lunes, 13 de abril de 2015

Qué cosa impía y machacada eras, mi Girasol

ALLEN GINSBERG
(Estados Unidos, 1926-1997)


Prólogo

Cuando él era más joven y yo era más joven, conocí a Allen Ginsberg, joven poeta que vivía en Paterson, New Jersey, donde él —hijo de un conocido poeta— había nacido y crecido. Era de constitución frágil y estaba muy afectado por la forma en que la vida se había mostrado ante él en Nueva York, en los años que siguieron a la primera guerra mundial. Estaba siempre a punto de irse a alguna parte, no parecía importar dónde; me preocupaba, nunca pensé que fuera a vivir para crecer y escribir un libro de poemas. Su habilidad para sobrevivir, viajar y continuar escribiendo me deja atónito. El que haya seguido desarrollando y perfeccionando su arte no me resulta menos asombroso. Ahora, quince o veinte años después, aparece con un poema impresionante. Según toda evidencia, ha estado, literalmente, en el infierno. Por el camino se encontró con un hombre llamado Carl Solomon, con el que compartió, entre los dientes y los excrementos de su vida, algo que no puede describirse más que con las palabras con las que él lo ha hecho. Es un alarido de derrota. Y no es en absoluto una derrota, ya que ha pasado por la derrota como si fuera una experiencia corriente, una experiencia trivial. Todo el mundo en esta vida es derrotado alguna vez, pero un hombre, si es un hombre, no es derrotado. Es el poeta, Allen Ginsberg, el que ha pasado con su propio cuerpo a través de las horribles experiencias que describen la vida en estas páginas. Lo más asombroso de la cuestión no es el que haya (8) sobrevivido, sino el que en las mismísimas profundidades haya encontrado un compañero al que poder amar, amor que canta en estos poemas sin apartar la vista. Podéis decir lo que queráis, pero nos demuestra que a pesar de las experiencias más degradantes que la vida puede ofrecer a un hombre, el espíritu del amor sobrevive para ennoblecer nuestras vidas, si tenemos la inteligencia, y el valor, y la fe, ¡y el arte! de perseverar. Es la fe en el arte de la poesía la que ha ido de la mano de este hombre hasta su Gólgota desde aquel osario en todo punto semejante al de los judíos en la última guerra. Pero esto transcurre en nuestro propio país, una de nuestras más queridas guaridas. Estamos ciegos y vivimos nuestras ciegas vidas en total oscuridad. Los poetas están malditos, pero no están ciegos; ven con los ojos de los ángeles. Este poeta ve con toda lucidez los horrores, en los que participa en los detalles más íntimos de su poema. No elude nada sino que lo apura hasta las heces. Lo contiene. Lo reclama como suyo y, creemos, se ríe de ello y tiene el tiempo y la audacia de amar a un compañero de su elección y de dejar constancia de este amor en un buen poema. Remangaros las faldas, Señoras mías, vamos a atravesar el infierno.
                                                                                             WILLIAM CARLOS WILLIAMS
***
Sutra del girasol  


