domingo, 8 de noviembre de 2015

Estás en tu mejor momento, pero zumba un mosquito

Mori Ponsowy 

(Buenos Aires, Argentina, 1967)

EL MUNDO INCONTROLABLE 

Una habitación demasiado grande y vacía.
Una casa que no conoces. Ruidos extraños.
Poco basta para disparar tu corazón.
Estás en tu mejor momento, pero zumba un mosquito. Adiós momento: arranca [el corazón y tú, tras él, sin razonar.

Sin despedirte huyes de la casa que ya nunca conocerás. ¿Se aplaca el corazón? A fin de cuentas, quizá no era culpa del mosquito, tanto latir.

En la arquitectura del mundo alguien [cometió un enorme error. Deberían haberte [consultado.

Hacer del planeta un lugar seguro.

Tomas el lápiz. Lo dibujas: una piscina ­ni muy grande, ni muy pequeña­ con agua a la temperatura justa y luces, en una primavera sin vientos. ¿Era tan difícil hacerlo bien? La piscina perfecta. Ese útero al que sueñas con volver.
**
MI MADRE Y YO

Había que hablar del tiempo.
Al fin y al cabo no era tan difícil:
del aguacero inesperado
y de cómo barrió las últimas chicharras,
del picaflor que hizo un nido
en el jardín y venía a la cocina a saludar,
de la flor del apamate,
el perfume de los bucares,
o la dirección del viento.

Había que hablar del tiempo.
Pero qué podía importarme el tiempo,
si me importaban las teorías y los libros,
si me importaba el sexo y, sobre todo,
el acontecer único y descomunal
de mi propio corazón. Al lado suyo,
nada eran las nubes y su dirección
impredecible, los pronósticos
del Observatorio Cajigal
para el día siguiente.

Como ostras en el fondo del mar
cultivamos una perla de silencio entre las dos.
Alguna vez ella intentó acercarse,
abrir apenas su cápsula bivalva,
estirar su seudópodo hasta acariciarme.
Pero era pegajoso y húmedo,
empezaba a tener los signos de la vejez,
y mi piel se erizaba con su tacto. Yo cerraba
mi propia nave. Y hacía crecer la perla.

No se me ocurrió que mi seudópodo era
tan baboso como el suyo, que la carne
de mis brazos pronto también sería pellejos.
Me enorgullecía de esa perla. Era mi grito
de batalla. Me hacía distinta del mundo.
Distinta de ella, que sólo sabía
hablar del tiempo.

Hasta que un sábado no habló más.
Se levantó de la cama
y cayó con un estruendo. Desde el piso,
sus ojos asustados me miraban.
No había gritado. Apenas el brazo
que se le movía solo,
golpeándole el rostro
una y otra vez. Un coágulo,

dijeron los médicos. Después
se fue calmando el brazo y, muy despacio,
ella volvió a caminar. Pero nunca más habló.
Ni siquiera del tiempo.
El mundo era la perla. Mi madre
me miraba, sus ojos tristes llenos de preguntas
que yo no podía adivinar.

Entonces empecé a hablarle del tiempo.
Y fueron ráfagas, fueron soles,
fueron cúmulos y vientos planetarios.
Acaricié sus brazos de piel delgada
una y otra vez. Pasé mis dedos por su pelo.
Estábamos juntas.

Al final de su vida,
mi madre empezó a hablar
en mí.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char