miércoles, 30 de septiembre de 2015

¿Son correctas estas ideas, o incorrectas?

THOMAS STEAMS ELIOT
(St. Louis, Missouri, EE.UU., 1888-Londres, Inglaterra, 1965) 

Retrato de una dama

Thou hast committed—
Fornication: but it was in another country,
And besides, the wench is dead.
The Jew of Malta

I
En medio del humo y la niebla de una tarde de diciembre
Permites que la escena —como sería natural— se componga por sí misma
Con un “He reservado esta tarde para usted”.
Cuatro velas de cera arden en el cuarto de las sombras,
Cuatro aros de luz en lo más alto del techo:
La atmósfera de la tumba de Julieta
Preparada para todas las cosas que se dirán, que quedarán sin decirse.
Hemos dejado, por ejemplo, que el Último Polaco
Transmitiera los Preludios a través de los cabellos
de ella, de las yemas de sus dedos.
“Este Chopin es tan íntimo que creo que su alma
Debe resucitar solamente para los amigos,
quizá para dos o tres, que no perturben esa lozanía
tan manoseada y cuestionada en la sala de conciertos.”
—Y así se desliza la conversación,
veleidosa, con un cuidadoso y reprimido arrepentimiento,
A través de los matices atenuados de los violines
Que se mezclan con las remotas trompetas.
Y comienza.

“No sabe cuánto significan para mí, ellos, mis amigos,
y qué curioso, qué curioso y qué extraño encontrar
una vida conformada así, de desviaciones y finales
(Pues sin duda eso no me gusta… ¿Lo sabía? ¡No está ciego!
¡Qué amable de su parte!),
Encontrar a un amigo con esas cualidades,
Que tenga y que ofrezca
Las cualidades en las que habita la amistad.
¿Qué tanto significa para usted que diga esto?
Sin esas amistades, la vida… ¡qué cauchemar!”

Entre el serpenteo de los violines
Y las ariettes
De trompetas fracturadas
En mi cabeza un estúpido tom-tom comienza
Absurdamente a martillar un preludio por sí mismo,
Caprichoso monótono
Que es al menos una bien definida “false note”.
—Tomemos el aire en un éxtasis de tabaco,
Admiremos los monumentos,
Discutamos los últimos hechos,
Pongamos nuestros relojes con los relojes públicos.
Luego sentémonos media hora y bebamos de nuestras jarras.


II
Ahora que las lilas florecen
Ella tiene en su cuarto un jarrón con lilas
Y gira una entre sus dedos mientras habla.
“Ah, mi amigo, no sabe usted, no sabe
Lo que es la vida, usted que la tiene entre las manos.”
(Lentamente gira los tallos de las lilas.)
“Usted deja que fluya, la deja fluir,
y su juventud es cruel, sin remordimientos,
Y sonríe ante situaciones que la juventud no puede ver.”
Sonrío, por supuesto,
Y tomo el té.
“Aunque estos atardeceres de abril me recuerdan
De algún modo mi vida enterrada, y París en primavera,
Siento una paz inmensa, y encuentro que el mundo
Es, después de todo, maravilloso y joven.”

La voz regresa como la desafinación insistente
de un violín roto en una tarde de agosto:
“Estoy segura, siempre, de que usted entiende
Mis sentimientos, segura siempre de que algo siente,
Segura de que tiende su mano por sobre las aguas del abismo.

Usted es invulnerable: no tiene talón de Aquiles.
Usted continuará y, cuando logre su permanencia,
Podrá decir: en este punto más de uno ha fracasado.

Pero ¿qué tengo yo, qué tengo, amigo,
que pueda darle, y que pueda usted recibir?
Sólo la amistad y la simpatía
De alguien que se acerca al final del viaje.

Me sentaré aquí, a servir el té a los amigos.”

Tomo el sombrero: ¿cómo acotar, cobardemente,
Lo que apenas me dijo?
Me verán cualquier mañana en el parque
Leyendo las tiras cómicas y la página deportiva.
Noto con particular interés
Que una condesa inglesa salta a la palestra,
Un griego fue asesinado en un baile de polacos,
Otro defraudador de bancos confesó.
Mantengo el semblante,
Permanezco impávido,
Excepto cuando un piano callejero, mecánico y cansado,
Reitera alguna canción desgastada hasta el absurdo,
Que en el olor de los jacintos, a través del jardín,
evoca las cosas que otras personas han deseado.
¿Son correctas estas ideas, o incorrectas?


III
La noche de octubre cae; regresa como antes,
Excepto por la ligera sensación de estar confortablemente enfermo.
Galopo las escaleras y giro la perilla de la puerta
Y siento como si hubiera galopado sobre manos y rodillas.
“Así que se va lejos. ¿Cuándo piensa regresar?
Pero es una pregunta inútil.
Apenas sabe usted cuándo regresará:
tendrá mucho que aprender.”
Mi sonrisa se desploma en medio del bric-à-brac.

“Quizá pueda escribirme.”
Mi seguridad parpadea durante un segundo;
Ocurrió lo que imaginaba.
“Me he preguntado con frecuencia, últimamente
(¡Pero nuestro principio nunca ve nuestro final!)
Por qué no nos hemos hecho amigos.”
Me siento como el que sonríe y de repente, al volverse,
se encuentra con su cara en el espejo.
Mi seguridad palidece: de verdad nos encontramos a oscuras.

“Porque todos lo decían, todos nuestros amigos,
Todos estaban seguros de que nuestros sentimientos serían
¡Tan estrechos! Yo misma apenas puedo entenderlo.
Ahora debemos dejárselo al destino.
Usted escribirá cuanto desee.
Quizá no sea demasiado tarde.
Yo me sentaré aquí, y serviré el té a los amigos.”

Y deberé adoptar una apariencia y otra, cambiar,
Encontrar una expresión… bailar, bailar
Como oso bailarín,
Gritar como una cotorra, farfullar como un mono.
Tomemos el aire en un éxtasis de tabaco…

¡Bien! ¿Y qué si ella muere alguna tarde,
Una tarde gris y humeante, una noche amarilla y rosada;
Si muere y me deja sentado con una pluma en la mano
Y con el humo que baja de los tejados de las casas,
Vacilante, sin saber qué sentir
Durante un momento, sin saber si entiendo
o si fue algo sabio o estúpido, tardío o prematuro…?
Después de todo, ¿no tiene ella la ventaja?
Esta noche es la perfecta “tarde que muere”,
Ahora que hablamos de morir…
¿Y tengo el derecho de sonreír?

Versión de Rafael Menjívar Ochoa. Publicada en Alkimia, San Salvador, 2000.

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char