que se me creía aturdida
o distraída, yo, escuchando, a la verdad, muy poco los discursos que
se me dirigían, ponía gran cuidado en oír los que se me quería ocultar.
Esta útil curiosidad, al mismo tiempo que sirvió para instruirme,
me enseñó además a disimular; obligada muchas veces a ocultar los objetos
de mi atención a los ojos de los que me rodeaban, probé de guiar
los míos según mi voluntad, entonces logré llegar a usar, según me conviene,
este modo de mirar distraído que ha loado usted a menudo. Animada
con este primer triunfo, procuré reglar del mismo modo los
diferentes movimientos de mi semblante. Si tenía algún pesar, estudiaba
el modo de darme un aire de serenidad, y aun de alegría, y he llevado mi
celo hasta procurarme dolores voluntarios para estudiar durante ellos la
expresión del placer. Me he violentado con igual esmero y más trabajo,
para reprimir los síntomas de un gofo inesperado. Así he llegado a tomar
sobre mi fisonomía este imperio, de que he visto a usted tan admirado
algunas veces.
Era yo muy joven todavía, y ofrecía poco interés, mas era dueña de
mis pensamientos, y dudaba que pudiesen quitármelos o sorprenderlos
contra mi voluntad. Provista de estas nuevas armas, quise ensayarme a
usarlas; no contenta con no dejar penetrar mis ideas, me divertía en
presentarme bajo diversas formas; segura de mis ademanes, ponía cuida-do en mis palabras; arreglaba ambas cosas a las circunstancias, o tal vez,
sólo según mis caprichos. Desde aquel momento yo sola sabía mi modo
de pensar, y no manifestaba sino el que me era útil.
Este trabajo hecho en mí misma había fijado mi atención sobre la
expresión de los semblantes y el carácter de las fisonomías; y con este
ejercicio logré alcanzar una seguridad de vista penetrante, de la cual, sin
embargo, la experiencia me ha enseñado que no debo fiarme enteramente,
pero que, en sus resultados, rara vez me ha engañado.
No tenía aún quince años, ya poseía la habilidad a que la mayor
parte de nuestros políticos deben su reputación, y todavía no sabía sino
los primeros elementos de la ciencia que quería aprender.
Ya se imagina usted que, como hacen todos los jóvenes, yo procuraba
adivinar en qué consistía el amor y sus placeres; pero no habiendo
estado nunca en el convento, no teniendo una buena amiga, y vigilada
siempre por mi cuidadosa madre, no tenía sino ideas vagas, que no podía
fijar; la naturaleza misma, de la que seguramente no he tenido que quejarme
después, no me daba todavía ningún indicio. Se hubiera podido
decir que trabajaba secretamente en perfeccionar su obra.
Mi cabeza sola fermentaba; no deseaba yo gozar sino saber, y el deseo
de instruirme me sugirió los medios.
Comprendí que el único hombre con quien yo podía hablar de esto
sin comprometerme, era mi confesor. Al instante tome mi partido, sofoqué
mi poco de vergüenza, y acusándome de una falta que no había
cometido, le dije que había hecho lo que hacen las mujeres. Estas fueron
mis palabras, pero con ellas no sabía yo misma lo que decía. Mi esperanza
no fue ni del todo engañada ni del todo satisfecha: el miedo de venderme
me impedía iluminarme; pero el buen padre me pintó el mal tan
grande, que concebí que el placer debía ser extremo; y al deseo de saber
sólo en qué consistía, sucedió el de enterarme por mí misma.
