lunes, 12 de septiembre de 2016

Se escribe con la cabeza

GUSTAVE FLAUBERT
(Ruan, Alta Normandía, Francia, 1821-Croisset, Baja Normandía, id., 1880)


Carta de GUSTAVE FLAUBERT a IVAN TURGUÉNEV

Miércoles, 13 de noviembre, 1872
Su última carta me ha enternecido, mi buen Turguéniev. Gracias por sus exhortaciones, pero ¡ay, me temo que mi mal es incurable! Aparte de mis motivos personales de aflicción (la muerte, en tres años, de casi todas las personas que yo quería), el estado social me abruma.-
Sí, así es. Quizá sea tonto. Pero es así.
La Estupidez pública me desborda. Desde 1870 me he convertido en un patriota. Al ver como mi país se hundía, me he dado cuenta de que le amaba. Rusia puede desmontar sus fusiles. No necesitamos de ella para que nuestro país muera.
El desconcierto de la Burguesía es tal, que ni siquiera tiene el instinto de defenderse.- Y lo que venga será peor. Tengo la misma tristeza que tenían los patriotas romanos en el siglo cuarto.
Siento ascender del fondo de la tierra una irremediable barbarie. Espero haber reventado antes de que esa barbarie se lo haya llevado todo. Pero, mientras tanto, no es muy divertido. Nunca los intereses del espíritu han importado menos. Nunca el odio a cualquier grandeza, el desdén por lo bello, la aversión, en fin, a la literatura han sido tan palpables.
Siempre he procurado vivir en mi torre de marfil. Pero una marea de mierda bate ahora sus muros hasta el punto de derrumbarla. No se trata de política, sino del estado mental de Francia. ¿Ha leído la circular de Simon relativa a una reforma de la instrucción pública? El párrafo dedicado a los ejercicios corporales es más largo que el que se refiere a la literatura francesa.
Todo un síntoma.
En fin, mi querido amigo, si usted no viviera en París, pondría inmediatamente mi piso a disposición del casero. Si he seguido hasta ahora con él, es sólo por la esperanza de poder verle alguna vez.
No puedo charlar con nadie sin encolerizarme y todo lo que leo sobre la actualidad me enfurece. Estamos arreglados. -Lo que no me impide preparar un libro en que procuraré escupir bilis. Querría charlar con usted. Como ve, no me dejo ganar por el desaliento. Si no trabajara, acabaría arrojándome al río con una piedra al cuello.- 1870 ha enloquecido a mucha gente, ha vuelto a muchas personas imbéciles o enragés. Yo soy de los últimos. Yo estoy en esta última categoría. Esto es lo verdadero.
Supongo que tengo aburrida a la excelente señora Sand por mi mal humor. Hace tiempo que no oigo hablar de ella ¿Cuándo se representa su obra de teatro? ¿A principios de diciembre, quizá? En esa época espero hacer a usted una visita. Hasta entonces, procure soportar esa gota, mi pobre querido amigo, y crea en mi afecto.
Su
Gve Flaubert
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Croisset, 12 de junio de 1852.

(…) Desde la época en que escribía preguntándole a mi criada las letras que había que emplear para trazar las palabras de las frases que yo inventaba, hasta esta noche en que la tinta se seca sobre las tachaduras de mis páginas, he seguido una línea recta, incesantemente prolongada y trazada a cordel a través de todo. Siempre he visto la meta retroceder ante mí, de año en año, de progreso en progreso. ¡Cuántas veces he caído de bruces en el momento en que me parecía tocarla! No obstante, siento que no debo morir sin haber hecho rugir en alguna parte un estilo como el que oigo en mi cabeza, y que será capaz de dominar la voz de los loros y de las cigarras. Si alguna vez llega ese día que esperas, en que la aprobación de la multitud siga a la tuya, las tres cuartas partes y media del placer que yo obtenga se deberán a ti, pobre mujer, querida mujer, que tanto me has querido. Mi corazón no es ingrato; jamás olvidará que mi primera corona la trenzaste tú, y la colocaste sobre mi frente con tus mejores besos. Pues bien: hay cosas más próximas, que anhelo más que todo ese estrépito que se comparte con tanta gente. ¿Acaso sabe uno, por muy conocido que sea, cuál es su justo valor? Las incertidumbres sobre uno mismo que se sienten en la oscuridad se llevan hasta que se es célebre. ¡Cuántas gentes, entre las mejores, han muerto devoradas por esa incertidumbre, empezando por Virgilio, que quería quemar su obra! ¿Sabes lo que aguardo? Es el momento, la hora, el minuto en que escriba la última línea de alguna obra mía extensa, como Bovary u otras, cuando, recogiendo de inmediato todas las hojas, iré a llevártelas, a leértelas con esa voz especial con la que me arrullo, y me escucharás, y te veré enternecerte, palpitar, abrir los ojos. De todos modos, limitaré a eso mi goce.

Flaubert-Turguéniev Correspondencia, traducción de Danielle Lacascade y Francisco Díez del Corral para Mondadori.
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CARTAS A LOUISE COLET. (1821-1880)

16 de noviembre de 1852.
(…)

 Se escribe con la cabeza. Si el corazón la calienta, mejor; pero no hay que decirlo. Debe ser un horno invisible, y así evitamos divertir al público con nosotros mismos, cosa que encuentro repugnante o demasiado ingenua, y la personalidad de escritor, que empequeñece siempre una obra.

