domingo, 29 de junio de 2014

Nunca imaginé que pudiera haber en ella tantas ideas inexpresadas

PEARL S. BUCK

(Hillsboro, EE.UU., 1892-1973)

De Viento del este, viento del oeste
(Fragmento)

Ayer, después de saludar a mi madre, fui a las habitaciones de la mujer de mi hermano para hacerle una breve visita: no me atrevía a incurrir en la reprobación de mamá visitándola más reposadamente; eso hubiera podido ser causa de que me prohibiera el acceso, sin más ni más, al patio de la extranjera.
            —¿Eres dichosa? —le pregunté.
Sonrió de aquella manera que iluminaba todo su grave rostro, como hace el sol cuando se aleja de la nube que lo ocultaba.
—Casi –contestó–. Por lo menos las cosas no han empeorado. No he vuelto a ver a la madre de mi marido desde la vez en que hube de prepararle el té... Pero mi suegro viene a verme casi todos los días.
—Es necesario ser paciente –dije–. Llegará el día en que mi augusta madre acabará cediendo.
            La expresión de su rostro se endureció repentinamente.
—¡Como si yo hubiese cometido un pecado! –dijo con voz ronca y vibrante–. ¿Acaso es pecado amar y casarse? El padre de mi marido es el único amigo que tengo en esta casa. ¡Es tan amable conmigo! Y preciso de amabilidad, créeme. No puedo aguantar durante mucho tiempo esta opresión.
            Con un ligero movimiento nervioso de su cabeza, echó atrás los cabellos cortos y rubios que le caían sobre la frente. En sus ojos leí una expresión encolerizada. Vi que miraba hacia los otros patios, y seguí la dirección de sus ojos.
       — ¡Míralas, ahí están otra vez! –exclamó–. Para esas yo soy como un juguete, ¡no puedo resistir que me miren así! ¿Por qué vienen siempre a curiosear y a señalarme con el dedo?
Al hablar así me indicaba con la cabeza el Portón de la Luna, donde se habían agrupado las concubinas, y media docena de esclavas con sus niños; pero se veía claramente que miraban en dirección a la extranjera, riendo entre ellas, indiferentes a mi expresión reprobadora, fingiendo no verme. Por último, la extranjera me obligó a entrar, de un empujón, en la estancia, cerrando la pesada puerta a la nariz de las curiosas.
—¡No puedo aguantarlas! –dijo furiosa–. No entiendo lo que dicen, pero sé que hablan de mí desde por la mañana hasta la noche!
Intenté calmarla:
—No prestes atención, son muy ignorantes.
Pero ella sacudió la cabeza.
           —¡Esto está durando ya demasiado! ¡No puedo más!
Frunció el entrecejo y calló, absorta en sus pensamientos. Yo también guardaba silencio, a su lado, en la amplia habitación donde reinaban las sombras. Por último, ya que no acertábamos a decirnos nada, miré a mi alrededor. Se podía ver que había verificado algunos cambios en el local, para darle un aspecto lo más occidental posible. Observé algunos detalles extraños. Por ejemplo: en las paredes había colgado, sin orden ni concierto, algunos cuadros, y entre ellos varias fotografías con marcos. Al darse cuenta de que los miraba su rostro se suavizó.
—Estos son mis padres –dijo–, y aquellas mis hermanas.
—¿No tienes hermanos?
—No, ¡pero qué más da! Nosotros no somos una gente que únicamente se preocupa de los hijos.
No comprendí. Me levanté para mirar los cuadros. El primero reproducía a un anciano de aspecto grave, con una barbita blanca en punta. Sus ojos eran como los de la extranjera, tempestuosos, con los párpados hinchados. Tenía la nariz puntiaguda y calva la cabeza.
—Mi padre es profesor de la Universidad donde encontré por vez primera a tu hermano –dijo, mirando la fotografía con nostalgia–. Al verle en esta habitación, me parece fuera de lugar –añadió en voz baja y temblorosa–. ¡Pero lo que al principio no podía mirar era la fotografía de mi madre!
                            (...)
—¿Tienes muchos deseos de ver otra vez a tu madre? –pregunté discretamente
—No –me contestó–. Ni tan siquiera puedo escribirle.
—¿Y por qué?
—Porque estoy viendo que todos sus temores a propósito de mi casamiento se cumplen. ¡Ni por todo el oro del mundo quisiera que me viese aquí! Si le escribiese leería la verdad entre líneas. Por eso no le he escrito desde que llegué. En nuestro país todo parecía de una manera muy distinta, magnífica (...) ¡Pero mi madre no se sentía muy tranquila, y nunca logramos hacerle perder el miedo!
—¿De qué tenía miedo? –pregunté, perpleja.
—De que yendo tan lejos no fuese yo dichosa, y que los padres de mi marido no aprobaran el casamiento y procurasen hacerme la vida imposible. ¡Y eso es precisamente lo que ocurre! Ignoro a ciencia cierta cómo, pero me parece haber caído entre las mallas de una red. Aquí, confinada entre estas cuatro paredes, mi imaginación vuela. ¿Qué dicen todos los que me rodean? ¿Qué piensan de mí? Quisiera leer en sus rostros pero no lo consigo. ¡Son tan impasibles! Por la noche, hasta me da miedo... A veces veo la cara de mi marido como las demás, liso, impenetrable. Allí, en mi país, parecía uno de los nuestros, pero un poco más fascinante; una amabilidad como no había conocido nunca. ¡Pero aquí! Hay momentos en que me parece verlo cómo se desvanece en las sombras de este extraño mundo. Hasta parece que me huye... ¿Cómo diría?... Siempre estuve acostumbrada a oír expresar con franqueza los sentimientos. ¡Ah, la alegría de vivir! Aquí, por el contrario, todo es silencio, reverencias, miradas oblicuas. Me importaría poco no gozar de libertad, si, por lo menos, supiese lo que todo esto oculta. ¿Sabes?, en cierta ocasión, en mi país, dije que por amor a tu hermano estaba dispuesta a hacerme china u hotentote. ¡Pues bien, no puedo, me es imposible! ¿Seré americana hasta la muerte!
Se desahogaba en mí, con rostro confuso y ademanes convulsivos, tan pronto en su idioma como en el nuestro. Nunca imaginé que pudiera haber en ella tantas ideas inexpresadas. Habló con la fluidez del agua que surge de una roca. Jamás vi a una mujer mostrando su corazón tan al desnudo. Grande era mi turbación, y a esto se unía una vaga sensación de piedad. Estaba allí, pensando en lo que podría contestar, cuando mi hermano compareció de la contigua habitación y, sin prestarme atención, se acercó a la extranjera.
(...)
—Mary, Mary, nunca te oí hablar así. ¿Acaso ya no tienes confianza en mí? En tu país me decías que adoptarías mi nacionalidad compartiéndola conmigo. Si no puedes..., si te es imposible..., pues bien, a fin de año nos jugaremos el todo por el todo y me haré americano como tú. ¡Y si eso no fuese posible, nos iremos a otro país, adoptaremos otra raza, qué más da, con tal de estar juntos... y que nunca puedan dudar de mí, ni de mi amor!
Comprendí estas palabras porque mi hermano habló en chino. Luego empezó a murmurar frases en otro idioma y ya no pude entender lo que decía. Pero vi que la extranjera sonreía, y comprendí que por amor a mi hermano estaba dispuesta a cualquier cosa.                                                                                                        

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Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char