No sé hasta donde me hubiera llevado este deseo; y, falta entonces
de experiencia, quizás en una sola ocasión me hubiera perdido: dichosamente
para mí. Pocos días después me anunció mí madre que me iba a
casar; inmediatamente la certeza de que iba a saber Io que deseaba, apagó
la curiosidad, y llegué virgen a los brazos del señor Merteuil.Esperaba con seguridad el instante que debía instruirme, y tuve necesidad
de reflexión, para mostrar embarazo y timidez. Aquella primera
noche, de la que por lo general se forma una idea tan cruel o tan dulce,
no me presentaba sino la ocasión de ganar experiencia: dolores y placeres,
todo lo observaba exactamente, y no veía en estas diversas sensaciones
sino hechos que debía recoger y meditar. Este género de estudio
llegó a gustarme muy pronto; pero, fiel a mis principios, y conociendo,
acaso por instinto, que mi marido debía estar más lejos que ninguno de
mi confianza, resolví, por lo mismo que era yo sensible, mostrarme impasible
a sus ojos. Esta frialdad aparente fue en lo sucesivo el fundamento
más sólido de su ciega confianza; añadí, por nueva reflexión, el
aire de aturdimiento que autorizaba mi edad, y nunca me creyó más niña
que en los momentos en que yo le alababa con más audacia.
Sin embargo, lo confieso, me dejé arrastrar por el torbellino de este
mundo, y me entregué absolutamente a sus fútiles pasatiempos. Pero al
cabo de algunos meses, habiéndome llevado el señor de Merteuil a su
triste casa de campo, el temor de fastidiarme suscitó de nuevo el gusto
por el estudio; y hallándome únicamente rodeada de personas que, por
su distancia de ellas a mí, me ponían a cubierto de toda sospecha, aproveché
esta circunstancia para abrir mayor campo a mis experiencias. Allí
fue donde principalmente me aseguré de que el amor, que nos pintan
como la causa de nuestros placeres, no es, a lo sumo, sino el pretexto.
(...)
Yo rehusé uno y otro partido; y sólo consentí, por la decencia exterior,
en volver a la misma casa de campo, en donde todavía me quedaban
algunas observaciones que hacer. Las fortifiqué por medio de la lectura;
mas no crea usted que fue toda de la especie que se la imagina. Estudié
nuestras costumbres en los romances, y nuestras opiniones en los filósofos;
busqué en los moralistas más severos lo que exigían de nosotros, y así me aseguré de lo que se podía hacer, lo que se debía pensar, y lo que
era preciso aparentar. Fijada una vez en estos tres objetos, el último
solamente presentaba algunas dificultades para la ejecución; esperé vencerlas,
y medité la manera.
Empecé a cansarme de mis rústicos placeres, demasiado uniformes
para la actividad de mi cabeza; sentí la necesidad de volverme coqueta,
para reconciliarme con el amor, no para experimentarle yo misma, sino
para inspirarle y fingirle. En vano se me había dicho, y había yo leído,
que no se podía fingir este sentimiento; veía yo, no obstante, que, para
conseguirlo, bastaba juntar al ingenio de un autor el talento de un cómico.
Me ejercité en ambos géneros, y quizás con algún acierto; pero en vez
de buscar los vanos aplausos de los espectadores, resolví emplear en mi
dicha particular lo que otros sacrificaban a la vanidad.Mi larga soledad y mi austero retiro me habían dado un aire de hipocresía,
que asustaba a nuestros más agradables galanes, todos se alejaban
de mí, dejándome entregada a la multitud de fastidiosos que
aspiraban todos a mi mano. La dificultad no estaba en rehusarlos; pero
muchas de estas repulsas disgustaban a mi familia, y perdía yo en esto,
altercados domésticos el tiempo de que me habla propuesto hacer un uso
tan delicioso. Me fue, pues, preciso, para atraerme a los unos y alejar a
los otros, hacer patentes algunas inconsecuencias, y emplear en dañar a
mi reputación todo el cuidado que pensaba poner en conservarla. Lo
conseguí muy fácilmente, como puede usted pensar; pero no estando
arrebatada por ninguna pasión, no hice sino lo que creí necesario, y medí
con prudencia la dosis de mi aturdimiento.