 15 de enero de 1853.

 (…)Tardé cinco días en escribir una página la semana pasada, y para eso lo había dejado todo: griego, inglés…; no hacía más que eso. Lo que me atormenta en mi libro es el elemento entretenido, que resulta mediocre. Faltan hechos. Yo sostengo que las ideas son hechos. Es más difícil interesar con ellas, ya sé, pero entonces la culpa es del estilo. Así, ahora tengo cincuenta páginas seguidas en que no hay ni un acontecimiento: es el panorama continuo de una vida burguesa y de un amor inactivo, amor tanto más difícil de describir cuanto que es a la vez íntimo y profundo; pero, ay, sin desmelenamientos internos, pues mi caballero es de naturaleza tibia. Ya he tenido algo análogo en la primera parte. Mi marido ama a su mujer de manera parecida a como lo hace mi amante. Son dos mediocridades en el mismo ambiente, y que no obstante es preciso diferenciar. Si sale bien, creo que resultará excelente, pues es pintar color sobre color, sin ningún tono contrastado (cosa que es más fácil). Pero temo que todas estas sutilezas aburran, y que el lector prefiera ver más movimiento. En fin, hay que hacer las cosas como se han planeado. Si quisiera poner acción, obraría en virtud de un sistema, y lo estropearía todo. Hay que cantar con el propio registro de voz; y la mía nunca será dramática ni atractiva. Estoy convencido, por lo demás, que todo es cuestión de estilo, o más bien de carácter, de aspecto.
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Cartas a MAUPASSANT

Jovencito lúbrico,
Laporte, actualmente, no dispone de galgos, habiendo pasado la época de los celos (para los perros:
para usted no, ni uno). Hay que esperar al otoño, me parece.
.En cualquier caso, transmitiré su petición al citado señor, la semana próxima, y tendrá usted una respuesta categórica. Modere su polla y tenga alegría y trabajo.
Su viejo GUSTAVE FLAUBERT
lo abraza.
¡He acabado mi medicina! ¡Sí! y preparo la geología.
Domingo por la mañana.
Escríbame un poco (y ampliamente) para distraerme
en mi soledad.
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Mi querido amigo,
Si todavía está a tiempo, no lleve la Comedia a la Réforme. Después de que me ha escrito que mis precios serían los suyos, el Sr. Francolin me manifestó esta mañana que no puede darme más que 30 c. por línea, lo que supondría para la obra completa unos quinientos o seiscientos
francos. Es lamentable. Había escrito a Zola para saber cuanto podía pedir.
Espero su respuesta. Así pues, conserve las hojas hasta nueva orden y respóndame enseguida para que sepa si ha recibido usted la presente advertencia.
¿Y Bardoux?
Tendrá que llevarme a Étretat todo lo que ha hecho de su novela.
Esperamos ir hacia el 8 o 10 de octubre.
Todo suyo.
Su viejo,
G. FLAUBERT
Miércoles por la mañana.
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Viernes, a las 4.

Mi querido amigo,
A la princesa se la trata de «Señora», o «Vuestra Alteza». Vuestra Alteza es ceremonioso, se dice la primera vez, luego, de vez en cuando, se salpica en el discurso para recordar incidentalmente que no se olvida su cualidad.
«Señora princesa» es burgués y de mal gusto. Cuando se le escribe se pone: «S.A.I. la princesa Mathilde.»
Eso es lo que hay que hacer. Envíele unas palabras de agradecimiento en el acto diciéndole que usted se pone a sus órdenes y que le solicita el honor de presentarse en su casa. Luego, vaya a ver a Popelin, en el nº 7 de la calle de Téhéran, que le guiará a la casa, o bien vaya a verlo el domingo, él lo invitará probablemente por la tarde o para el miércoles.
En cuanto a la Pasca, es necesario que ella represente su pieza en casa de la princesa. Escribo a la Sra. Brainne para que ésta la presione tanto como sea posible, a mí, ella (Pasca) me ha enviado a paseo. ¡Qué zorra! Y vaya usted mismo a casa de la susodicha.Encuentro esta representación útil para usted y para ella. 
Tiemblo como un ladrón porque tengo unas plumas atroces, y que acabo de curar a mi pobre Julio que está a punto de reventar.
Ayer no he partido más que en el tren de la noche, habiendo pasado toda mi tarde junto a mi hermano. Está, me temo, muy enfermo. En cuanto a lo que me concierne, ni una arruga.
Esta mañana recibí carta de Paul Baudry para decirme que About era el mandatario de Ferry. Voy a
agradecérselo a About.
Estaré en París el lunes próximo y quedaré allí dos o tres semanas. Si la encantadora Aline se empeña en no querer representar su Antaño busque a otra mujer -¿pero a quién?– pues nadie como ella es apta para ese papel, y déme noticias.
Su viejo que lo abraza.
GUSTAVE FLAUBERT.

Traducción, notas y epílogo de Albert Julibert. Marbot. Barcelona, 2010.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char