martes, 2 de agosto de 2016

Así estamos, Montale, hambrientos de pasión

Graciela Cros



EL TÉ

Cuando Marianne y su madre /Mrs. Moore/ conversan
a través del vapor que se alza de las tazas
algo liviano se instala en el cuadro
por momentos
doméstico

Hablan
como si lo que dicen
antes hubiera sido escrito

“Tendremos que salir bajo el paraguas de nuestro contagio” / propone la anciana
y Miss Moore la consiente
entre cortos suspiros

Mis hijas entran
y escucho sus voces
incorporándose a la escena:

“No te olvides que un hombre debe ser leído
 Hay que leerlo / no sólo escucharlo
 Su voz no siempre es su palabra”
responde una a la otra
y advierto que hablan
como si lo que dicen
antes
hubiera sido escrito.

(de Libro de Boock, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2004).
***
Pre-texto de Eugenio

Duermo poco, Montale, y duermo mal.
En mi desvelo hay una mujer.
Está sentada en la terraza de un café
y mientras bebe su cerveza, llora.
Lejos, en Cinque Terre, los campesinos vuelven.
Y en el verano de Monterosso arde
la siesta de los niños.
¿Te acuerdas, Montale, te acuerdas?
La mujer del café se me parece.
¿Llorando frente a un hombre que no ofrece la mano?
Hemos llegado a ese lugar donde todo es insomnio.
Disimulamos el dolor como si fuera una ridícula renguera.
¿Ya no conmueve a nadie este argumento?
Así estamos, Montale, hambrientos de pasión
y aún esperando.
La mujer que bebe su cerveza mientras llora
nos obliga a comprender los signos.
Entonces, que nos coma la loba de una vez.
Que venga ésa que puede y nos desgarre.
¿Lograremos atravesar el desierto?
¿Seguiremos sangrando por las botas?
¿En qué despachos de la anestesia
estallará el escándalo?
Es el fin de la estación.
Nos parecemos más y más a nuestros padres.
¿Dónde hallar el descanso?
¿Lo encontraste Eugenio en Monterosso,
En Cinque Terre, en el Tirreno indiferente
y vasto, acaso en Clizia, en La Mosca?
¿Dónde hallar esa mano que suave acaricie
y perdone?
Entonces, que nos coma la loba de una vez.
Que venga ésa que puede y nos desgarre.
Que nos dé más, más.
Yo quiero verlo rápido, Eugenio.
Estoy gritando en el quirófano de los suicidas.
La mujer del café me escucha y levanta la mirada.
Sonríe y termina su cerveza mientras llora.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char