Luego que logré el fin que deseaba, volví atrás, y atribuí el honor de
mi enmienda a una parte de aquellas mujeres que, no pudiendo ya aspirar
a gustar por sus gracias exteriores, intentan lograrlo por su mérito intrínseco
y sus virtudes. Esta fue una inspiración que me valió más de lo que
yo esperaba. Estas dueñas, reconocidas, se declararon mis apologistas, y
su esmerado celo por lo que llamaban obra suya fue llevado a tal punto,que, a la menor palabra que alguien se permitiese contra mí, todo el
partido de hipocritonas sostenía que era un escándalo, un agravio. Con
igual medio adquirí la aprobación de todas nuestras mujeres presuntuosas,
que, persuadidas de que yo renunciaba a seguir la misma carrera que
ellas, me acogieron por objeto de sus elogios, cuantas veces quisieron
probar que no murmuraban de todo el mundo.
Entre tanto, mi conducta precedente había atraído amantes; y para
manejarme bien entre ellos y mis infieles protectoras, me presenté como
una mujer sensible, pero difícil, a quien el exceso de su delicadeza daba
armas contra el amor.
Entonces empecé a desplegar en el gran teatro las habilidades que
yo misma había adquirido, y mi primer cuidado fue el de ganar el nombre
de invencible. Para lograr este fin, los hombres que no gustaban fueron
siempre los únicos de quienes tuve el aire de aceptar obsequios. Me
servían útilmente para procurarme el honor de haberles resistido, mientras
que me entregaba sin temor al amante que prefería en secreto. Pero a
éste no le permitía nunca mi fingida timidez que se presentase en el
mundo, y las miradas de todos se fijaban siembre en el amante desgraciado.
Usted sabe cuán pronto me decido. Es porque tengo observado
que las atenciones anteriores son casi siempre las que hacen que se conozca
el secreto de las mujeres. Óbrese como se quiera, no es el mismo
tono antes que después del logro. Esta diferencia no se escapa al observador
atento, y he juzgado menos peligroso engallarme en la elección
que hacer que se me penetre. Además, gano con esto el impedir las apariencias
de verdad, por las cuales únicamente se nos puede juzgar.
Estas precauciones, y la de no escribir jamás, podían parecer excesivas,
y yo, sin embargo, jamás las he creído suficientes. Profundizando
mi corazón y estudiando el de otros, he visto que no hay nadie que no
tenga un secreto que le importe que ninguno sepa; verdad que me parece
que la antigüedad ha conocido mejor que nosotros, y de la cual la historia
de Sansón podría ser tal vez un ingenioso emblema. Yo, nueva Dalila, he
procurado, como ella, emplear todo mi conato en sorprender este secreto
importante. Y ¿de cuántos Sansones modernos no he tenido yo los
cabellos en la punta de mis tijeras? Por cierto que son los que ya no temo, y los únicos que me he permitido humillar algunas veces. Mas 
dócil y flexible con los otros, he obtenido su discreción con el arte de
volverlos infieles para que no me crean inconstante, con una amistad
fingida, una confianza aparente, algunos procederes generosos, y la idea
lisonjera, que conserva cada uno, de haber sido mi único amante. En fin,
cuando me han faltado estos medios, he sabido, conociendo que iba a
romper, sofocar de antemano la confianza que estos hombres peligrosos
hubieran podido obtener, ya poniéndolos en ridículo, ya calumniándolos.
(...)
 A estas precauciones, que yo llamo fundamentales, se agregan mil
otras que el lugar o la ocasión proporcionan, y que la reflexión o el há-
bito hacen encontrar cuando se necesita, cuyo pormenor fuera minucioso,
pero cuya práctica es importante, y que es preciso se tome usted el
trabajo de entresacar del total de mi conducta, si quiere llegar a conocerlas.
Pero querer que yo me haya afanado tanto para no coger el fruto;
que habiendo adquirido tanta superioridad sobre las otras mujeres, con
mis trabajos penosos, consienta en arrastrarme con ellas entre la imprudencia
y la timidez; que, sobre todo, tema a un hombre, al punto de no
ver otro medio de salvarme que la fuga, no, vizconde, jamás. Es preciso
vencer o morir. En cuanto a Prevan, quiero tenerle, y le tendré; quiere
publicarlo, y no lo publicará; en dos palabras, es toda nuestra historia.
Páselo usted bien, etc.
En..., a 20 de setiembre de 17...

De Las relaciones peligrosas,  Barcelona, Tusquets, 1989.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char