Caminé por las orillas del muelle de latas y bananas y me senté bajo
                la inmensa sombra de una locomotora de la Southern
                Pacific para observar el ocaso sobre las colinas de casas
                como cajas de zapatos y llorar.
Jack Kerouac estaba sentado junto a mí sobre un poste de hierro,
                roto y herrumbroso, compañero, pensábamos los mismos
                pensamientos del alma, desolados y sombríos y con la
                mirada triste, rodeados por las nudosas raíces de acero de
                árboles de maquinaria.
La aceitosa agua del río reflejaba el cielo enrojecido, el sol se hundió
                sobre los picos finales de Frisco, no hay peces en ese
                arroyo, no hay ermitaño en esos montes, tan sólo nosotros
                mismos con ojos legañosos y resaca como viejos vagabundos
                en la ribera del río, cansados y taimados.
Fíjate en el Girasol, dijo él, había una sombra gris y muerta
                recortándose contra el cielo, grande como un hombre,
                erguida seca en lo alto de una montaña de viejísimo
                serrín —
— Subí encantado atropelladamente —era mi primer girasol, recuerdos
               de Blake— mis visiones — Harlem
e Infiernos de los ríos del Este, puentes campaneantes Grasientos
               Sándwiches de Joe, difuntos coches de niño, ruedas negras
               y sin dibujo olvidadas y sin recauchutar, el poema de la
               ribera, condones & cacerolas, cuchillos de acero, nada
               inoxidable, sólo el hediondo cieno y los artefactos afilados
              como cuchillas en tránsito hacia el pasado —
y el Girasol gris apostado contra el ocaso, resquebrajable desolado y
              polvoriento con el tizne y la contaminación y el humo de
              antiguas locomotoras en su ojo —
corola de indistintas púas dobladas y rotas como una corona
              machacada, las semillas caídas de su faz, boca que
              prontamente estará desdentada de soleado aire, rayos de
              sol obliterados sobre su peluda cabeza como una reseca
              tela de araña de alambre,
hojas extendidas como brazos saliendo del tallo, gesticulaciones de la
              raíz de serrín, trozos rotos de yeso caídos de las negras
              ramitas, una mosca muerta en su oreja,
Qué cosa impía y machacada eras, mi Girasol. ¡Oh mi alma, te amé
              entonces!
La mugre no era mugre de hombre alguno sino muerte y humanas
              locomotoras,
todo aquel traje de polvo, aquel velo de oscurecida piel de vía férrea,
              aquella polución de la mejilla, aquel párpado de negra
              miseria, aquella enhollinada mano o falo o protuberancia
              de algo artificial peor que la mugre —industrial— moderno—
              toda aquella civilización moteando tu delirante
              áurea corona —
y aquellos desolados pensamientos de muerte y polvorientos ojos sin
              amor y extremos y raíces resecas debajo, en el amontonamiento-
              hogar de arena y serrín, billetes de a dólar de
              goma, pellejas de maquinaria, las tripas y entrañas del
              sollozante y doliente automóvil, las vacías y solitarias latas
              con sus oxidadas lenguas ¡ay!, qué más podría yo citar, las
              ahumadas cenizas de algún cigarro pene, los coños de las
             carretillas y los lechosos pechos de los automóviles, culos
             desgastados de sillas & esfínteres de dinamos —todos
             éstos enredados entre tus momificadas raíces — ¡y tú ahí
             erguido ante mí en la puesta del sol, toda tu gloria en tu
             forma!
¡Una perfecta muestra de belleza de girasol! ¡una perfecta excelente
             adorable existencia de girasol! ¡un dulce ojo natural para
             la nueva luna enrollada despertó vivo y excitado aferrando
             en las sombras del ocaso la mensual brisa dorada del
             amanecer!
¿Cuántas moscas zumbaron a tu alrededor inocentes de tu mugre,
             mientras maldecías a los cielos del ferrocarril y de tu alma
            de flor?
¿Pobre flor muerta? ¿cuándo olvidaste que eras una flor? ¿cuándo
            miraste tu piel y decidiste que eras una sucia y vieja
            locomotora impotente? ¿el fantasma de una locomotora?
           ¿el espectro y la sombra de una otrora poderosa y demente
           locomotora americana?
Jamás fuiste una locomotora, Girasol, ¡fuiste un girasol!
Y tú locomotora, tú eres una locomotora, ¡no olvides lo que te digo!
De modo que arranqué el girasol delgado como un esqueleto y lo
           sujeté a mi costado como un cetro,
y entono mi sermón frente a mi alma, y también frente a la de Jack,
           y de la de quienquiera que desee oírlo,
— No somos nuestra piel mugrienta, no somos nuestra desolada
           terrible polvorienta locomotora sin imagen, todos somos
           hermosísimos girasoles dorados en nuestro interior, estamos
           benditos por nuestra propia semilla & nuestros
           dorados y peludos desnudos cuerpos de logro que crecen
           para transformarnos en dementes girasoles formales en el
          ocaso, espiados por nuestros ojos bajo la sombra de la
          loca locomotora ocaso de ribera en Frisco visión colínica
          de latas al anochecer sentados.

