lunes, 6 de julio de 2015

Ya que huimos más velozmente aún que lo que huye

RAÚL GUSTAVO AGUIRRE
(Buenos Aires; Argentina, 1927- Olivos, provincia de Buenos Aires, 1983)
Otros poemas



Honor a los que cantan contra sus puños crispados.

«Soy tuya, pero tú no existes». Ante la tristeza de esta alondra, fue preciso inventar la noche.

(«Fiesta asesinada, fiesta asesinada». A menudo tropiezas con este rumor.)

**
En nuestro tiempo sangrante, la afición por la basura y el convencimiento de que no hay más que eso reclutan prosélitos cada vez más poderosos. El poeta vive entre ellos como una rara especie de 
farsante desinteresado.
*
Casandra no se pierde en sus profecías, sino en
sus lágrimas.

*
LA BOBA
La boba toma sol en su balcón.
Lee, pero se cansa.
El sol es negro, el libro es negro:
tiene que preguntar por qué es así.

Después bosteza largamente
y acaricia su gato
mientras alrededor se mueren todos.
*
LA NOCHE CONSTELADA
Un tiempo sin medida va conmigo y de pronto
abre y cierra sus valvas: los cielos de Van Gogh
surgen entonces, me saludan y me anuncian
con exquisita cortesía: Vas a morir, porque es
tan cierto
que vives y que vives y que vives.
(Y yo, qué no daría
por tocar esos astros, por sentir su crujido,
su no ser mi mirada. Y por el sentimiento
de estar ahí qué no daría.
Qué no daría por un rayo de sol, porque ese roce
con lo que es no esté sobreentendido,
y porque el fuego sea fuego
por vez primera, y doloroso su encuentro para
siempre.
Qué no daría por un signo de la verdad, por un 
certero
fogonazo en el centro del cosmos y del alma,
que a la memoria alguna vez alcance, ya que huimos
más velozmente aún que lo que huye).
El mar
es siempre muerto y silencioso.
*
POR ÚLTIMO
Haber dejado una moneda de fuego en la mano
de otro,
haber atado ciertos hilos de amor y resplandor,
haber perdido algo
al salir de la casa vacía.

Haber estado, haber acompañado,
haber estado complicado con el viento que siempre
tiene razón,
con la tierra y el agua y con la hierba que siempre
tienen razón.

No haber cumplido años lejos de sí mismo,
no importa si de rodillas o en medio del pantano
pero cerca de sí,
o entre asuntos pendientes o torcidos desde
el comienzo,
pero masticados con tus dientes.

No importa ser un objeto más o menos clasificable
despreciable por los que deciden,
no importa ser superado, masacrado, tergiversado,
desmentido,
con todo eso se hace la verdad.

No importa ser interrumpido
si estás al pie del árbol gigante en el día sin fin,
al pie del árbol de piedras preciosas del sueño que
sólo pertenece a los hombres,
y si has podido hablar con esas piedras
y acompañar hasta su casa a alguien
en un momento duro de la noche (y vivía tan lejos).

No importa que no haya solución para nadie ni
perdón para nadie,
ni si al fin estás solo en las salinas de la madrugada
haciendo todo lo posible para que salga el sol,
para que estos rostros queridos no se hundan en los
rápidos de la nada
que acecha tanta maravilla.
*
YA NO TE GUARDARÉ
Ya no te guardaré, se deshizo la música
donde me pareció que estabas.
Eran cristales rotos, o arena, no sé bien:
yo pisé y comprendí.

Comprendí con asombro que el tiempo se estiraba
desesperado y sin sentido
y que yo no era nadie
excepto el que te amó.

Eran cristales rotos, piedras o desventuras,
eran cuerpos enormes o cenizas, no sé.
Yo pisé y comprendí.
*
Estás cansado y no ves bien
Algunos te esperaban y no llegaste a tiempo
Algunos te esperaban
Abrirían sin miedo la puerta
Abrirían sin miedo su corazón
Y tú también pero eres torpe
Pierdes las señas que te dieron
Pierdes el regalo en el viaje
Y terminas llorando en un bar.
Adiós
La intensidad te excede
La altura te da miedo
El sol te aplasta si te encuentra
Tal vez tiene razones para huir
Para estar aterrado.
*
HIPÍAS

La ambigüedad es mi reino.
Entre las complacencias de la noche
vivo sin iluminar
como un insecto que no tiene
fosforescencia sino mente
y silencio.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char