martes, 20 de enero de 2015

Podéis llamarme ‘Pasteur’

JESÚS ESPINOSA
(Madrid, España, 1962)

A nadie la espalda, si nadie la desea.
Nunca más mis miedos, aunque me los pidan
por humanos y buenos, por bien nacidos.
Doy el aire por respirado.
Libero mis manos sobre la tierra.
Dejo mis hombros en la escalera.
Mis ojos al fuego.
La lengua lejos de mi boca.
Aun más lejos dejo mis labios.
Callad todos si mis palabras descansan blancas y negras.
Dejad que el viento se lleve lo que he sabido.
No os preocupéis por mí.
La he perdido.
***
Arderá mañana

Tú le pones nombre al pájaro y adivinas si es libre o preso por su trino
Soy yo quien vive en el corazón del pájaro
 Wendy Guerra

no todo se posee, ni se retiene,
las palabras significan,
las personas a veces no aceptan
 Belén Gopegui

Enemigos de las tempestades, tomad asiento.
No os voy a hablar de la sinceridad;
la maldicen los nuevos futuristas
y los celadores ciegos; basta.

Quiero hablar de mañana,
de la confianza.

Se oye un portazo.
Se oye un latido.
Nada más se oye.

Arde el aire bajo la lluvia.
Están quemando el algodón y las vacunas.

Aun con fiebre alta, me pongo una prenda
negra de abrigo, y salgo del teatro a luchar,
incondicionalmente libre.

Podéis llamarme ‘Pasteur’.
 ***
Regreso al final de la noche

Toma cualquier camino, cualquier cumbre y pregunta al árbol que quieras.
 ¿Me oyes? Todos los caminos de la tierra conducen a mi corazón.
No te distraigas mirando la luz. ¿Me oyes?... ¡Vuelve!
 Nikíforos Vrettacos

De te fabula narratur
 Horacio

He vuelto como consejo después de diez años
en Xanadú. Allí, mi natural asilvestrado se puso jardín.
Cambió el color de mis ojos, de amarillos a té con limón.
En el camino de regreso a casa, los girasoles se rieron de mí;
se partió algún roble, de los que me recordaban
con el cabello largo y mi tradicional ropaje muy alarmante;
las hierbas chicas del sendero se comieron entre sí, antes
de verse pisadas por un pisaverde
vestido para algún tipo de ocasión.
Cuando quemé el chaleco y los pantalones príncipe de Gales,
cesaron las catástrofes naturales y empezó a diluviar.
Pasé frío, mordí moscas espantadas, se me arrugó el pañuelo.
Eso es regresar, y no parar un camión en California, que es ir,
acaso viajar. Como hay que transformarse en los caminos
—disposición perpetuada tercera del Preámbulo—,
estudié pintura en vez de echarme a la mar,
que es un morir demasiado aventurado para mí.
Pero lo dejé, el día en que Damien Hirst quiso abrirme en canal
y volcar mi bandullo sobre un espejo destemplado.
Una vez en casa, me sentí muy feliz: mi biblioteca seguía allí,
tal como la dejé, congelada. Con un buen microondas,
voy releyendo, voy recordando. Pasaron los días con sus noches,
menos uno: me dormí y soñé contigo; con tu boca abierta contigo,
con tus largas piernas desiertas, y tu vientre como canciones
que nos acogen para reír y soñar, para gozar y tener dos pulmones.
Estoy leyendo los ensayos de Montaigne, y lloro.
Me recuerdan a ti. No sé qué haces en Xanadú,
como una rosa sin alas.
 ***
Los títulos de invierno

Amamos las casas llenas hasta arriba
o vacías totalmente,
no soportamos las mentes sanas.
 Pablo Fidalgo

Entré en el teatro de arte y ensayo
como un hombre en una carnicería.
Una señora de pocas palabras me preguntó
qué hacía. Le contesté que, además de escucharla,
no hacía nada. —Y, ¿entonces? —gritó.
—Sobreviví a un campo de trabajo. Luego, pensé
que la vida no da nada a cambio de nada; y descubrí
que el hombre no es un lobo para el hombre, sino un
escorpión para las ranas; un mal bicho
para los árboles que han perdido todas su ramas,
y para su propio pelo. Maltratamos nuestra única
cabellera sin ningún sentido. También los riñones.
Cuando no forzamos la voz y nos destrozamos
la garganta. —No necesitamos
a nadie de sus características —me dijo ella.
—¿Tengo, entonces, que volver a mi rústica oficina;
donde me humillan haciéndome encender fuegos
con dos piedras azules, una de ellas rota?
—En realidad, sólo tiene que marcharse
de aquí —concluyó.
En la calle (reacia a dejarme caminar con presteza,
pues había llovido, y los adoquines bailaban),
no pasé frío; ya en el puente, me descalcé,
y me tiré al río. Nadé hasta tu casa
para casarme contigo.
Menos mal que me dejaste entrar.
Eché a la chimenea la camisa de los domingos,
los pantalones, los calcetines y los calzoncillos.
Gracias a tus cuidados me curé del tifus,
de la malaria, del Beri-Beri, de la neblina, de la nostalgia,
de hablar a destiempo y sin ganas, de todo el mundo,
de quienes no saben qué hacer para tener una muerte digna,
y de nada más. Hemos sido muy felices: tú con tus libros,
yo con mis hijos. Sólo hace falta
que aprendamos a hablar el mismo idioma
bajo un mismo tejado. Aunque me gustaría follar
bajo la lluvia; follar y beber al mismo tiempo.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char