sábado, 5 de noviembre de 2016

El misterio no está en las palabras sino en la página escrita.

JOHN BERGER

(Gran Bretaña, 1926)

"No puedo decirte qué hace el arte y cómo lo hace, pero sé que a menudo el arte ha juzgado a los jueces, vengado a los inocentes y enseñado al futuro los sufrimientos del pasado para que nunca se olviden. Sé también que en ese caso, los poderosos le temen al arte, cualquiera sea su forma, y que esa forma de arte corre entre la gente como un rumor y una leyenda porque encuentra un sentido que las atrocidades no encuentran, un sentido que nos une, porque es finalmente inseparable de la justicia. El arte, cuando obra de ese modo, se vuelve un espacio de encuentro de lo invisible, lo irreductible, lo imperecedero, el valor y el honor."
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El cine se inventó hace cien años. Durante ese tiempo la gente de muchos lugares ha viajado en una escala que no tiene precedentes desde que se establecieran las primeras ciudades, cuando de nómadas pasamos a ser sedentarios. Uno piensa automáticamente en el turismo y en los viajes de negocios ya que el mercado mundial depende del intercambio continuo de productos y trabajo. Pero los viajes han sido mayoritariamente realizados bajo coerción. Desplazamientos de poblaciones enteras. Refugiados huyendo del hambre o de la guerra. Ola tras ola de migrantes emigrando por motivos políticos o económicos, pero emigrando siempre para sobrevivir. El nuestro es el siglo del viaje forzoso. Diría más: el nuestro es el siglo de las desapariciones. El siglo de la gente que ve a otros, cercanos a ellos, desaparecer en el horizonte. “Cada vez que decimos adiós”, como inmortalizó John Coltrane. Quizás no sea sorprendente que la narrativa propia de este siglo sea el cine.
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Cortesía de Horacio Tubbia

El desconcierto de los lectores cuando conocen a un escritor que admiran comienza probablemente con la confusión que produce la verdadera fuente de su autenticidad. No se trata seguramente de su honestidad o su sabiduría; menos aún de su devoción a la belleza o a la estética. Toda escritura "bella" es oscura. La autenticidad proviene de una única fidelidad: la fidelidad a la ambigüedad de la experiencia. La energía radica en el modo en que un acontecimiento lleva a otro. El misterio no está en las palabras sino en la página escrita.
Si a un escritor no lo mueve el deseo de la mayor precisión verbal posible, se le escapa la verdadera ambigüedad de los acontecimientos. No es preciso "acomodar" lo amorfo; ocupa la habitación (o el libro) como un gas. El escritor sólo puede abjurar de las palabras después de haber pedido mucho de ellas. Y en ese momento, lo salva la elocuencia ambivalente del suceso.
Cuando ha terminado de escribir sus páginas, las ambigüedades recíprocas se reúnen dando lugar al misterio. Las mistificaciones resguardan el poder. Los misterios protegen lo sagrado. Cualquier escritor cuya palabra produzca la credibilidad a la que me refiero ha sido movido por la sencilla convicción de que la vida misma es sagrada. Ese es el punto de partida.
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(Fragmentos extraídos de CADA VEZ QUE DECIMOS ADIÓS, de JOHN BERGER. Traducción de Graciela Speranza. Ediciones de la Flor)
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char