Berkeley, 1955
***
Sunflower Sutra

I Walked on the banks of the tincan banana dock and sat
               down under the huge shade of a Southern Pacific
               locomotive to look at the sunset over the box
               house hills and cry.
Jack Kerouac sat beside me on a busted rusty iron pole,
              companion, we thought the same thoughts of the
              soul, bleak and blue and sad-eyed, surrounded
              by the gnarled steel roots of trees of machinery.
The oily water on the river mirrored the red sky, sun sank
             on top of final Frisco peaks, no fish in that
             stream, no hermit in those mounts, just ourselves
             rheumy-eyed and hungover like old bums on the
             riverbank, tired and wily.
Look at the Sunflower, he said, there was a dead gray
             shadow against the sky, big as a man, sitting dry
             on top of a pile of ancient sawdust —
— I rushed up enchanted — it was my first sunflower,
             memories of Blake — my visions — Harlem
and Hells of the Eastern rivers, bridges clanking Joes
             Gresy Sandwiches, dead baby carriages, black
             treadless tires forgotten and unretreaded, the
             poem of the riverbank, condoms & pots, steel
             knives, nothing stainless, only the dank muck
             and the razor sharp artifacts passing into the
             past —
and the gray Sunflower poised against the sunset, crackly
             bleak and dusty with the smut and smog and
             smoke of olden locomotives in its eye —
corolla of bleary spikes pushed down and broken like a
             battered crown, seeds fallen out of its face,
             soon-to-be-toothless mouth of sunny air, sunrays
             obliterated on its hairy head like a dried wire
             spiderweb,
leaves stuck out like arms out of the stem, gestures from the
             sawdust root, broke pieces of plaster fallen out
             of the black twigs, a dead fly in its ear,
Unholy battered old thing you were, my sunflower O my
             soul, I loved you then!
The grime was no man’s grime but death and human
             locomotives,
all that dress of dust, that veil of darkened railroad skin,
             that smog of cheek, that eyelid of black mis'ry,
             that sooty hand or phallus or protuberance of
             artificial worse-than-dirt—industrial—modern
             —all that civilization spotting your crazy
             golden crown —
and those blear thoughts of death and dusty loveless eyes
             and ends and withered roots below, in the homepile
             of sand and sawdust, rubber dollar bills,
             skin of machinery, the guts and innards of the
             weeping coughing car, the empty lonely tincans
             with their rusty tongues alack, what more could
             I name, the smoked ashes of some cock cigar,
             the cunts of wheelbarrows and the milky breasts
             of cars, wornout asses out of chairs & sphincters
             o f dynamos — all these
entangled in your mummied roots — and you there
             standing before me in the sunset, all your
             glory in your form!
A perfect beauty of a sunflower! a perfect excellent lovely
             sunflower existence! a sweet natural eye to the
             new hip moon, woke up alive and excited
             grasping in the sunset shadow sunrise golden
             monthly breeze!
How many flies buzzed round you innocent of your
             grime, while you cursed the heavens of the
             railroad and your flower soul?
Poor dead flower? when did you forget you were a flower?
             when did you look at your skin and decide you
             were an impotent dirty old locomotive? the
             ghost of a locomotive? the specter and shade of
             a once powerful mad American locomotive?
You were never no locomotive, Sunflower, you were a
             sunflower!
And you Locomotive, you are a locomotive, forget me not!
So I grabbed up the skeleton thick sunflower and stuck it
             at my side like a scepter,
and deliver my sermon to my soul, and Jack’s soul too,
             and anyone who’ll listen,
— We’re not our skin of grime, we’re not our dread bleak
             dusty imageless locomotive, we’re all beautiful
             golden sunflowers inside, we’re blessed by our
             own seed & golden hairy naked accomplishmentbodies
             growing into mad black formal sunflowers
             in the sunset, spied on by our eyes under
             the shadow of the mad locomotive riverbank
             sunset Frisco hilly tincan evening sitdown vision.


Berkeley 1955
***
En Aullido y otros poemas
Traducción: Katy Gallegos
Cortesía de Paseante libros y Sandra Isabel Ragusa.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char